Todo Cambiará

Todo cambiará.
Y yo cambiaré también.
Todo diferente será,
el sol saldrá desde el occidente
y se pondrá en el oriente.
Entonces, cuando éste se ponga,
será el amanecer.
Y me llamarás,
y me dirás lo que no he escuchado jamás.
La rutina cambiará
Ya no habrá quien esté en la esquina
sentado, matando el tiempo
Ni los preocupados por eliminar el ocio,
tampoco los que envejecen a diario
a destiempo. Martirio eterno,
Preocupación perenne
En busca del pan diario
Que no aparece.
Y no escucharemos los ruidos
Ensordecedores
Ni ese sol que quema a las doce.

Con lágrimas de sangre – VI

Estoy ya en Ocoa y me siento un poco cansado. Busco alojamiento en el hotel el Marien. Estoy en una habitación del segundo piso con vista al parque central. Abajo, en el primer piso hay un bar del mismo nombre. Después de bañarme, me pongo la ropa que compre en la tienda al doblar la esquina. Quedo dormido sin terminar de ponerme la ropa. Al despertar, ya es de noche. La luna esta tan grande que no parece que esta en el cielo; sino ahí clavada, a escasos metros de mi. Esta tan amarilla que me trae viejos recuerdos. Me recuerda verla reflejada sobre las aguas mansas de la laguna de Don Gregorio, de las veces que nos íbamos a buscar cangrejos, en noches de luna llena a la orilla de la playa, por la casa de Dr. Valdez, o por el arroyo Marumbia. Me recuerda, también las diabluras que hacíamos de jovencitos por el muro de la Regola. Como quiera que la miro la veo redonda y desde aquí puedo ver como su luz se refleja en las fuentes de agua del parque. Se ve mucho más grande en el reflejo y la fuente se ve aun mas hermosa.
Decido bajar al bar a matar un poco de tiempo. Solo hay un hombre en la barra y yo que acabo de entrar. El de la barra y el que atiende parecen que estan escuchando un pequeño radio de pilas. Yo camino y me siento en una de las sillas de la mesa que esta cerca de la vellonera. El lugar tiene unos cuantos bombillos rojos que no alumbran nada y la unica luz que se hace notar es la de la bellonera, que le sirve de fondo a una fotografia de los edificio de la ciudad de Nueva York. Yo me paro a escoger una cancion. Introduzco una moneda de veiticinco centavos y deslizo mi dedo indice por la lista que esta en frente de mi. Quedo viendo la fotografia de Manhattan y sus rascacielos. Esta inpresa en el mismo vidrio por lo que la luz penetra a travez de esas murallas de concreto y metal que es la ciudad de Nueva York. Quedo buen rato mirando los cuadritos de la foto que representan las ventanas de los edificios. Luego, sigo deslizando mi dedo hasta enontrar una cancion que me guste. Mi dedo se detiene en J3: “Tantos deseos por ella” de Danny Rivera, y sin que yo le ordenara, se desliza hacia la botonera y marca J3. Mientras me alejo de la maquina, leo en su costado de enfrente Wurlitzer en letras cusrsivas interconectadas en metal brillante y pulido.
Tomo un par de cervezas y el alcohol, acompanado del sueno, hacen que me sienta mareado.
–!Empezo la guerra!–grita el que esta en la barra—acabo de ecucharlo en la radio. Inmediatamente se levanta y apresuradamente se desliza hacia la puerta y desaparece. El otro, me mira como si creyera que me voy si pagarle las cervezas. Lo he venido viendo como estruja ese trapo en el mostrador una y otra vez mientras me mira con el rabo del ojo.
– Cobrese, por favor –toma el dinero y pone el vueto sobre el mostrador sin decir nada. Tampoco me mira a los ojos. Creo que esta deseoso de que me vaya para cerar el local e irse a dormir.
Camino hacia la puerta y miro hacia el norte, hacia la iglesia. A lo lejos veo unas luces que vienen hacia mi. Parecen muchas personas con velas en las manos. Esta oscuro de este lado y la luna no se ve mas, pues se ha nublado y parece que llovera. Escucho canticos de procesion y volteo a ver. Veo que las luces se acercan. Creo que es una procesion hacia un entierro noturno y quedo fijamente mirando. Viene hacia mi lentamente. El cielo se esta despejando y la luz de la luna se desliza lentamente por detras de las nuves. Las luces se acercan y puedo ver mejor ahora. No son velas sino luces de vehiculos que se acercan. Al llegar frente a mi, noto que son vehiculos del ejercito.
–Estamos en guerra ?que haces en la calle a estas horas? – me grita unos de los que van en los vehiculos mientras pasan frente a mi.
Al alejarse hacia el sur, las nuves se mueven rapidamente y la luz de la luna se esconde detras de ellas. Ya no veo vehiculos sino que veo luces que parecen de velas, velas de una procesion hacia un entierro noturno. Y escucho canticos, canticos religiosos de esos que cantan las monjas en los velorios. Me siento confundido y mariado a la vez, asi que volteo y trato de entrar al bar, pero el despachador me cierra la puerta en la nariz. Quizas cree que yo soy el culapble de su desvelo de esta noche. Quizas piensa que yo soy la causa por la que no esta en esta hora en su casa con su mujer. A lo mejor piensa que yo fui quien le recomendo que se consiguiera este trabajo y por eso me trata con desprecio. El sueno y el mareo me hacen pensar cosas extranas. Me cero la puerta en la cara y quedo parado alli. Miro hacia arriba y noto el letrero del bar en letras de luces de neon: “El Escaparate de la Confusion”. No esta tan luminico pues el cielo se despejo y la luz de la luna volvio con todo su esplendor. Camino y subo a mi habitacion. Ya se hace tarde. Voy a la cama. Me acuesto boca arriba a observar como la luz de la luna penetra por la ventana. Me quedo dormido sin que me acuerde de lo último que ven mis ojos. Quizá es la luz misma, el mareo o la oscuridad que hace que mis parpados queden vencidos por el sueno.

Al amanecer, después de desayunar, decido ir a buscar a Carmen y darle el recado. No sé cómo hacerlo, pues nunca he sido bueno para dar pésames. Afuera de El Marien, miro hacia el bar y noto que el letrero no es de neon y que esta pintado en la pared superior. El bar se llama El Marien. Pregunto por la calle Manuel de Regla Pujols y me señalan tres cuadras hacia el este cruzando el parque, asi que decido caminar. All legar a la esquina trato de descifrar, sin preguntar, hacia donde crecen los números de las casas, y camino hacia el sur en la calle Manuel de Regla Pujols. Bajando, los números pares están a la izquierda y los impares a la derecha, por lo que me cambio a la acera de la derecha para ver los numeros de las casas desde el otro lado de la calle. Camino embelesado hacia las puertas de las casas. La gente se queda viéndome curiosamente. Talvez piensan que ando leyendo los contadores de la compania de electricidad o algo parecido. Veo que hay casa numero cuarenta y ocho y cincuenta y dos, pero no hay casa numero cincuenta. Sin embargo, hay un solar vacio antes de llegar a la esquina, entre estas dos casas. Saco el papelito para asugurarme que ese es el numero que en realidad ando buscando. Efectivamente es el cincuenta. Cruzo la calle para preguntarle a una joven que esta sentada en una silla afuyera en la acera.
—Conoces a esta joven?
—No –me contesta—no la conozco.
—cual es la casa numero cincuenta? –le pregunto.
—esa era una casa que había allí, pero hace tiempo que no esta.
De repente una señora sale de la casa y pregunta que esta sucediendo.
—este señor que esta preguntando por la casa que estaba ahí.
—que quiere usted saber de esa casa?
—ando en busca de esta joven, que se llama Carmen –le digo mientras le muestro la foto.
—entra hija. Usted se esta volviendo loco o que? – me dice la señora mientras cierra la puesrta y me deja parado solo en medio de la acera.
Camino de nuevo al otro lado de la calle y sigo hacia el sur hasta encontrar una puerta abierta.
—buenos días.
—buenos días.
—puedo pasar? Tengo unas preguntas que hacerle.
—pase, en que podemos servirle?
—yo ando buscando una joven que vivía en la casa que creo estaba allí arriba, la numero cincuenta.
La señora se queda viéndome como si hubiera visto al diablo mismo.
—como se llama la joven?
—carmen.
—de donde saco usted ese nombre?
—alguin le envio un mensaje conmigo. Mire, hasta me dio esta foto.
La mujer se recuesta para atrás y se ve aun mas asustada, pero quiere saber mas de lo ella cree que yo se.
—quien le dio esa foto y cuando?
—no se como se llama. O se llamaba. Lo encontré tirado en la carretera el sábado en la madrugada y lo lleve al hospital de Nizao –le cuento mientras ella me mira perplejamente.
—mire, yo le prometi a el que le daría un recado a Carmen y por eso estoy aquí.
—mire usted, yo no entiendo nada de esto y ese mensaje que usted dice, no se va a poder, pues Carmen murió quemada junto a su madre en la casa que estaba en ese solar, el 10 de enero de 1971. Hace veintidos anos.
—no puede ser, si el joven me dijo, que se iba a casar con ella este fin de semana y no pudo venir a la boda porque alguien le dio un tiro en el pecho. Yo mismo lo encontré en la carretera.
—no puede ser. No puede ser.
Mientras la señora repite incrédulamente esta frase, quien empieza a confundirse soy yo, pues parece que había hablado con muerto. La chica a quien busco hace mas de veinte anos que murió, y esta foto entonces, de donde salió? Me pregunto a mi mismo mientras mil pensamientos pasan por mi mente al mismo tiempo, y solo atino a decir:
—cual es su nombre, señora?
—Unfalia – me contesta.
—mire, eso fue un hecho muy trajico, vale. –un poco mas suelta, empieza a contar —Ese dia todos estábamos alegres, pues esos dos se querían mucho. Todos aquí en Ocoa los queríamos mucho a ellos, pues eran buenos muchachos. Carmen estaba linda. Nunca había visto a una novia tan linda como ella. Pero el novio la dejo plantada en la iglesia. Nunca apareció, nunca se ha sabido nada de el. Carmen lloro todo el dia. Estaban triste ella y su mama. En la noche, la casa se incendio y ambas se quemaron adentro. Los bomberos no pudieron hacer nada, nosotros tampoco. Nadie sabe como sucedió eso, que fue lo que paso. Desde ese dia yo he sentido un vacio en mi corazón, pues Carmen era como mi hija. Yo le agarre desde pequeña un cariño y la tenia como mi hija, y ver que pase eso, a uno se le destroza el corazón.
—nunca investigaron que paso con el novio ni como fue ese incendio?
—no. Aunque uno tiene sus sospechas.
—cuales sospechas son esas?
—bueno. Había un policía que la hostigaba y decía que si no era con el ella no se casaria. Nosotros pensamos que el le hizo algo al novio, pues ni siquiera el cuerpo apareció. Luego, lo del incendio, pensamos también que no fue accidente, si no que fue el. Nunca se le acuso, pues dicen que el paso todo el dia bebiendo romo por ahí por Sabana Larga, y eso quedo asi.
— ¿y ese policía, existe?
—Yo creo que sí
—y cual es el nombre de ese policía? Aun vive?–le pregunto, mientras anoto lo que dice. La sangre de reportero pasa por mi cabeza.
—el es de aqui, pero después que lo trasladaron jamás ha vuelto. Su nombre es José Antonio Castillo Castillo.
Lleno de asombro y enmudecido, me reclino en la silla. Perplejo, no digo nada, y la senora, al verme pasmado me dice: “Mi hijo puede contarle mejor que yo sobre el caso, pues el ha estado investigando”.

