Carta a Jovani Germán

Gian,

Hace un año que estoy escribiendo estas notas y no termino. Déjame decirte que sé muy bien que te enojabas cuando se hablaba mal de Juan Bosch, y yo lo hacía, no porque me caía mal el caudillo vegano, sino por verte a ti, transpirar fuego por tus pupilas y por tu cara seca, como siempre la tuviste: de niño que nunca envejeció. Te quedabas mudo cuando te preguntaba qué buscabas en el PLD si tú no eras circulista  ni te gustaba andar leyendo libritos de política.

Luego me sonreías y me molestaba cuando me decías: “Porque el PLD es el único lugar seco en éste pantano de inmundicias”. Así lo decías, embarrándonos a todos los demás, pero como todo un poeta. Porque también eras eso: un escribidor de garabatos, dibujante de ideas y pintor de ilusiones. Ojalá no se hayan perdido tus poemas. Yo aún conservo los que publicaste en el periódico El Municipio.

Aun me rio cuando me acuerdo de lo que hizo Antonio Malaga: que iba de la capital hacia Nizao en su camioneta y por ahí, por donde está hoy la Cárcel de Najayo, vio a un loco que iba caminando por la calle y lo subió a la camioneta. Lo llevó a Nizao y le dió de comer en su restaurante Hermer. Lo vistió, le dió cervezas, y al atardecer, al volver hacia la Capital, lo dejó en el sitio donde lo encontró. Hablabamos tanto de eso que un día Loco Manso se enojó con nosotros.

No te preocupes por nosotros, pues tú no nos debes nada. Más nosotros te debemos que nos haya  enseñado la lealtad a los amigos, a amar las artes, a no permitir que los problemas nos hagan bajar la guardia. A perseverar. A compartir los conocimientos, como cuando abriste esa escuela de dibujo en la escuela Aliro Paulino con Johnny Segura, con esos modelos de yeso como los que están en la Escuela Nacional de Bellas Artes, nuestra escuela adorada.

Yo sé que no te gusta que te lo mencione, pero aun me acuerdo de cuando desesperado acudiste a mí para que arreglara el letrero del bar de Miriam, en Don Gregorio, pues escribiste ‘Paraizo’, y Glovis Reyes andaba como loco contigo por ese error. Aun así, hiciste varias banderolas cuando Glovis aspiraba por primera vez a diputado en 1986.

Aun siento el calor en mi espalda de ese sol capitalino que todo lo derrite, allí, en la pared de Almacenes Caracas; en el techo del Supermercado Dragón de Oro; en Sebelén Bowling Center cuando era sólo una excavación llena de barro y un tráiler donde vivían unos haitianos; en el Supermercado Gigante por allá en  la avenida Charles de Gaulle, o las banderolas de la Zona Colonial.  De la calle Sánchez esquina Malecón recuerdo al vendedor del triciclo despescuezando los cocos con su machete afilado y los pescadores empinados en las rocas hasta que sus figuras se perdían en la oscuridad de las olas al anochecer, cuando el Malecón se transformaba, como vedetto, en prostituta. Entonces caminaba yo, rumbo a mi trabajo en el Listín Diario, pero antes paraba en el estudio de Johnny, detrás del antiguo local de la Universidad Santo Tomas de Aquino, a hablar.

A Guillermito lo vi en la parada de las guaguas de Nizao, en la Duarte, y me preguntó por dos personas: por ti y por mi tío Carú. Nunca te lo dije porque después de eso, cuando te vi, estaba tan alegre de que consiguieras ese trabajo en la ODC y de verte en esa camioneta grande de funcionario público, que se me olvidó. Te invité a pasar y tú, como siempre, me dijiste que no porque andabas de prisa. Sin embargo, hablamos casi dos horas frente a mi casa y me presentaste a tus hijos ya grandes, más grandes que tú, que si no fuera por tu cara de niño viejo, no los reconocería.

Con Johnny me sentaba a murmurarte, pues como todo amigo celoso, tenemos la debilidad de querer que los amigos vivan sus vidas de acuerdo a nuestros parámetros. A él le dolía algunas cosas que tú hacías y se quejaba de que te decía que no afanaras tanto y tú no le hacías caso, porque Johnny es tu amigo de verdad.

El día de Año Nuevo me dijeron  que te habías ido y pensé que era un chiste. Me dijeron que fue jugando con uno de tus niños y no lo creí. Me dijeron que fue en tu casa en  Santana y no sabía que te habías mudado.  

Gian, a Daniel Pineda lo vi en el cementerio el 4 de enero y me quiso hablar. Le saludé pero no hablé con él, pues no quise que señalara tu sepultura.

Diciembre 2009 .