Los viejos de mi pueblo

Con la mirada pálida, sabiendo que está en el crepúsculo de su vida, sin la fuerza de su juventud que mostraba en los conucos de su padre cerca del arroyo Marumbia, Cambelén Paulino se sienta en la silla debajo de la mata de limoncillo como cada día, a conversar de múltiples cosas, hacer comparaciones entre los tiempos modernos con los de antaño, los cuales añora con melancolía. Quizás se imaginaria, en sus tiempos de juventud, que al llegar a la edad de hoy, se sentiría satisfecho de haber vivido la vida a plenitud.

Junto a él, todos bañaditos y con sus ropas planchaditas, estarán los hermanos Pai y Jemín Valdez. La anfitriona Rosilia Valdez, hermana de estos últimos, no se sentará con ellos. El afán del día que se extiende hasta el atardecer será su excusa. Y ellos, ya de costumbre, ni si quiere se percatan de que ella no les haga compañía, sino que con la confianza de su propia casa, toman cada cual su silla que ellos mismos se auto-asignaron y se sientan a conversar. Al llegar el momento preciso, se levantaran y se irán a sus propias casas.

Don Gregorio ya no es el mismo de los tiempos de su juventud. Los ojos de estos formadores de la comunidad han visto todo el proceso de evolución del pueblo, desde cuando era una pequeña comarca de casas distanciadas, la mayoría de techos de cana, hasta ver aceras y contenes, teléfonos y televisores.

Como ellos, hay otros que se congregan en otras casas de tarde a conversar sobre la comunidad, sobre pelota, de conucos y cosechas, de la vida del pueblo de las cuales sus propias forman parte.

Rememorar los hace felices, los rejuvenece, los llena de vitalidad. Estos son los viejos de mi pueblo, de los cuales nosotros algún día formaremos parte.

 

(Continua)

La matemática del amor

image Antes se pensaba (o así era) que el amor era pura aritmética: sumar, mutiplicar, quizás restar, y muchas veces hasta dividir. Pero en estos tiempos es algo mas complicado. Interactuan otras ciencias mas complicadas que la matemática básica. El amor de hoy
dia (si se le puede aun llamar asi), es una combinación de complicadas artes y ciencias que cohabitan para mantener a las parejas unidas y/o desunidas, de acuerdo al tipo de mezcla que se efectúe. Hoy dia los odios mas arraigados nacen en el lecho de una pareja, en las relacciones de hermanos, e incluso entre padres e hijos. Las personas que mas se quieren son las que se odian mas cuando se enemistan, el rencor es mas profundo, y las diferencias mas difíciles de conciliar. ¿Será que el amor y el odio se cultivan en paralelo, uno como una flema de un candelero y el otro como la lava de un volcán, ambos concebidos en el mismo seno?

La hija del predicador – Parte I

La juventud morbosa abarrota las ventanas del templo de la Iglesia El Estanque de Siloe como si estuviesen viendo un estreno de película por las hendijas de un cine de pueblo. Cada noche hacen lo mismo. Esa es su diversión. Mientras que en el pulpito, detrás del atril se encuentra sentado el predicador, con la cabeza agachada, esperando el momento oportuno. La banda de música toca a un volumen ensordecedor. Guitarras eléctricas tratan de ir al compas de la batería y la marimba. Cuatro músicos en total, tres hijos del predicador, quienes aprendieron a entonar los coritos con esos mismos instrumentos, sin que nadie les ensenara.

La música para, y el predicador sabe que es momento de levantarse y llevar el mensaje. Un sermón para el cual había orado antes pidiendo iluminación divina, pero que al fin y al cabo son sus palabras las que se vertiran, es su idea la que flotara por los atrios de este tabernáculo.

Siente que, como cada uno de los últimos once días, no habrá una guía de parte de Dios, pues en medio de sus oraciones se siente desconectado, alejado del Ser Divino, por lo que aprieta su puno. La incertidumbre gobierna sus ideas. Se para y camina hacia el atril con la Biblia en la mano izquierda. Los presentes están atentos y le miran con lastima al verlo pararse allí otra vez a pasar vergüenza. Los de afuera ríen, se burlan, pues no sienten compasión por alguien que ha caído en la ignominia, en el oprobio.

El predicador levanta su cabeza, abre la Biblia, mira a su alrededor a todos los presentes, y se percata de los que están en las ventanas. Estos no le molestan, pues no cree que estos sean los más prudentes para ‘lanzar la primera piedra’. Su preocupación es aún mayor, pues su deshonra no es ante los murmuradores de este pueblo, sino que es ante Aquel a quien el vino buscando amparo.

En medio de un silencio abrumador, trata de decir algo y las palabras no le salen, y rompe en llantos.

–Otra vez. Esto ha pasado once veces en las últimas dos semanas.