Con lágrimas de sangre – V

Me detengo en el centro médico para ver si tienen noticias sobre el joven herido. Al salir del carro se me acerca un agente de la Policia nacional.
—¿Uté fue quien trajo a un herido aquí anoche? —me preguntó de forma autoritaria.
—Sí, fui yo. —le contesto queriendo saber qué sucedió con el joven.
—Uté tá preso por muerte.
—¿Qué? —le pregunte medio asombrado.
— Así como lo oye, uté tá preso por haber matao al individuo que uté trajo anoche a ete centro médico.
No me vale de nada argumentar con él. Me llevan esposado ante el jefe del destacamento de Nizao, quien se presenta como el primer teniente José Antonio Castillo Castillo. Se sienta encima del escritorio y me mira con ojos de azor. Me quedo viéndole y volteo la mirada hacia la pared que está detrás de él. Hay tres dibujos encuadrados de los padres de la patria, Duarte, Sánchez y Mella. Esos cuadros han estado allí desde los años 70. Los mismos, no los han cambiado. Sin embargo, la pared sí parece haber sido pintada varias veces, pues en la parte izquierda había un rotulo que rezaba “Soldado, comunismo quiere decir hambre, retroceso y muerte”. Al parecer, ese letrero hace tiempo que ya no está.
—Entonces tú le diste unos balazos a un joven y lo fuiste a tirar al centro de salud, ¿eh? Habla claro ahora para que se faciliten las cosas. —Me grita mientras acerca su rostro al mío.
—A ese joven yo solo le hice un favor. Lo encontré en la calle y lo llevé al hospital. Yo nunca he usado arma y nunca le he hecho daño a nadie. Yo soy periodista de profesión y eso es todo lo que hago. Así que le pido que me deje en libertad, pues todo esto no es más que un absurdo. —le replico mientras él se para del escritorio y se acerca a mí.
—Eso dicen to, pero usted tendrá que decirle eso al fiscal en el Juzgado de Primera Instancia en Bani el lunes. Mientras tanto, usted será trasladado a la cárcel preventiva de Bani.
Me da cólera tener que lidiar con policías represivos como este, así que aprieto los punos y me pongo a pensar cómo salir de este problema. Es sábado en la mañana y me imagino que conseguir al fiscal hoy para que me envíe a casa es casi imposible. Hacer una llamada telefónica es otra opción, pero creo que no me dejaran llamar, pues de aquí a la capital es larga distancia.

Me han traído a la cárcel pública de Bani. Espero que del periódico me vengan a buscar, ya que tuve que darle 20 pesos a un agente para que llamara, aunque no tengo la seguridad de que llamó. A la entrada de la cárcel, a la derecha por el parqueo, se nota una construcción de concreto. A la izquierda está el edificio fortaleza de la Policía Nacional y al fondo, abarcando todo el terreno, esta la cárcel, que parece como si fueran entidades separadas. Me han bajado del carro. El parqueo es el mismo patio, al aire libre, rellenado de piedras. Hay varios agentes en el patio. Me quedo embelesado mirando a uno que sujeta fuertemente el portón que cierra la entrada al patio. Al lado del portón se levanta una mata de mango. Esta cargada y nadie los toca, como si estuvieran para adornar el ambiente.
Uno de los agentes me sujeta por el antebrazo y me conduce a la fortaleza. Mientras camino, me quedo fijamente mirando al agente que esta soldado al portón de hierro. Este me devuelve la mirada intimidante y amenazadora. No hago mucho caso. Entonces entramos a la fortaleza y en agente me arroja bruscamente hacia una silla. El cuarto es pequeño y sus paredes están pintadas de verde. El techo está alto, como a unos diez u once pies, por lo que la ventilación es buena.
— Espera aquí —me dice el agente mientras sale, dejándome solo en el cuarto. Afuera, le murmura algo a otro agente que está alli parado al lado de la puerta y éste sale disparado como salido de un tirapiedras.
Estoy solo en el cuarto. Me siento incomodo con las manos hacia atrás, esposado. Siento dolor en las muñecas. Mi corazón late normalmente. Es extraño, pues con lo que me está pasando debiera estar mas preocupado, colérico o enojado, pero no. Estoy calmado, pues tengo la certeza de que esto se disolverá en unas horas. Pues, ¿qué más?, si todo esto es un absurdo. Mi mente vaga por unos y otros recuerdos mientras los minutos pasan. La luz del sol define la silueta del teniente Castillo, quien se para en medio del marco de la puerta. Camina unos pasos hacia mí y me mira fijamente a los ojos con la mirada del mismo diablo. Camina hacia mí. Con su revolver al ristre, Smith & Wetson calibre 38, lo que denota que ya esta para ser pensionado. Cambió al revolver, pues no se permite que se queden con las pistolas después de dejar las filas. El cinto lo tiene apretado como si fuera cincho de caballo. Su uniforme da la impresión de que ha estado en una fiesta y había bailado toda la noche y aun tiene la camisa sudada bajo las axilas. Se queda mirándome fijamente sin decir nada. El silencio se apodera del cuarto y yo no trato de romper el silencio pues con estos policías no se puede argumentar, pues actúan por instinto como los animales, y lo menos que pueden hacer es reaccionar dándome una bofetada, por lo que mejor decido no hablar. Nos quedamos viéndonos fijamente a los ojos, mientras los suyos parecen cada vez estar mas rojos como queriendo fulminarme con la mirada. Su tez se vuelve mas oscura y su camisa se nota mas sudada, a la vez que otro oficial entra al cuarto y se acerca a el. Se para a su lado, me mira y con tono un poco burlesco le pregunta: “¿Qué vas a hacer con él, Castillo?”. El teniente Castillo lo mira, pero no contesta una sola palabra. Se voltea y sale del cuarto. Los otros agentes le siguen. Yo quedo solo otra vez en el cuarto. Entonces, Castillo, al salir me voltea a ver y sonríe. Su dorada dentadura ilumina todo el lugar.
Más tarde me llevan ante un escribiente en el pasillo de entrada de la Cárcel Pública de Baní. Aquel hombre manipula una máquina de escribir con una destreza envidiable. Con un solo dedo va escribiendo todo el texto con una rapidez majestuosa. Con la fuerza que golpea la fuerza, parece que los tipos se van a romper al dar con el cilindro. Después de tomar todos los datos y llenar esa página de palabrería superflua, me piden mis pertenencias, incluyendo mi correa, cartera y los cordones de mis zapatos, pues creen que me quitaré la vida. Mientras me encaminan hacia la celda, frente a mí se para el teniente Castillo.
—En este país hay que respetar las leyes y la autoridad —me dice, y en sus ojos veo un rencor antiguo y añejo, fruto de un deseo no consumado. Como si me conociera, como si tuvieraalguna cuenta pendiente conmigo, me echa a ver y con su mirada me dice
—Haré todo lo posible para que te hundas, maldito pendejo.—.
Llego a la celda, pero ésta no está vacía. Está oscura, sí, hedionda también.
—Diez pesos y te consigo un colchón ‘horita mismo, —ese es el saludo de uno de los tres jóvenes que están en la celda. Yo no hago caso alguno, pues él ni siquiera tiene dónde dormir.
En la celda, al fondo, hay una ventana por donde penetra la única luz con la que contamos. Bajo la ventana, a la derecha, está el espacio donde una vez hubo un inodoro. Únicamente queda el hoyo en el piso, donde uno tiene que hacer sus necesidades. De ahí proviene el mal olor que embadurna toda la celda. Al otro lado de la ventana, a la izquierda, en un rincón está un joven en cuclillas moviendo la cabeza de arriba hacia abajo y murmurando ininteligiblemente. Me acerco a la ventana y me empino para ver hacia afuera. Puedo ver los pedregales del río Baní por la parte trasera de la cárcel. Está muerto. Sólo puedo ver su cadáver retorcido del dolor causado por la sequía. El río ya no es río, no es más que un surco de piedra por donde una vez hubo un cauce de aguas que se movían desde el norte y morían en el mar Caribe. Encima de él veo el cadáver del viejo puente que yace encima. Es el esqueleto de un viejo que pereció en su propia estela y está allí para testificarnos que una vez existió. Muertos ambos, el puente y el rio, ¿Quién habrá matado a quien? Ambos fueron víctimas de una cópula mortal que lo único que ha producido es aridez y miseria. Las piedras están mojadas por el agua lluvia que se arrastraba desde los cerros del norte del valle de Peravia.
—Fue chivatiao, fue chivatiao—, se queja el joven que esta echado al lado de la ventana. Esta vez sí pude entender sus rezos.
—Fue chivatiao, fue chivatiao—, dice mientras mueve su cabeza y torso de arriba abajo. Me acerco a él e inmediatamente empieza a contarme en tono pausado que le habían dicho que cada vez que él salía a trabajar en la madrugada, un hombre entraba a su casa, así que el día de ayer decidió devolverse sin decir nada y los vió a el y a su mujer en la cama. Ellos no le vieron, por lo que fue a la gasolinera y compro gasolina. Roció toda la casa y la incendió con ellos adentro. Se apresuró a la carretera y tomo una guagua para Bani. Al llegar a Bani, al no mas bajar del minibús, la policía lo estaba esperando. Mientras me cuenta, me mira con los ojos húmedos como pidiéndome que le diera la razón, que le entendiese, que le dijera que lo que hizo estaba bien. Yo callo y le escucho detenidamente. No le preguntó si se salvaron aquellos dos, pues no lo creo prudente, aunque tampoco creo que él sepa. Ademas, tampoco me importa.
—Dígame usted, como es posible que la policía se haya dado cuenta que yo venía en esa guagua? Verdad que fue chivatiao?— me dice después de una pausa.
—Claro que alguien tuvo que haberte delatado —le digo mientras me vuelvo de regreso a la ventana.
El sol se ve amarillento y moribundo a través de la ventana. Está oscureciendo. Sólo puedo divisar siluetas de los transeúntes que atraviesan el viejo puente. Las luces de los atrios de la cárcel se han encendido. La guardia ha disminuido. No tengo reloj, pero por el color del crepusculo, me imagino que son como las siete y quince minutos de la noche. La celda está más oscura que cuando llegué. Me quedo pensando en aquel hombre que recogí anoche y por quien me tienen encerrado en este calabozo de mala muerte. Meto la mano en el bolsillo y saco el papel que me entregó. También la fotografía. Me quedo observándola. Apenas puedo divisarla. Es una foto a blanco y negro tamaño dos por dos tomada a medio cuerpo. Está amarillenta y ya no está mojada. La volteo y en la puedo leer en la parte de atrás “Carmen”. Le doy vuelta a la foto y quedo viendo su rostro, su sonrisa. No creo que esté sonriendo hoy después de haber sido dejada plantada. Me imagino el gozo que sentía al ser fotografiada. El chiste del fotógrafo para robarle una sonrisa. La ilusión suya al ser grabada en un negativo con su vestido nuevo; la ilusión de la primera cédula de identidad que da aire de mayoría de edad aun a los dieciséis. Toda esa alegría que se nota en esta foto debe haber desaparecido. Ella debe de estar llorando en estos momentos, y peor estará cuando le diga que su novio murió. No sé como lo haré, pues no me gusta dar esa clase de noticias.
Estoy echado boca arriba con mis zapatos bajo la nuca. Me dijeron que si uno logra dormirse en la cárcel con los zapatos puestos, amanece descalzo; así que decido mejor cuidarlos. El joven de la esquina de la ventana se ha callado. Aunque sigue moviendo su cuerpo incansablemente. El que me propuso vender el colchón está roncando a todo pulmón, mientras que el otro desde temprano no ha soltado los barrotes de la puerta de la celda. No quiero dormir, pues no quiero tener esas pesadillas que me vienen inquietando desde hace un tiempo atrás, en las que veo que el mar se mete en el pueblo y las olas llegan hasta mi casa en Don Gregorio. Me veo parado yo alli en mi adolescencia, en la acera de enfrente de mi casa. Las espumas de las agotadas olas vienen a morir en las unas de los dedos de mis pies descalzos. El agua esta oscura como si fuera de noche. De esas noches donde las aguas se ven negras, brillantes, y las estrellas son apagadas por esa luz brillante que refleja la luna en nuestras pupilas, y en las aguas negras y brillantes que parecen acite de fritura hirviente. Me veo parado en la acera de enfrente de mi casa con el mar a mis pies. Esas pesadillas las he tenido desde nino. Habia dejado de tenerlas, pero ultimamente han venido seguido a molestar mis suenos. A veces no estoy parado frente a mi casa, sino en la acera opuesta al parque de Nizao, frente al huerto de Baba. El mar llega hasta alli; pero las olas no mueren en mis dedos porque no pueden alcanzar la altura de la colina donde estoy parado. Es algo espelusnante, pues el mar no se acerca de manera uniforme, sino que viene a mi en forma de bahia, con todo y orilla, con las matas de coco, de almendras y de uvas. Todas estan alrededor como si la orilla del mar se ha trasladado hacia el parque de Nizao para tragarme. No quiero dormir y hago lo posible por no hacerlo para no ser alsaltado por esas pesadillas.
—Ven —me susurra haciéndome señas con su mano izquierda para que me acercara a él. Señala con su dedo el patio principal de la cárcel— ¿Ves a esos? Esos son los que están presos por drogas. Todos los sábados por la noche se van a dormir a sus casas. —Me dice mientras me empuja hacia los barrotes. Veo a un grupo de unas seis o siete personas que rápidamente se mueven recostadas de la verja hacia el pabellón de narcóticos.
—Afuera están los vehículos esperando y el domingo por la noche regresan.
Le pregunto cómo sabe el eso y me dice:
—Eso aquí lo sabe todo el mundo. El mayor es el primero. El es quien recibe todo el dinero y le da su tajada a los más grandes. A los pequeños no les toca nada.
Me retiro y me vuelvo a recostar como había estado antes. Estoy cansado y no quiero dormir, pero el sueno es mas poderoso que yo.
La luz del sol me despierta y me siento. Parece que dormi buen rato y las pesadillas no vinieron a visitarme. Me pongo los zapatos. No hay agua. Noto que sólo somos tres en la celda. El pirómano ya no esta y ni si quiera me di cuenta cuando se lo llevaron.
—Ese se jodió—, me dice el otro joven cuando pregunte por él. No pregunto mas nada y o volvemos a hablar más de él. Me acerco a los barrotes y veo que el patio principal de la fortaleza está lleno de personas que hacen una cola que le da vuelta al edificio. Al otro lado de la verja, están los presos vociferando a los de la linea, en su mayoría mujeres que vienen a visitar a sus familiares.
—!Día de visitas! —me dice el amigo del colchón mientras se une a mí en los barrotes—Pero no te hagas ilusiones, pues a los presos preventivos no les permiten visitas.

El domingo ha pasado sin ninguna novedad. Tengo hambre, pues no he comido nada en todo el día. Ha vuelto a anochecer y me siento incómodo con estas ropas sucias y sin haberme podido bañar. Me duele cada uno de los huesos del cuerpo, así que decido echarme otra vez al piso, recostando mi cabeza sobre mis zapatos. Me quedo pensando, preguntándome a mí mismo por que los del periódico no han venido a sacarme de aquí.
—¿Quien vive? —se oye un grito en el patio de la fortaleza que escucho y creo que estoy soñando.
—¿Quien vive? —se vuelve a escuchar.
Abro los ojos y los vuelvo a cerrar. De repente suena un disparo que me despierta por completo. Luego otro y luego otro. Entonces las luces se encienden en toda la fortaleza y en la cárcel. Como ya no se escuchan mas disparos, los tres que estamos en la celda nos movemos hacia los barrotes para ver que sucedió. El patio de la fortaleza está lleno de policías armados y delante de ellos hay varias personas tiradas en el suelo. Son como tres, según se puede divisar desde aquí de donde estamos. Los presos se han aglomerado en la verja que divide la fortaleza de la cárcel. Agentes policiales con bates de beisbol tratan de que se retiren a sus celdas. Al cabo de un tiempo, las luces fueron apagadas y el silencio nos arropo por completo, entonces la noche se apodero de mi. Vagos recuerdos llegan a mi mente, sin embargo, no he dedicado tiempo para analizar mi situacion. Mi preocupacion se inclina mas por saber de aquel joven y de como le dare la noticia a Carmen. En eso he pasado toda la noche hasta el amanecer.
Es temprano en la manana del lunes y el mal olor hasta a mi mismo me molesta. Voy en un vehiculo con dos agentes hacia el Palacio de Justicia. Siento que a los agentes el calor los esta matando. A principio crei que era por el mal olor que yo despedia por no haberme banado en unos dias, pero veo que no. Ellos tienen sus camisas mojadas debajo de las absilas y en el cuello. Camisas gris apretadas y corbata delgada y negra. Pero para mi, la brisa que penetra por las ventanas del vehiculo me refresca el alma. El Palacio de Juzticia esta al otro extremo de la ciudad. Quedo viendo los rotulos de las calles, los colmados, las personas en las esquinas esperando el transporte publico, los motoconchistas atravesando calles sin el menor cuidado.
Llegamos al juzgado y me introducen en una celda que esta a la entrada por la parte izquierda y me dejan alli con una docena de personas mas. Todos nos escudrinamos con la mirada uno al otro, pero no decimos nada. Estamos callados, serenos y quietos. Al tiempo, llegan por mi dos agentes. Estos no son los mismos que me trajeron de la carcel, me lllevan atravesando un patio de piedras lisas y calientes hasta el edificio. Entramos y subimos las escaleras hasta el segundo piso donde penetramos en la camara. Adentro todo es caoba: las bancas, el estrado, e inclusive la pared detras del estrado. Hasta el blason de la republica que cuelga a espalda del juez es de madera tallada, vieja, cuarteada y opaca. Creo que todo es caoba mal tratada.
La sala esta llena y estan atendiendo otro caso, asi que estamos sentados al final, en la ultima banca que estan contra la pared del fondo, a esperar mi turno.
No se si me estaba quedando dormido o es que en realidad estaba fuera de mí. Realmente estaba ido. Totalmente en el limbo.
— ¿Pasó usted la noche del 30 de mayo por la Cañada de la Pava? — escucho al fiscal mientras mi mente vaga por los estadios mas distantes de mi ser. Su voz llega a mis oídos como si fuera el eco de un eco; como cuando se escucha la lluvia mientras se está sumergido en el agua. Un murmullo arrogante e inquisidor. Me estremesco al ecuchar el mazo del juez. Fue un sonido seco que me trajo de regreso a la silla donde estoy sentado.
— Conteste la pregunta — me riposta el juez.
—Perdone, pero, ¿cuál fue la pregunta?
— ¿Pasó usted la noche del 30 de mayo por la Cañada de la Pava, sí o no?
— Sí, pasé por allí —contesto medio desganado.
—¿Vió usted salir a la víctima del bar Las Tres Vías esa noche? — Vuelve a inquirir el fiscal acercando su cara huesuda a la mía. En su rostro se puede notar la ansiedad y desesperación que denotaba sus novatas en esos menesteres de la litigación judicial. Esta perdiendo la paciencia y el sudor se deslizaba por su frente brillosa hasta gotear de su nariz puntiaguda al estrado donde yo estay sentado.
— No señor. No la vi salir del bar Las Tres Vías.
— ¿Donde pues entonces vio usted a la victima?
— Detrás del volante de mi carro, señor, pues la única victima aquí soy yo.
La audiencia empieza a reír a carcajadas y no para hasta la intervención del juez.
— Deje su sarcasmo y conteste a la pregunta que le hace el representante del ministerio público.
— En realidad yo pasé por ese lugar a la hora que se dice. Estaba lloviendo y no había energía eléctrica. Era uno de esos viernes en que quería salir de la rutina. Terminé de trabajar y me quedé pensativo en mi escritorio, tratando de convencerme a mi mismo de tomar una decisión: entre ir a casa o tomar un libro que estoy leyendo o irme a Don Gregorio a revivir viejos recuerdos. Me decidí por ésto último. Cuando llegué al parque de Nizao, el lugar estaba desierto… — Empiezo a contar mi versión de los hechos. Luego, cuando hube terminado, el fiscal queda allí parado entre el estrado y la audiencia sin saber que decir. Se le ha agotado su estrategia y no sabe que paso dar: si seguir haciendo preguntas, ridiculizándose a si mismo, o sentarse y dar por terminado el interrogatorio. El juez, como todo un zorro viejo, viendo el dilema en que se encontraba el fiscal, interviene.
— ¿El ministerio público tiene alguna otra pregunta?
— No su señoría, no tengo ninguna otra pregunta.
El juez se levanta desestimando el caso, anadiendoque no hay necesidad de ir a a juicio de fondo por falta de evidencia. Se me acusaba de la muerte de alguien que no existía, no tenía nombre ni familiares, ni siquiera un cuerpo en Patología Forense. Aunque las enfermeras del hospital de Nizao habían testificado que yo había llevado a un hombre herido esa noche, los archivos de Patología Forense y los del hospital mismo indicaban que ningún hombre había muerto esa noche. Yo salí bastante pensativo del tribunal, pues se que había encontrado a alguien herido de bala esa noche, y que se me había informado que aquel hombre había muerto en la ambulancia camino a la capital. De repente me acuerdo de sus palabras y meto mi mano en el bolsillo del pantalón. Saco la foto y me quedo pensativo mirando aquella imagen descolorida sobre aquel papel añejo, amarillento por el paso del tiempo. Volteo y y leo en la parte trasera de la foto: “Luz Marina Arias, calle Manuel de Regla Pujols No. 50, San José de Ocoa”.
Aunque el jucio haya sido una comedia, yo me quedo preocupado por las verdades que se vertieron allí. Pienso que, siendo que no hubo muerto, lo mejor fue negarlo todo. Eso fue en el juicio, pero en mi corazón esta la duda de quien era ese joven?, a donde se fue?, que se hizo?
Salgo del palacio de Justicia y afuera me encuentro con Gil, un colega del periódico.
—Como se dieron cuenta de que estaba aquí.?
—No sabíamos nada. Vinimos a cubrir un incidente de unos presos que se querían escapar de la cárcel y los mataron. Vimos tu carro en el parqueo de la cárcel y nos dijeron que te habían traido aquí. El abogado del periódico viene a ayudarte.
—Ya no lo necesito. Llama a Morillo y dile que prepare la portada para mañana. Saquen fotos de la cárcel e investiguen los nombres de los muertos que yo les llamo esta noche para darle toda la información. Esos presos no iban a escapar. No es mas que corrupción en la Policia Nacional. –le digo mientras miro hacia la calle pensativo –Tengo que terminar algo pendiente en San Jose de Ocoa.
Me despido de Gil, amino hacia la calle y saco la foto del bolsillo del pantalón. La miro fijamente y camino hacia el mercado. Las personas hablan todas a la vez. No logro entenderlos. Ellos, por su lado, solo escuchan a su interlocutor. La bulla de alrededor no les molesta. Están acostumbrados a este tipo de ambiente. Mientras a mi se me quiere reventar la cabeza. Mas el olor a amoniaco que sale de la fabrica de hielo. Tengo calor y estoy bastante sucio. Tres días sin banarme y con la misma ropa.
El carro no lo puedo sacar de la fortaleza hasta que nos se den por terminadas las investigaciones del incidente de anoche, asi que decido ir en bus.
Camino hacia la esquina y me meto rápidamente en un colmado. Pido una cerveza y empiezo a acariciar la botella. Lleno de rabia. Quiero explotar pero me detengo. Tienen el volumen de la música un poco alto, mas es un alivio con el bullicio del mercado. Por mi mente pasan las imágenes de aquel joven herido, que se habrá hecho? Quien lo hirió? Murió en verdad? No tengo duda de su muerte, pues se desangró. Lo que si me inquieta es a donde fue a parar su cuerpo. También pasa la imagen del fiscal y su cara sudorosa. El arrogante teniente Castillo Castillo tambien se ha convertido en mi pesadilla. Estoy cansado. El piso de la cárcel, la preocupación, la falta de sueno, la bachata del colmado, me tiene la cabeza a punto de explotar. Sumado a esto, la angustia de no saber como decirle a Carmen que su novio la dejara plantada porque, realmente, ya no es su novio sino su difunto novio.
Ahora escucho canciones viejas y siento que la cerveza se calienta rápidamente. No es para menos, pues con el calor que esta haciendo no puede ocurrir otra cosa. Me levanto del asiento y me paro en la puerta. Puedo notar como la gente se saluda uno a otro al encontrase como si se conocieran todos. Miro las callles, las casas, algunas de madera bien cuidadas, con sus tres puertas altas en frente y sus cercas hechas con laminas de metal en el patio. Las aceras están limpias.
—!Asi es Bani! —digo en voz alta.
Parado en la puerta respiro ese aire tibio que se siente después de una noche lluviosa. Cierro los ojos mientras respiro ese aire inocente y fresco de esta tierra. Del bolsillo saco la foto y el papel: “Calle manuel de Regla Pujols numero 50”, escrito por manos temblorosas en papel arrugado y viejo. Son las once de la mañana, temprano para llegar a mi destino. No tengo prisa, a parte de que necesito darme un bano urgentemente, asi que me tomo todo el tiempo que quiero. Respiro otra vez ese aire caluroso, seco, diáfano y virgen. Ahora con mas profundidad. Cierro los ojos y disfruto del aire al penetrar mis pulmones. Sin abrir los ojos inhalo una vez mas. Siento que sobre mi cuerpo cae la sombra de un frondoso almendro y mi espalda descansa sobre la arena en una playa solitaria donde solo estamos la naturaleza y yo. No como en mis pesadillas, sino clara y bella. Mis oídos se ensordecen a la malodia de la canción que suena en el trasfondo y solo escucho el oleaje del mar Caribe. Una brisa suave acaricia mi rostro y puedo escuchar el murmurar de las olas. Quiero meter mis pies en el agua, pero no, mi pie esta en la carretera cerca de las llantas de una motocicleta.
—Quitate del medio, maldito loco —me grito el motociclista casi pisándome los pies. Me doy vuelta, pago la cerveza, camino y de nuevo me veo envuelto en el bullicio del mercado y el olor a amoniaco. No quiero acercarme, pero ese es el lugar donde debo abordar el vehiculo que me llevara a Ocoa. Parado allí, en una de las esquinas del mercado, vuelvo a sacar el papel y leo “Calle Manuel de Regla Pujols numero 50.”