 

Con su frente sobre la Biblia, empieza a llorar. Los músicos, sus hijos, sin saber qué hacer,

Empiezan a tocar, la multitud presente a cantar, y los de afuera a reír y a vociferar por la ventana.

El predicador no aguanta más, y su debilitado corazón le da un contundente golpe, y este cae desplomado en la plataforma. Los de afuera ríen, mientras que los feligreses corren en su ayuda. La música para y el predicador yace entre el atril y las sillas del pulpito. No se mueve, pero aun conserva la Biblia en la mano izquierda, la cual va resbalando poco a poco de entre sus dedos. Sus hijos se amontonan alrededor de él, pero ya es tarde. Los de afuera, al ver la seriedad del caso callan, y un remordimiento sordo embadurna sus corazones.

El predicador ha muerto. Ha muerto con la Biblia en la mano sin decir una palabra, sin expresarse, sin desahogarse. El predicador ha muerto de dolor, de un dolor interno que va mas allá del dolor corporal. Es otro su dolor. Es uno que viene de adentro y enceguece la mente, mutila el corazón, y no deja descansar día y noche. Es un dolor por la impotencia, por la incapacidad de no enderezar los caminos torcidos y enyerbados del placer carnal, de esa avaricia sensual que enloquece.

El predicador ya no lo es más.

Todo empezó cinco años antes cuando Pedro Cheche murió electrocutado debajo de los cables eléctricos de alta tensión que atraviesan el pueblo hacia los depósitos de la Refinería Dominicana de Petróleo. Había llovido sin cesar por varios días y uno de los postes se deslizo en la tierra húmeda que no pudo soportar su peso, quedando inclinado hacia el lado opuesto de la carretera. Los cables quedaron a unos siete pies de altura del suelo. Pedro Cheche pensó que subido en su caballo no podría pasar, así que lo desmonto y con los aparejos en mano trato de pasar por debajo de los cables, quedando suspendido debajo de estos. Estuvo allí por casi medio día hasta que la Compañía Dominicana de Electricidad cortó la energía y Pedro Cheche cayó desplomado al suelo abrazado a los aparejos de su caballo.

Como Pedro Cheche estuvo varias horas suspendido, gente venía a verlo, pero los bomberos de Nizao, apostados allí, no dejaban que nadie se acercase.

Al enterarse, Juan Lora Paulino, al que a todos llamaban Guiguí Lora, marcho a ver a su primo fulminado por la energía eléctrica. Iba despacio. A sus sesenta y dos anos, no lucia como aquel hombre que se jactaba de sus tierras y sus vacas que tenia “en toda la orilla del mar, desde aquí hasta Sabana Uvero”, como el mismo lo planteaba; que le gustaba que le llamaran papacote, y que se mofaba de los hombres de oreja pequeña.

— Los hombres de orejas chiquitas son ‘malaclase’.

Este Guigui ya no era Guigui. No era aquel hombre alto, fornido y jabao, de esos que hay en República Dominicana que no se sabe si son blancos o son negros. Desde que perdió las tierras en los  tribunales, el hombre lucia siempre triste y cabizbajo.

— Esos Vicini me robaron mi tierra, me despojaron de mis pertenencias, y hasta mi casa, al punto que he tenido que venir a vivir al pueblo en esta casucha y mis vacas tuve que venderlas –Decía siempre melancólicamente cuando se acordaba de de sus problemas jurídicos con el Consorcio Vicini con relación a las tierras. La gente no hacía caso a sus comentarios, pues sabían que la tierra era en realidad de los Vicini y que la familia Lora la había usado por mucho tiempo, pero sin titulo catastral.

A paso lento Guigui Lora se acerco al lugar donde estaba Pedro Cheche, y al llegar allí, no pudo soportar ver a su primo allí inerte y se fue alejando entre la multitud. Se recostó del árbol de acacia que estaba en frente del Local de la Asociación Cristiana de Jóvenes y rompió a llorar silenciosamente.

(Continua)

Veinte pasos

Sintió que el corazón se le salía. Ya no aguantaba más. Acababa de avistar la meta. Un poquito no mas y llegaría, pero ya no tenia las fuerzas suficientes para avanzar. Ni siquiera para quejarse. ¿Habrá valido la pena gastar toda mi energía para venir acá y decir “no mas’?, se preguntó mientras analizaba lo difícil que era llegar.

Veinte pasos. Solo faltaban veinte pasos.

Pudo haber quedado allí, de pecho al sol y pasar el resto de su vida lamentándose por su fracaso, culpando a los demás, al sistema, a su mala suerte. Solo le faltaba hacer un esfuerzo, buscar una alternativa para llegar. Solo son veinte pasos que no tienen que ser pasos en realidad. Se puede arrastrar hasta llegar, pues lo importante es llegar, sea parado o acostado. Veinte pasos que hacen la diferencia entre una persona de éxito y un mediocre fracasado.