Con lágrimas de sangre – IV

Es un viernes cualquiera de un mes lluvioso de 1993. Es tarde, pues la sala de redacción está vacía. He perdido la noción del tiempo. Estoy yo solo aquí sentado en mi escritorio frente a la computadora. Solo en la sala, matando el tiempo; esperando que mi mente se conecte con mi cuerpo. Mientras eso sucede, trato de hacer muchas cosas. Quiero llamar a mi amigo Wilson Bouldier, pero me detengo al marcar el tercer número del teléfono. También me vienen los deseos de escribir otro artículo, así que enciendo la computadora y me quedo fijamente viendo las teclas con la mente en blanco. Luego de un vacío de varios minutos, comienzo a escribir empezando por el título, lo cual está mal, denota que no estoy bien, pues en tantos años que llevo laborando en este diario, nunca había empezado un artículo intitulándolo en primer lugar. En realidad nunca le he dado importancia al título, pues al final, el jefe de redacción lo cambia por otro más pomposo y sensacionalista. Creo que lo sucedido en Cabral me tiene fuera de concentración.
Mi imaginación vaga por los rincones más extraños de mi mente. Me atosiga el dilema de si ir a casa a vegetar en el sofá, tratando de leer ese libro que empecé hace más de un año y no he pasado de la página cinco, o ir a Don Gregorio, pues hace tiempo que no ando por esos lares.
Arreglo los papeles y dejo mi último artículo en la bandeja de redacción. En el corredor sólo se oye el ruido de los papeles tirados al piso al ser barridos por Javier. Como siempre, el será el último en dejar este cuarto antes que los de seguridad vengan a apagar las luces.
—Trabajando talde hoy, señol? —Me pregunta Javier al entrar a la sala con su escoba en mano, como siempre y extrañado al verme tan tarde en el periódico.
—Tenía muchas cosas pendientes y quise ponerme al día.
Javier continúa realizando sus labores como si yo ya no estuviera allí. Me despido de él y avanzo por el pasillo sin aun decidir hacia adonde ir. Me detengo en la recepción a hablar un poco con Mabel, la chica de la voz más dulce que mis oídos han escuchado.
—Tu gracia y amabilidad hacen que uno se levante con ánimo de venir a trabajar todos los días.
—No te creo. No me allantes, mi amor, que me duele.
—En serio, te lo digo con el corazón abierto.
Es de noche y todo está tranquilo. No se escucha el bullicio ni se siente el ‘corre-corre’ de las horas del día en el periódico. Mabel parece estar lista para irse a casa y yo le doy su tiempo para que recoja sus cosas. Me despido de ella y camino hacia el parqueo. Enciendo el carro y lo echo a andar por la calle si aun haber decidido hacia adonde ir.
Está lloviendo a cántaros y no puedo ver casi nada en la carretera. Voy despacio, pues la calle está llena de baches y con esta lluvia no se pueden identificar bien. No tengo prisa. Resuelvo ir para Don Gregorio. Acepto que el viaje seria largo, así que decido escuchar música. Quiero sintonizar ‘Cien Canciones y un Millón de Recuerdos’ en Radio Popular, pero inmediatamente decido que no. No quiero escuchar canciones escogidas por otro, así que tomo un cassette de la guantera del carro y lo echo a andar. Me paso casi todo el camino cantando a dúo con Juan Gabriel.
He visto pocos carros en todo el camino, por lo que aparenta mas tarde de lo que realmente es. Al llegar a San Cristóbal, me paro cerca del mercado a comprar un chimichurri.
— Tu eres dichoso, pues casi estaba cerrando –me dice el vendutero al tiempo que empieza a preparar el pan. Nunca he preguntado qué ingredientes usan para hacer los chimis, pero realmente ese olor me gusta. Está lloviendo, así que vuelvo al carro a esperar que el amigo me prepare el chimi.
Después de recibir el chimi, continúo mi camino. Minutos después, en el cruce de Nizao volteo a ver si hay algún estudiante varado a quien darle un aventón. El cruce esta desolado. Sigo. Al llegar a la cima de la cuesta de piedra, espero ver alguna luz del poblado de Nizao. Desde esta parte de la carretera, cuando uno llega a la cumbre, se ven las casas de la comunidad y más allá, el azulado mar Caribe, que desde aquí se ve quieto e inofensivo. Hoy sólo se puede percibir una oscuridad espesa que penetra en los ojos hasta enceguecerlo a uno. Cuesta abajo, antes de llegar al cementerio, diviso a una persona que va caminando a la derecha de la carretera. Está lloviendo espesamente. Creo que es alguien que llegó al cruce de Nizao y al no ver ningún transporte venir, decidió caminar. Lleva sombrero tipo fedora metido hasta las orejas, por lo que no puedo distinguir si es hombre o mujer. Me voy acercando bastante para ofrecerle llevarle hasta poblado y paro. Sigue caminando, así que doy marcha hacia adelante y le paso al frente. Miro hacia el lado y en su rostro, ayudado por la luz del vehículo, veo unos ojos vacios, sin luz. Me detengo adelante y espero. No pasa. Miro por los espejos y sólo puedo ver esa oscuridad que me arropa a mí, al auto, y a la lluvia misma. Giro en círculo y no veo a nadie. Vuelvo a girar y el carro se desliza hacia la otra orilla de la carretera, frente al cementerio. Aquel hombre se desvaneció. Trato de ir de retroceso para buscar la carretera. Las luces de carro alumbran el rotulo del cementerio que reza “Cementerio Cristo Salvador” y que cuelga de una de las esquinas del portón. El viento y las gotas de lluvia lo mueven y su pintura a medio desgastar refleja las luces delanteras del carro cuando piso el acelerador.
Logro salir a la carretera y continúo mi marcha hacia Nizao. Asombrado quizá, no me detengo a pensar qué pasó con aquel hombre, quién era, a dónde se fue; pero sus ojos siguen clavados a los míos como una espada clavada a un corazón que aun palpita.
Son las once de la noche y llego al parque de Nizao. El lugar está desierto y los bares están cerrados. Pensé que encontraría a los muchachos por estos alrededores hoy día viernes, así que doy la vuelta alrededor del parque y no encuentro a nadie, excepto al guardián del ayuntamiento. Me detengo y le saludo.
—Hay un velorio en Don Goyo! Hay un velorio en Don Goyo! —me repite como queriéndome explicar que no es sólo la lluvia ni la falta de energía eléctrica por lo cual el parque está desolado. Doy la vuelta de regreso y decido seguir para Don Gregorio.
Al llegar a Las Tres Vías, me detengo por un rato frente al bar. Pienso en entrar pero el lugar se ve vacio. La lluvia sigue cayendo y entre el ruido que hace ésta al golpear el techo de carro y la incertidumbre que agobia mi mente, no puedo identificar bien la música que está siendo tocada en el Bar Las Tres Vías. No puedo distinguir si es Bachata o es Bolero. Una luz roja tímidamente ilumina aquel lugar que parece no interesarme. Pienso por un momento salir y comparar una cerveza, pero no creo que valga la pena mojarse por eso. Apago el vehículo y recuesto la cabeza un rato en el asiento. Al cerrar los ojos, la primera imagen que veo es la de los ojos de aquel hombre de la carretera que aun siguen clavados a los mios. Decido no hacerle caso a mis pensamientos.
Parece que me quedé dormido y de repente despierto. El bar está cerrado y todo está oscuro. No hay energía eléctrica. A pesar de la lluvia, la oscuridad hace que el cielo se vea más claro. Enciendo el carro y decido seguir hacia Don Gregorio. Al acercarme hacia la Cañada de la Pava, veo que algo cruza la calle lentamente, pero no puedo identificar que es. Quizás es mi imaginación o el espesor de la lluvia que hace que las cosas aparenten de otras maneras. Mientras me acerco más, tengo que frenar de repente, pues puedo ver a un hombre tirado en medio de la calle. Se está arrastrando hacia la orilla, así que decido bajar del carro para ayudarle.
Me apresuro y me acerco a aquel hombre en medio de la lluvia. Se ve bastante joven y está sangrando mucho. Lo levanto como puedo y a medio arrastrar puedo llevarlo hacia el carro. Doy vuelta y acelero hacia el Centro de Salud Nizao. Al llegar a la entrada de emergencia grito por ayuda y el empleado de seguridad corre a ayudarme. Levantamos al joven moribundo, lo montamos en una camilla, y lo llevamos al cuarto de emergencia.
—Espera aquí —me dice mientras se dirige hacia la parte de atrás del edificio. Yo me quedo pensativo. Empapado de agua lluvia y de la sangre de aquel individuo. Desde donde estoy sentado, puedo escuchar sus quejidos y me da tristeza. Con la sangre que ha perdido, no creo que pueda sobrevivir.
Pasan los minutos y el empleado de seguridad no aparece. Yo decido acercarme hacia el herido para ver si puedo hacer algo por él. En realidad sé que no hay nada que se pueda hacer para salvarle, pero al menos quiero que en sus momentos finales no se encuentre sólo. Quiero saber quién es, de dónde viene, y quiénes son sus familiares. Está sangrando mucho y eso me preocupa. Pero aun está consciente. Me agarra del brazo y me aprieta con fuerza como queriendo que me acerque a él. Acerco mi oído a su boca y me susurra mientras me entrega una fotografía y un papel, ambos mojados:
—Ve donde Carmen y explícale por qué no pude estar en la iglesia el día de nuestras bodas.
En eso llega el empleado de seguridad con una joven de blanco, bostezando y soñolienta.
—Este es doctora, se ve muy mal.
Al verlo, la joven corre hacia atrás, viene con unos dos más, y se llevan al herido hacia unas de las habitaciones de atrás. Yo quedo parado allí a la entrada del Centro de Salud. Luego el empleado de seguridad viene sobre mí y me manda a mover el carro porque “la ambulancia va a entrar ahí.” Entonces pienso que el joven está peor que lo que yo me imaginaba. Muevo el carro y me quedo parado en la salida del centro médico. La ambulancia entra y se llevan al herido.
—Se lo llevan al Morgan, pues está herido de balas y aquí no manejan esos tipos de heridas. Ellos, los del Morgan, son buenos en eso. Un amigo mío le dieron un tiro con una escopeta doce que le abrió hoyos por todo el cuerpo y lo llevaron al Morgan y allí lo salvaron. Esa gente sabe de’so, no te preocupe. —me dice para informarme y a la vez consolarme como si se trataba de un hermano mío.
Vuelvo a emergencia y hablo con la joven doctora, que ya parece que está completamente despierta, y me explica acerca de lo grave que esta mi amigo. Le hago saber que no le conozco, que solo lo encontré en la calle tirado y lo traje al centro de salud. Le pregunto por su nombre y me dice que el herido no tiene ninguna identificación y que en sus momentos delirantes solo conseguía decir —Carmen. Calle Manuel de Regla Pujols No. 50. —Al parecer, la última vez que estuvo en sí fue cuando habló conmigo.
Parado frente al centro médico ya no sé qué hacer. Tengo las ropas mojadas y sucias de sangre que quiero volver a la Capital y no seguir para Don Gregorio. Puedo hacer ambas cosas, antes de irme pasar y dar una vuelta por lo menos ver las calles que hace tiempo no veo y luego irme. Pero también quiero saber del destino del joven herido. Pongo mis esperanzas en las palabras del guardián de seguridad “esa gente sabe d’eso, no te preocupe”.
Es ya de madrugada y aun así pienso dar una vuelta por Don Gregorio antes de partir para la capital. Enciendo el vehículo y voy despacio hacia Don Gregorio. Cuando llego a la Cañada de la Pava, me detengo y observo por un rato el lugar donde levante a aquel joven. Luego sigo y al llegar a Don Gregorio, veo las calles que me traen viejos recuerdos. Está oscuro todavía, pero la lluvia ya paró. Sigo lentamente y los recuerdos vienen a mi uno tras otro al ver las casas, los callejones que yo solía transitar cuando era niño. La esquina de la Duarte y su parada de guaguas donde nos poníamos a contar historias inventadas hasta tarde de la noche. Las cinco esquinas donde cada domingo se aglomeraban los ‘riferos’, quienes vendían números de la lotería. La fritura de Colaza, donde comía pescados fritos después de las fiestas. Don Gregorio es un poblado pequeño y en unos minutos anduve por casi todas sus calles.
Llego al lugar del velorio. Me pongo melancólico, pues me veo a mi mismo en ese ataúd siendo velado por gente extraña como a este muerto, quien, al igual que yo, salió de este pueblo y nunca más regresó.
“La vida es como aquella pluma en la película de Forrest Gump. El viento la mueve de acá para allá, y si la brisa es fuerte, se va lejos, tan lejos que no sabemos más de ella. Eso lo entendemos aun mas aquellos que hemos tenido que enfrentar la desgracia de alejarnos de nuestros pueblos, de nuestros vecinos, y con el devenir del tiempo, volvemos a nuestros viejos vecindarios y nos damos cuenta de que no conocemos a nadie. Son caras y rostros nuevos los que vemos. Preguntamos por éste, por aquel, se nos da referencias y los encajamos en hogares que existían cuando éramos parte de la vida cotidiana del vecindario.” Reflexiono.
“Nos llega el momento triste, el momento de disimular una lágrima que está a punto de delatar nuestra debilidad humana ante la ausencia de un ser querido o frente al callejón donde los varones jugábamos pelota y las hembras jugaban trúcalo y volibol.” Continúo pensando.
Me pregunto: “¿Cómo era posible jugar pelota en tan estrecho lugar?”
Miro hacia la casita del primo Juan y no veo el humo de su cigarro salir de entre las hojas de cana del techo. ¿Habrá dejado de fumar? Y es que Juan, aunque no tenía parientes en este pueblo, era primo de todos, por lo menos así nos llamaba y así lo considerábamos. Un primo de verdad, quien se estaba siempre presto para ayudar, a pesar de su edad, en los momentos difíciles a nuestras familias.
Muchos años han pasado desde aquel día en que alegre salí en busca de una nueva y mejor vida; pero resulta que mi corazón no vino conmigo. Se quedo aquí, en la mirada húmeda de mis amigos de los cuales me despedí aquel día anterior a mi partida; a quienes juré lealtad eterna. Sin embargo, el trajín de aquel lugar extraño fue matando ese juramento y la lealtad se fue a pique. Yo quisiera ser entendido, pero solo los que nos hemos ido a vivir a lugares extraños entendemos eso. Ni siquiera viéndolo por la televisión se puede entender que en los lugares extraños uno no tiene tiempo ni para comer; apenas duerme y se baña; se mal vive en medio del todo.
Un día me llené de alegría al saber que en el pueblo instalaron líneas telefónicas. Me volví loco de la emoción al saber que me comunicaría con los amigos a través del teléfono. Pero en las casa de mis amigos no alcanzaban para pagar teléfono, y los que si tenían teléfonos no eran mis amigos. El tiempo pasó y la gente empezó a progresar. Muchos vendieron o hipotecaron sus propiedades y se marcharon al extranjero. Ya había teléfonos en casi todas las casas, pero la amistad se había enfriado. Los amigos eran otros en ambos lados.
Y de vuelta estoy aquí después de tantos años sin conocer a nadie. Mirándome a mi mismo en ese hombre que yace inerte en ese ataúd. Los jóvenes que veo son quizas los hijos de aquellos que estaban bastante pequeños cuando partí, o de algunos que se mudaron despues que me fui de este lugar. La gran muchedumbre de mis tiempos ha muerto o ha partido. Creo que me veré en la obligación de hacer nuevos amigos si es que quiero mantener los lazos con esta comunidad, aunque ya no será el mismo sabor. He vuelto para negar lo que por tantos años he deseado hacer: volver. No tendrá el mismo sabor porque el único que ha vuelto he sido yo y ya no puedo disimular esa lagrima, ya no puedo esconder mi debilidad humana, y lloro. Lloro porque en este momento, al ver ese cadáver solitario, me doy cuenta que mi partida, años atrás, fue el fin de mi felicidad; pues mi felicidad estaba en este lugar.
Esta casi por amanecer. Camino hacia donde está en cadáver y echo una mirada a los dolientes a ver si conozco a alguno. Afuera escuche que este señor se había marchado del pueblo hace varios años y no había regresado hasta ahora. Doy unos pasos a ver si puedo reconocer su rostro. Su cara no me es familiar. Luce solitario y serio. Parece que murio durmiendo o sin dolor, pues no veo ni la más minima muesca en su rostro. El olor a vela derretida penetra por mi nariz y ojos. Es un olor entristecedor, y el humo que vierte el caldero donde calientan el agua para el café esta penetrando el lugar del velatorio; así que decido marcharme.

Con lágrimas de sangre – III

Las verdes montañas se imponen al oriente del poblado de Ocoa. Cada día se ven más cerca, levantándose para besar al cielo claro y diáfano. Han estado ahí por siempre, el cielo y las montañas, coqueteándose. La brisa fresca mueve las hojas de los árboles que adornan las calles; también las ropas tendidas en cordeles que se extienden de empalizada a empalizada a lo ancho del patio. El sol está radiante esta mañana de domingo y los niños del poblado acostumbrados al clima despiertan sentimientos dormidos desde tiempos remotos.
La ausencia de nubes embellece aun más el día. Dios ha hecho de este día el más bello de todos, especialmente para Carmen, quien se preparaba para la ocasión más importante de su vida. La casa está por reventar debido a la muchedumbre, la alegría irradia la casa, contrastando con la última vez que esta vivienda estuvo de personas, el día de los últimos rezos de Don Eligio.
Todos estaban consternados con la muerte de Don Eligio. Nadie se lo esperaba, pues aun estaba fuerte y vigoroso. Allí, donde descansa el pastel, estaba Carmen aquel día sentada en una silla cuando vinieron con la noticia de la muerte de su padre. Allí, donde está el pastel hubo aquella vez una joven adolescente que se ahogaba en llantos, sin querer dar crédito a la noticia que acababa de recibir, no quería aceptar lo que le estaban diciendo. Sus lágrimas no pararon por semanas.
Las paredes de madera de la casa están pintadas de rosa. Los cuadros han sido retirados y sus lugares ocupados por globos blancos y rosados unidos por cintas de papel de celofán y de papel crepé. Un calendario olvidado descansa en la pared del fondo. Este se ve antiguo, le olvidó quitar. Este se ve antiguo, como un viejo recordatorio de los últimos rezos de algún ser querido, impreso con tinta barata y conservado en un álbum, amarillento también por el paso del tiempo. Circulado esta el día 10 de enero, el mismo día de hoy, el 1971 en números grandes y rojos, debajo de la imagen de la Virgen de la Altagracia. El calendario esta amarillento, a pesar de haber pasado apenas unos días del año.
De los ojos de la novia salen unas lágrimas que se deslizan lentamente por sus mejillas. Quiere disimular, pero su corazón se acongoja al no poder tener a su padre con ella en éste su día tan importante de su vida. Se levanta de la silla, da unos pasos hacia los brazos de su madre y se aferra fuertemente a ella. Su madre trata de consolarla, pero todo intento es inútil.
— Mi’ja, sólo el todopoderoso y la virgen saben por qué pasan las cosas —le dice la madre mientras le pasa la mano por la cabeza. Estas palabras hacen que carmen se aferre más a su madre y se derrama en llantos. Su madre tampoco puede contenerse y ambas se abrazan lamentando la perdida de don eligio. De repente, la madre se reanima y otra vez trata de consolar y a la vez fortalecer su hija.
— Este es el día más importante de tu vida, no trates de arruinarlo.
Carmen continúa vistiéndose y como toda mujer, cree que tiene todo el tiempo del mundo y toma su paso lento, acomodándose una pieza e inconforme, quitándose otra. Sus amigas íntimas le ayudan.
Son como las diez de la mañana. Los miembros de la Banda Municipal de Música empacan sus instrumentos bajo los laureles del parque central después de su concierto de domingo por la mañana como de costumbre; las panaderías vierten un olor a pan fresco que inunda toda el área; los limpiabotas se acomodan en sus lugares de costumbres, pues ellos creen que son dueños de esas bancas del parque que hoy lucen inocentes y vacías. Once días después, las procesiones, las fiestas, los grupos culturales, y la gente alegre, especialmente los ocoeños ausentes que vendrán a venerar a la Virgen de la Altagracia, inundaran este parque que hoy luce vacío e ingenuo.
Carmen ya terminó de vestirse y cree que es hora de partir hacia la iglesia. Todos salen de la casa bajo ese sol radiante por la calle Manuel de Regla Pujols hacia la iglesia donde el novio estaría esperando para su unión eterna. La novia, vestida de blanco desde los pies hasta la cabeza, con velo blanco, zapatos de charol, también blancos, manos temblorosas y sudadas bajo unos guantes blancos de seda y nylon, y un vestido que relumbra al reflejar la luz hermosa del sol de este domingo 10 de enero de 1971. La novia camina junto a su madre. Una multitud de amistades y familiares le sigue hacia la ceremonia nupcial.
Al llegar a la esquina de la calle Las Carreras, se les acerca borracho el cabo de la Policía Nacional José Antonio Castillo y Castillo y se para frente a la novia.
— Ni creas que te vas a salir con las tuyas. Tú, aunque seas después de muerta tienes que ser mía —Mientras trata de mantenerse de pie, agrega —ya te lo dije, ya te lo dije.
La multitud se alborota y el cabo Castillo saca su revólver y hace unos disparos al aire.
— ¡Yo soy la autoridad, coño! Y digo que Carmen, si no es conmigo no se casa —vocifera mientras se aleja lentamente.
La novia empieza a temblar y llora. Sus acompañantes la consuelan y siguen hacia la iglesia como que nada había pasado.
En la iglesia, el padre Luis Quinn se prepara para unir a dos hijos de su querida Ocoa. Parado frente al altar mira hacia la puerta con la paciencia que siempre le ha caracterizado. Al ver a la multitud sentada tranquilamente, recuerda aquellos días de estudiante en la escuela San Miguel.
— No sé cual pudo más, si la decisión de los misioneros Scarboros de enviar un grupo a la República Dominicana o mis deseos de venir por estos lares —piensa mientras se mueve de un lado a otro en el altar, de donde contempla uno a uno los rostros de los presentes y se pregunta cómo era posible que en menos de seis años había llegado a querer a esa gente como si hubiera vivido en Ocoa toda una vida. Dos días después será su cumpleaños. Aunque pensando en aquellos días cuando vino a Ocoa procedente de Bani, en medio la convulsión de la Guerra de Abril de 1965, esas noches inquietantes en que su corazón estaba dividido entre los ocoeños y los revolucionarios que peleaban en las calles de Santo Domingo, logra poner en orden sus ideas. En su mente está completo el sermón que habría de predicar ésta mañana mientras oficie la ceremonia nupcial. No está seguro si sólo hablar del amor, de la unión eterna, de la fidelidad, de “una sola carne” o debería aprovechar la ocasión para hablar de la familia, de los valores, y del compromiso que tienen ellos como comunidad. El aspecto social no debe faltar, y el padre Quinn no pierde la oportunidad de estar en frente de una multitud para hablar del compromiso que tiene los compueblanos como comunidad de ayudarse unos a otros. Esta vez, se siente dudoso, pues no sabe si es prudente tomar el tiempo de estos jóvenes que emprenden la tan difícil vida de esposos para hablar de política. Esa inseguridad siempre le acompañó a lo largo de su vida siempre que tenía que enfrentarse al público. Quizás esa fue la razón por la que escogió Ocoa y no se quedó en Santo Domingo o se fue para Santiago de los Caballeros o La Vega; esa timidez que con los años ha venido perdiendo en la iglesia de este pueblo.
Luego de haber caminado varias cuadras, atraviesan el parque central. La novia camina lentamente sobre los mosaicos de arcilla del parque. Los pajarillos vuelan de una rama a otra en los frondosos laureles. Enganchadas de sus ramas hay canastas de metal de las cuales cuelgan bellas flores de colores distintos. En el parque la gente sigue viviendo su mundanalidad como si nada estuviera pasando. Cada quien vive su mundo y tiene sus prioridades, mientras que para Carmen, el mundo parece haberse detenido a observarla a ella, a presenciar con júbilo el día en que se convertiría en mujer. Minutos después, la novia llega a las escalinatas de la iglesia. Carmen está nerviosa y sus pies se quedan rígidos y no puede dar un paso más hacia arriba. “Este es el momento en que a nuestras mentes llegan algunas dudas. ¿Estaré haciendo lo correcto? ¿Es el realmente el hombre de mi vida? Debo dejar a mi madre sola, desamparada? En realidad estas no son preguntas que una debe hacerse este día, ni mucho menos después de tres años de noviazgo.” Piensa mientras está parada frente a la iglesia.
Dentro del templo, el padre Luis Quinn espera pacientemente a la pareja. Afuera, la novia queda observando un mensaje arriba en la pared superior del frente de la iglesia, es un dibujo en donde unos personajes le voltean la letra Z a la palabra PAZ y la convierten en PAN. Su mente no hurga por ningún significado de este mensaje ni por la necesidad de un cambio drástico alrededor de su vida, otro que no sea el que ella y su novio habían planificado desde hace tres años.
De repente, alguien sale corriendo del templo y le hace saber a la novia y su corte que el novio no está adentro del templo.
— No ha llegado aún— grita Unfalia energúmenamente mientras baja con dificultad las escalinatas de la iglesia hacia donde está la novia y sus acompañantes.
— ¡No está, no ha llegado!— repite la señora preocupada por que la novia no entre primero al templo.
—Es de mal agüero, es de mal agüero —Carmen no le hace caso y sube lentamente las gradas del frente de la iglesia. Entra en ella y se desliza por el pasillo del centro de templo, la multitud sentada voltea a ver y el coro empieza a cantar cantitos suaves acorde con la ocasión. El padre Quinn voltea y se pone en posición para recibir a la novia. Carmen queda viendo fijamente la imagen de la Virgen de la Altagracia que está en la pared posterior a la izquierda con su mirada tierna y su hijo en brazos. A la derecha, está la imagen de su hijo ya crecido y crucificado, con corona de espinas y las manos y los pies clavados a la cruz. Sus ojos están húmedos y fijos a los de Carmen, húmedos también, al arrodillarse frente al altar. Ora calladamente por un rato, luego se para y camina hacia el padre Quinn. Éste no dice nada. Ambos quedan de frente viéndose uno al otro. El padre Quinn disimula su sentir, pero presiente que el novio no llegará. La novia agota hasta los últimos residuos de la esperanza, pero el velo sobre la cara no puede esconder las lágrimas que manan de sus bellos ojos. El coro de la iglesia canta un himno que entristece más el entorno. La multitud, callada en el templo, no se mueve, nadie comenta nada. Cuando el tiempo prudente hubo pasado, el padre Quinn se acerca a la novia y la consuela. Esta sale hacia la casa, inmóvil, perpleja, pero muda. Siente que la respiración se le para y no escucha nada en su derredor.
La casa número 50 de la calle Manuel de Regla Pujols está repleta de personas otra vez. La gente está aglomerada tanto adentro como afuera. En la habitación está Carmen inconsolable. No puede creer que su novio, quien le había jurado tanto amor, quien le había profesado que la quería aun hasta después de la muerte, la había dejado plantada en el altar. Las dudas embadurnaron su juicio.
La madre de Carmen se le acerca, —dicen que el salió para la iglesia. Lo vieron salir con su traje negro de la casa. –Carmen no hace caso, mas se echa a la cama a llorar. A la casa se presentó el cabo Castillo borracho pidiendo hablar con la novia.
—Yo estoy aquí, mi amor. Si hubiera sido conmigo, no te hubiera dejado plantada. Aun hay tiempo, casémonos ahora mismo —le grita desde la calle mientras se tambalea de un lado a otro.
Los hombres presentes tratan de controlarlo; pero éste saca su revólver y empieza a hacer disparos al aire. La multitud se dispersa al escuchar los disparos, quedando el cabo Castillo sólo en la calle frente a la casa. Por un rato queda pensando sin decir nada. Sólo mirando hacia la casa. De repente, se apresta a entrar, revolver en mano, en busca de Carmen, quien está llorando acostada en su cama. Con el revólver tocaba la puerta, mientras la madre de la novia trata de persuadirlo de se fuera para su casa.
—Ábreme, mi amor, que quiero hablar contigo.
Carmen no hace caso alguno, y luego de intentos fallidos, éste se marcha refunfuñando y Carmen queda allí apesadumbrada, haciéndose mil preguntas en su mente, y llorando inconteniblemente.