Son veinte pasos que serán la diferencia entre tu vida y la de los demás, entre tu vida de hoy y la de mañana. Son veinte pasos que debes de dar, y si no puedes, arrástrate, pues lo importante es llegar a la meta.

La grandeza de los hombres

Hace tiempo, creo que de Alexis Tocqueville y que me perdonen los intelectuales si le estoy atribuyendo una cita a la persona equivocada, leí lo siguiente: “Para los hombres pequeños, un mausoleo; para los hombres grandes, una tarja con su nombre.”
Esto viene porque hay gente que cree que son grandes porque ellos lo dicen. Creen que la grandeza de un hombre depende de cuan duro o bonito hable o de cuanto “bombo” se dé. Y están bastante equivocados. La grandeza de un hombre se mide por sus obras, pues un hombre es grande no por lo que ha dicho que es sino por lo que ha hecho.
Tenemos en nuestras comunidades a gente enferma que pasa toda su vida envidiando y comparándose con todo el que se le acerque. Gente lerda o sandia que cree que el mundo se rige por sus estándares. Tenemos gente que se pasa la vida ahorrando dinero para decir que tiene o es más que el otro. Por otro lado, hay también gente que se gasta todo lo que tiene, todo lo que consigue, pues cree que la vida se vive de día a día, que no hay seguridad para el mañana. Ambos tipos de personas tienen todo el derecho del mundo para vivir sus vidas como les plazca sin que nadie tenga que criticar ni el uno ni al otro, pues al fin y al cabo son suyos los días que Dios les da. Pero hay gente que no tolera eso. Quieren vivir sus vidas como ellos quieren, pero a la vez quieren controlar las vidas de los demás. Y se crean parámetros con los cuales miden a los demás. Por eso tú oyes a personas decir que “yo tengo esto y tú no”, como si los intereses de todos fuera el mismo.
Somos heterogéneos y por lo tanto tenemos metas y gustos diferentes. Nos debemos respetar unos a otros, pues a algunos les gusta la carne a otros el pescado, a otros les gustan los motores a otros los carros, a algunos les gusta vestir ropas caras y otros piensan que no es necesario el precio. Todos pensamos diferente y eso no nos hace inferior o mayor que los demás. ¿Debemos criticar a fulano porque no tiene un motor? ¿Quién dice que fulano está interesado en un motor?
Cada quien tiene lo que cree debe o puede tener y si alguien no tiene algo es porque no está a su alcance, o es porque en realidad no le interesa. Y eso no le hace inferior, pues la grandeza del hombre no se mide por sus pertenencias, sino por sus obras. Lo que ha hecho una persona por su familia, comunidad, no solo a nivel material, sino también en su lucha moral y social, es lo que determina la grandeza de los hombres ante los pueblos. Nuestros padres de la patria no fueron grandes porque se pararon en una esquina a decir ‘yo esto” o “tengo lo otro”, sino sus ideas de liberación del yugo haitiano.
Tiempo atrás, escuché un relato, que a pesar del tiempo no he podido corroborar, pero que tiene un significado tremendo: Luis XIV fue un rey de Francia que tomó el trono el 14 de mayo de 1643, cuando apenas tenía 15 años de edad. Llevó a Francia a la tranquilidad y a la prosperidad. Se puso como meta ser el rey más elegante de la historia, diseñando palacios, muebles, cortinas y ornamentos, de los cuales creó su propio estilo. Vestía con una pompa envidiable y era reconocido en toda Europa por su esplendor. Para su época, hablar de elegancia y de Luis XIV era casi la misma cosa. El 1ro. De septiembre de 1715, Luis murió de gangrena a los 77 años de edad. Personas de todos lados acudieron a la Basílica de Saint-Denis para su funeral. Todos querían ver cuán pomposo seria el funeral de aquel que vivió una vida llena de elegancia y esplendor. La basílica estaba repleta por dentro y por fuera. La muchedumbre cubría hasta las calles. La gente esperaba, pues no quería perderse el sermón, pomposo también, que sería predicado frente de su féretro.La muchedumbre esperaba y el predicador no aparecía. Hasta que luego se sintieron unos pasos que se escucharon en toda la basílica detrás de un silencio sepulcral. El predicador entró con la Biblia en mano, caminó hacia el altar, paró frente al ataúd, miro al féretro, y siguió caminando. Subió las escalinatas del altar y se paró frente al pulpito, poniendo la Biblia en el atril. Desde allí, miró a la gran multitud y pronunció el sermón más corto que se haya predicado desde pulpito alguno: “Sólo Dios es grande”, y se marchó.