Con lágrimas de sangre – II

Llego a Cabral abrumado por la tristeza. Muchos años han pasado desde aquel día en que abandoné éste pueblo. Lo recuerdo como si hubiera sido hoy mismo. Fue una partida repentina, sin despedirme de mis amigos, sin echarle un último vistazo al barrio; sin oler el aroma de viajacas asadas al medio día en cualquier cocina de La Peñuela; o haberme bañado en el agua fría de El Majagual. Nada de eso pasó. Sólo empacamos y nos fuimos en un día en que no vimos el amanecer en Cabral. Todo pasó tan rápido que cuando pude entender a cabalidad lo que sucedía, ya estábamos llegando a Azua.
La abuela me abrazó tan fuerte que pensé que me iba a asfixiar. Me di cuenta de que ella no quería que nos fuéramos. Yo tampoco quería ni entendía. Sentí en ese apretón una especie de despedida. Quizá albergaba en su corazón la certeza de que no nos vería más. Ella sabía la razón de nuestra partida y también sabía que la última palabra no era suya, sino de mamá. Y mamá, ella jamás consultaba con nosotros las ‘cosas de los adultos’.
Veo la esquina de la calle principal y me doy cuenta de que han pasado tantos años que hasta me da vergüenza caminar por estas calles. No pude evitar el viaje. Tan inevitable era éste como aquella vez que el “yip’ dobló a la derecha en ésta misma esquina rumbo a Baní, y que vi como las casas se iban empequeñeciendo tras nosotros, como la calle se iba estrechando, cerrando tras nuestra partida.
Hoy he venido a recoger el cadáver de mi hermano Samuel. No se que haré con él, si me lo lleve para Don Gregorio, o lo sepulte aquí en Cabral. Quizá haga lo último pues así tendré la excusa de volver por estos lares. Mientras me dirijo a la casa de Elauterio, paro frente a algunas casas a saludar a personas de rostros afables y que dicen ser mis primos. No conozco a ninguno de ellos, pero la forma en que me tratan, me hace sentir como en familia. Camino lentamente, mientras saludo a aquellos que se acercan a mí y me ofrecen sus condolencias. Llego a la casa y paro en frente de ésta. Me siento tan triste que por un momento no sé qué hacer y me detengo frente a la puerta. Desde afuera puedo ver el ataúd en medio de la sala de la casa. Agacho la cabeza como para disimular un poco mi tristeza y entro. Cuatro candelabros flanquean el féretro. Dejo arrastrar mi mano izquierda sobre éste hasta llegar a la parte de la cabeza. El ataúd tiene una ventana de vidrio por medio de la cual puedo ver su rostro. Entonces una gota de lágrima cae sobre ésta y empaña el vidrio.
Puedo ver en esa ventana como su rostro y el mío quedaron embelesados hacia la carretera aquella mañana en el vehículo que nos alejaba de Cabral. A mi parecer, el viaje duró casi diez horas, aunque mamá siempre afirmó que fueron cuatro. Para mi era lo mismo, pues cuatro horas en medio de esa polvo amarillento de la carretera del sur se sentía como si fueran diez.
Mi abuela me había regalado una chiva y me hizo prometerle que la cuidaría como lo hacía con aquellas del corral del patio trasero. La chiva, que iba con nosotros en el vehículo hacia Don Gregorio, no dejó de berrear en todo el camino.
— E’te gobierno de mierda. Hace ya má de un año le echaron caliche a é’ta carretera dizque para arreglarla y la han dejado peor — Gritó el chofer en mas de una ocasión mientras transitábamos la carretera que comunicaba a Barahona con Azua. Y no era para menos, pues varias veces tuvimos que pararnos para dejar que el vehículo de adelante se alejara y así evitar el polvo. Cuando íbamos a mitad de camino, nos detuvimos. El chofer, en medio del aire polvoriento se puso a chequear el radiador del vehículo, mientras las mujeres apresuraban sus pasos hacia los matorrales para orinar. Yo me sentía secuestrado y triste. No intenté bajar del ‘yip’. Mi mirada se quedó penetrada en el polvo, que se deshacía lentamente, dejando al descubierto los rostros tristes y pisoteados por la necesidad y el hambre de dos niñas que estaban paradas al lado de la carretera, debajo de una enramada vendiendo escobas y pilones de madera. Quedé viéndolas fijamente y noté que sus ojos habían visto más que los que unos ojos de niña debían haber visto y que habían disfrutado menos que lo que unos ojos de adolescentes debían de haberlo hecho. Se veían envejecientes a temprana edad. Entonces fue cuando decidí bajar del vehículo y me acerqué a ellas. Empezaron a sonreír como si la vida les hubiera dado motivos para hacerlo. Al ver sus rostros me acordé de un verso de un poema que leí en un viejo libro que aun guardo conmigo: «…sonríes cuando lloras, pues nadar sin agua es volar.»
Muevo mis dedos y enjugo la lágrima sobre el cristal del ataúd y quedo viendo el rostro de mi hermano. Se ve durmiente y su cara está gris. Se ve pálido como cuando se bajó del vehículo y se paró a mi lado mientras yo le compraba un par de escobas a las jovencitas de la carretera.
— Estas son para la abuela en Don Gregorio — Le dije mientras volteaba el rostro hacia él y no pude aguantar la risa al ver su cara blanca del polvo de la carretera.
Continuamos el viaje por unas cuantas horas más. Ya saliendo de Azua, no se escuchó más la chiva que iba atada en el techo del vehículo. Cuando llegamos a Baní, me di cuenta que el animal se había ahogado en el camino. La parada de Baní se encontraba en el mercado del pueblo. Allí íbamos a tomar otro vehículo que nos llevaría a Don Gregorio.
— Este animal aun está caliente, lo pueden vender en el mercado — Opinó sarcásticamente el chofer mientras desataba la chiva y la bajaba del vehículo. Lo miré con furia, la cual el entendió enseguida y calló. Nos despedimos de los otros pasajeros que seguían la ruta hacia la capital y tomamos el otro vehículo hacia Don Gregorio. Cuando llegamos allí, fuimos recibidos por la abuela materna con mucho cariño. Abuela y mamá se encerraron en la habitación por largo rato y sólo se escuchaban los quejidos de mamá, mientras mis hermanos y yo hacíamos un hoyo en el patio para sepultar la chiva.
Levanto el rostro y escudriño alrededor. Hay algunas mujeres de luto sentadas frente al ataúd. Las sillas están arregladas contra la pared, de frente al féretro. Aunque todas están de negro, nadie llora. Siento tristeza por mi hermano: tantos amigos que tenía y tener que ser velado en estas circunstancias. Veo una silla y me deslizo en ella sigilosamente tratando de esquivar todos esos ojos que se clavaron en mí desde el momento en que entré por la puerta. Por horas, noto la misma rutina: personas que entran, observan al muerto, ofrecen sus condolencias a todos los que estamos sentados alrededor de la sala, y luego se marchan por la puerta trasera. Algunos de ellos permanecen cierto tiempo en el patio de atrás conversando y tomando café. Oigo algunos chistes en el patio y miro, inmediatamente hacen silencio. Siento que esas personas no sienten el dolor que yo siento. Quizá no, talvez llegaron hasta aquí porque no tienen para donde ir o por el café, quizá.
— Quisiera hablar con Eleuterio. — Murmuro a una de las ancianas que estaban a mi lado.
— Está por allá, en el patio. — Me dice señalando la puerta trasera con su dedo tembloroso de carne seca y arrugada.
— Gracias. — Le digo mientras me paro lentamente y me dirijo hacia el patio. Parado en la puerta, veo como sacan a una mujer frenética de la casa que colinda con la Eleuterio. Los hombres tratan de detener a la mujer que parece poseída por algún demonio. Quedo observando esa casa y de cómo la gente entra y sale. Noto que una de las mujeres que prepara el café, al otro lado de la empalizada, me mira, toca en el brazo a su compañera y murmura algo. Se que hablaban de mi, pero, a saber qué dicen. Busco con la mirada a Eleuterio, aunque no le conozco. No tuve que preguntar quien era, pues al salir veo como él se acerca a abalanza hacia mi y me abraza.
— ¡Eres igualito a tu papá! — me dice mientras me da varias palmadas en la espalda.
— Quisiera darles las gracias por todo lo que ha hecho por mi hermano. Quisiera que hablemos de los gastos, quisiera saber el monto de sus gastos y quisiera, también, pedirle disculpas por todas las molestias causadas a usted y a su familia.
Eleuterio me mira e inmediatamente noto que de alguna manera mis palabras lo han ofendido.
— Mira hijo, — me dice mientras me aparta de los demás hacia la parte de atrás de la cocina — en los días que murió tu abuela, nosotros nos vimos en grades apuros, pues mi esposa necesitaba una operación que costaba mucho dinero y no teníamos con que pagarla; así que hipotecamos éste solar con todo y casa. Nos dieron tres meses para pagar el dinero y no pudimos juntarlo a tiempo. En eso vino tu padre a vender la casa de sus padres, ya que dijo no viviría mas en éste pueblo y me prestó el dinero. Un año más tarde le busqué para pagarle, pero no quiso aceptarlo. Yo estoy muy agradecido con tu familia y esto es lo menos que puedo hacer por ustedes. Así que no se hable más del asunto.
Por un momento pienso objetar su opinión haciéndoe saber mi deseo de pagar los gastos, pero me detengo. Empeoraría las cosas. Eleuterio entonces empieza a hablar de los días de su juventud y de sus andadas con mi padre. Yo quedo distraído mirando lo que pasaba en la casa de atrás.
— Disculpe. Entiendo que usted y mi padre fueron buenos amigos, pero por eso no puedo permitirle que se sacrifique sin necesidad. — Le digo mientras continúo observando lo que sucede en la casa de atrás. El ni siquiera hizo caso a lo que le dije, pues estaba empecinado en que yo no debía saldar ningún gasto.
— Quiero ir allí. — Le digo a manera de desviar la conversación.
— No lo hagas, hijo. No le cause más dolor a esa familia.
Al decirme esto, le miro fijamente, como recriminandole por lo que dice, pues «al fin y al cabo, yo también tengo a un hermano muerto». Luego volteo hacia el ataúd de mi hermano y me quedo observando fijamente mientras descifro el significado de la palabra dolor. ¿Será que dolor es no aceptar las cosas que pasan, pues uno no quiere que sucedan? ¿O, es dolor sentir que algo es arrancado a la fuerza desde muy dentro de uno mismo? ¿Por qué ellos pueden sentir dolor y yo no? ¿Acaso no ha sido suficiente? ¿Qué saben ellos del dolor de mi familia, o del mío? Mi mente vaga y me trae otros recuerdos.
—¡Agáchate que viene alguien! — escuché detrás de la casa mientras me preparaba para salir a la alborada de las fiestas patronales. Era sábado 25 de agosto de 1979 y las fiestas comenzarían el 26 de agosto. Don Gregorio lucía alegre. Sus calles habían sido adornadas con banderolas y letreros alusivos a las fiestas. La gente bailaba en las calles. La celebración había empezado un día antes de lo programado. Caminé a ver quiénes estaban detrás de la casa y encontré a Samuel y a Alejandro recostados de la pared, en frente de la ventana de la casa vecina.
— ¿Qué hacen? — pregunté e inmediatamente me mandaron a callar. Me uní a ellos y me contaron sus planes. Decidí participar. Esperamos el momento oportuno, cuando Miriam esté lo bastante hipnotizada por el televisor que ni siquiera se percatara de lo que estábamos haciendo. Desde donde estábamos escuchamos los ronquidos de José, su marido, quien para el momento estaba medio intoxicado por el triculí que se había bebido todo el día.
— Ahora es —se paró Alejandro e introdujo el pedazo de manguera por la ventana. Movió la tapa de la olla que descansaba sobre la estufa. Su desesperación era tal que empujó demasiado la tapa y ésta cayó a la estufa y luego al piso armando tremendo alboroto.
— ¡¿Qué diablo fue eso?! —Gritó Miriam desde la sala —ve a ver qué pasó allí — le ordenó enojada a su hija María Elena. Esta se acercó a la cocina y se quedó observando la tapa en el suelo por unos dos minutos. Miró alrededor y vio la olla destapada.
— ¡Un gato se quería beber la leche! —gritó la joven al momento en que se acercó, recogió la tapa, y la poso encima de la olla.
— ¡Ese mardito gato! ¡Un día de estos lo voy a envenená! —escuchamos a Miriam mientras nos pegamos mas a la pared para no ser descubiertos. María Elena miró por las persianas hacia la oscuridad y no logró ver nada. Entonces cerró la ventana y se fue a ver la telenovela. Yo, con el corazón en las manos del susto, les reclamé a mis hermanos sobre éste hecho y «que no vuelva a pasar jamás», le dije mientras me dirigí a la alborada de las fiestas patronales.
La tierra está húmeda todavía por la lluvia que cayó durante la noche y parte del día anterior. Las horas avanzan y me siento agotado. Eleuterio me hace una seña, indicándome que ya es hora de llevarse el cadáver para el cementerio. Yo asiento con la cabeza a la vez que avanzo hacia el ataúd. Las mujeres se paran y doblan sus sillas y quitan los candeleros. Eleuterio entrega dos pedazos de tela blanca y los entrega a los hombres que están alrededor del féretro, quienes las envuelven y cruzan por debajo de la caja y la envuelven en sus manos para cargarla. Inmediatamente yo tomo uno de los lados para cargar también. Empiezo a envolverlo en mi mano derecha.
— No muchacho. Es de maldición cargar el ataúd de un familiar muerto; deja que ellos lo hagan. —me dice Eleuterio un poco asustado. De momento quiero no hacerle caso, pues para mi no era mas que una cábala, y era, pues un honor cargar el cuerpo de mi hermano muerto.
— Respeta nuestras creencias, hijo — me vuelve a decir al momento que le pongo la mano izquierda en su antebrazo y le miro a los ojos. Lo menos que quería era tener alguna discrepancia con este buen señor. El me mira a los ojos y me da una palmada en el hombro.
Cuatro hombres cargamos el ataúd fuera de la casa. Nos paramos mientras dejamos que la joven de las flores se coloque tras nosotros y así empezar la marcha fúnebre.
Miro hacia la otra casa y observo que también están sacando el ataúd a la calle. Hay mucho mas gente allí que acá, y la tristeza se siente mucho más espesa; el dolor mucho mas profundo. Aquí, el único doliente soy yo, y tal vez el pobre hombre de Eleuterio. El otro grupo marcha delante de nosotros a paso lento, al compás de cánticos angelicales de unos niños de tiernas voces. Ambos muertos están siendo llevados al cementerio por la misma calle, al mismo paso. Doblamos en la calle principal y quienes llevan el otro cadáver parecen apresurarse para no juntarse con nosotros. A mi cabeza llegan varias imágenes de cómo sería mi propia marcha fúnebre.
Eran las seis de la tarde del jueves 30 de agosto de 1979 y nos encontrábamos en el local de la escuela primaria que para esa fecha ya estaba llena de familias buscando protegerse de los fuertes vientos del huracán David. Según los informes meteorológicos, el ciclón azotaría la zona alrededor de la media noche de ese jueves. El cielo estaba más que nublado. Las nubes estaban inquietas y se movían rápidamente de un lado para otro. Estábamos jugando con otros jóvenes que estaban refugiados allí. Ya estaba por anochecer y Quico, nuestro fiel amigo desde que llegamos de Cabral, nos llamó y nos dijo: « Ya nos vamos que mi mamá ya debe estar preocupada por mí» Nos reímos de él, pero nos marchamos.
Esa noche no dormí pensando en que el ciclón llegaría y me encontraría durmiendo indefenso; que los vientos levantarían la casa por completo y que quedaría yo como un blanco de cualquier objeto volador o me ahogaría antes de despertar. Las palabras del vecino José, «Este es un batatero como San Zenón, que cuando azotó no dejó na’ parao’. Arrancó toá la mata y se llevó toá la casa», estuvieron rondando mi cabeza toda la noche. Las imágenes del pueblo cuando regresábamos de la escuela, todo desierto y solitario, aun me producían más escalofríos. Las calles vacías y desiertas, las banderolas ondeando como locas, como si quisieran que alguien las soltaran para huir también, o querían desprenderse y refugiarse del inminente ciclón; los remolinos de viento en las esquinas de las calles, todo, parecía tan espantoso. La noche pasó y el huracán no llegó.
— ¡Corran que el mar ya se metió en la casa de Dr. Valdez, corran, vamos a ver! —entró Alejandro a la habitación temprano en la mañana del viernes 31, tratando de convencernos de ir a ver los altos oleajes del mar Caribe.
— Ni siquiera se les ocurra sacar un pie de la casa —dijo la abuela, quien era ‘batuta y constitución’.
La gente estaba desesperada y angustiada, pues el ciclón lo estaban anunciado desde hacía casi una semana y no aparecía. Yo me arropé y por fin quedé dormido. Alrededor de las diez de la mañana fui despertado. Debíamos de estar preparados para las ráfagas, pues los vientos fuertes se empezaron a sentir. La abuela lloraba en la cocina, pues Alejandro no aparecía. El viendo levantaba el polvo de la calle con tremenda agresividad y los árboles parecían quejarse de la falta de misericordia. No llovía aun, pero las nubes se juntaban creando un juego diabólico. Se podía notar lo trágico en el cielo. El sol empezó a desaparecer mientras los vientos seguían soplando con gran fortaleza. El mar se sentía rugir al sur de la casa y parecía estar mas cerca cada rugido.
Un grupo de hombres habían salido en busca de Alejandro y a Quico por los alrededores de la playa. El abuelo estaba tan nervioso que caminaba de un lado para otro. Yo quise salir a buscar a mi hermano, pero no me dejaron. Samuel no dijo una palabra, mas se quedó mirando fijamente para la calle, esperando ver a Alejandro doblar en la esquina en cualquier momento. Así permaneció sin decir nada, sin moverse, sin quejarse.
Poco después del medio día llegaron los hombres y en sus rostros pude ver la mala noticia: «Alejandro fue arrastrado por el mar». La abuela no se pudo contener y pasó el resto de la tarde y la noche llorando.
Como en eso de las dos de la tarde, se sintieron los vientos más fuertes del huracán David. En la casa nadie parecía hacerle caso. Nuestras mentes estaban enfocadas en Alejandro. Muchas interrogantes llegaron a mi mente. No sabíamos de mamá, pues estaba trabajando en la capital y no había podido llegar a Don Gregorio. Suponía que estaría bien, pues el huracán no era una amenaza para la parte donde estaba, mas bien, me sentía triste por ella, pues estaría angustiada por nosotros, y ella no sabía de la desaparición de Alejandro. El llanto inundó nuestra casa y nuestra familia. Los vientos amenazaban con tumbar una de las paredes de la casa. Todos estábamos cabizbajos, todos estábamos pensando en la desaparición de Alejandro.
El grupo que lleva a la jóven muerta se detiene frente al cuartel de la Policía y ponen el ataúd en el suelo. Dos oficiales de la Policía sacan a un hombre esposado y lo dirigen hacia la calle. Nosotros llegamos al lugar y tratamos de cruzar con el féretro por la acera, a fin de no molestarlos. Nunca había visto dos marchas fúnebres juntarse en la misma calle hacia el mismo cementerio. Veo la cara triste del hombre que se dirige hacia el ataúd de la joven muerta. Veo como las esposas le impiden acariciar el rostro de ella. Sus lágrimas son tantas que sus manos esposadas son incapaces de secarlas todas. Al pasarlas por el rostro parecen generar mas lagrimas. El ataúd está abierto y él se desploma de rodillas y deja caer su rostro sobre el pecho de la difunta. Murmura algo mientras llora. Su llanto es incontenible.
La casa parecía ya no ser lo suficiente segura para permanecer en ella, pero nadie ponía atención. Ni siquiera el peligro del ciclón nos hacia recuperar de la desaparición de Alejandro. Ni siquiera eso. Los postes de la casa parecían debilitarse y el zinc del techo parecía no aguantarían más. Yo miré por una hendija y vi que la única casa que estaba parada en el vecindario era la nuestra. De alguna forma Dios trataba de protegernos. Yo, que me batía entre el ciclón y Alejandro, me molestaba conmigo mismo y hasta me culpaba a mi mismo por lo que pasó. Si yo hubiera puesto atención cuando él llegó invitándonos a ver los oleajes, si yo no me hubiera dormido, quizá lo hubiera convencido de lo peligroso que sería ir por esos lares en esas circunstancias. Me culpo y me da rabia, pues no puedo arreglar el pasado. La comida estaba intacta en la cocina. La abuela nos pidió que bebiéramos la leche pues se iba a dañar y caminó hacia la cocina. Yo me pasé la mano por el rostro y me espanté al escuchar el tremendo ruido y el grito que echó la abuela al caerse una de las paredes de la cocina. Corrimos y me horroricé al ver la pared encima de la abuela, quien clamaba a gritos pidiendo ayuda. Entre los que estábamos allí, luchando con los fuertes vientos, pudimos sacar a la abuela de debajo de la pared. Estaba sangrando bastante de su pierna derecha y decía que le dolía la cadera. Me paré en la puerta y vi cómo todo el pueblo estaba en el suelo. Los árboles, las casas; cómo el agua había inundado todo que no se podía saber cual era la regola y cual era la calle.
— ¡Cierra esa puerta y ven a ayudar, muchacho! — Me gritó José desde la sala de la casa. Cerré la puerta que da a la cocina y caminé hacia la sala. Allí tenían a la abuela acostada en uno de los muebles y le estaban amarrando la pierna herida. Ella se quejaba y a la vez me miraba con sus ojos adoloridos. Pude ver en ellos que era demasiado dolor para su edad. Debía aguantar pues no había para donde ir ni a quien acudir. Me sentí impotente y quise llorar, pero el enojo y la impotencia no me dejaron. La abuela se fue desangrando toda la noche y el día no amaneció para ella. Esa fue la noche más triste de mi vida. También la más larga y angustiosa.
Es tanta la multitud que se nos hace casi imposible pasar. Todos miran a aquel hombre con tristeza y nadie trata de consolarlo. Yo me quedo mirándole fijamente. El se para, al tiempo que Eleuterio me susurra al oído «Ese es Sigfrido». Yo no digo nada. Mi mente está vagando y mi razón fluctua entre aquella familia y la mía. Entre aquella muerta y mi hermano. Sigfrido se para y queda viéndome fijamente como si me conociera. Yo le miro a los ojos y siento como lástima. De repente, se abalanza rápidamente sobre mí. Dos jóvenes de los que cargaban a la joven muerta también marchan hacia mí. La policía corre tras ellos, y yo quedo pasmado en medio de la carretera. Todo pasa rápido, muchas cosas pasan alrededor de mí en un segundo. La policía haciendo disparos al aire; la multitud corriendo alborotada; un bullicio ensordecedor a la vez que siento un golpe sobre mi rostro que casi me deja ciego. En medio de dolor, mareado, y ensangrentado, caigo sobre mis rodillas. Mi cuerpo se debilita. Veo mas policías agarrando a Sigfrido y a los jóvenes y llevárselos para el destacamento. No veo a más nadie. No puedo escuchar nada y mi vista esta medio nublada. Frente a mí, en medio de la calle, los dos ataúdes uno al lado del otro. Quizá era su destino. El uno para el otro, vivos o muertos. Mi cuerpo pierde fuerza; mi vista se va oscureciendo y no supe más de mí.

Con lágrimas de sangre – I

Su sudor era rojo como la sangre. También el agua que humedecía su cabello. Su rostro cortado, sangrante, adolorido. Sus lágrimas se confundían en sus mejillas. Sus ojos escarlatas maltratados por el pesar, pisoteados por el destino; y su angustia era negra como la noche más oscura. Sentía que el peso de la culpa hacia que el mudo se le viniera encima. Estaba allí entre sollozos, lágrimas, sudor, y agua, que enrojecían toda la mesa. Afuera, la gente corría de acá para allá. El griterío penetraba por las hendijas de las viejas paredes de madera. Nadie se acercó, pero mientras pasaban, murmuraban y miraban.
Para alguien sus horas habían dejado de ser contadas. Se habían agotado en aquel día; mientras que para ella, los sentimientos de culpabilidad habían empezado a hilvanar el manto de la amargura más grande de su vida.
Acababa de amanecer, en un día de esos que jamás logran olvidarse. Estaba allí, cansada por la huida. Corrió desesperadamente bajo la lluvia hacia su casa por las rocosas calles, en medio de gritos y frustración, con la cara cortada y sangrando, pues se había caído varias veces y las peñas habían golpeado sus mejillas. Corrió sin parar, desde allá, desde aquel grito fatal que debió haber destrozado su corazón, su alma, su existencia para siempre.
Ella lloraba y sus gritos se hacían eco unos a otros. Parecía retumbar en las paredes del centro mismo de su conciencia.
—  ¿Qué he hecho? —  Se preguntaba ella en su frustración. “¿Qué he hecho?” Se preguntaba una y otra vez, sin conseguir respuestas, condenándose a sí misma a la más grande de las culpas. Por el mal tan grande que había hecho.
Samuel había llegado a Cabral, en una tarde en que los calurosos vientos levantaban el amarillento polvo de la Peñuela. Se pudo advertir en la calle a aquella misteriosa persona, quien se adentró a la comunidad como si ya sabía lo que buscaba, hacia donde iba. Se dirigió a la casa de Elauterio, amigo de nuestro padre y le pidió que le alquilara un pequeño cuarto que tenía en el patio de la casa. Al lado, vivía Sigfrido y su mujer.
De inmediato los rumores comenzaron a correr por todo el poblado. Se dijo que había venido de Neiba. Otros aseguraban que era de Vicente Noble, y que se había mudado por problemas que aun los mismos que conjeturaban desconocían. Aun hubo quien aseguraba que este había sido policía, y que como había matado a alguien en San Juan, se había mudado a la Peñuela hasta que el caso sea  olvidado. Más conjeturas se escuchaban por las esquinas. Este misterioso hombre se había convertido en centro de toda conversación.
Era callado. No tenía amigos ni se asociaba con los de la comunidad. A veces salía de la casa y se sentaba a conversar con Elauterio por varias horas. No trabajaba, pero siempre tenía dinero. Los viernes salía temprano y regresaba al atardecer. Se bañaba, y se vestía. Luego se sentaba en el bar de Aquilino a beber cervezas. Allí pasaba toda la noche. Hubo un alto interés por saber más de su vida, pero nadie se atrevía a preguntarle. Ese interés llegó a nublarla mente de la mujer de Sigfrido. A veces salía al patio trasero de la casa, con la esperanza de encontrarle y saludarle, a fin de crear cierto tipo de amistad con él. Lo observaba todo el día. Al bañarse  y al vestirse. Lo miraba discretamente desde su casa sin que éste se percatara de que estaba hacienda vigilado. Su interés por el se había convertido en una obsesión.
Lo perseguía con la mirada. Lo había adentrado en su corazón. Su curiosidad fue tan grande que una mañana lo vio salir de la casa. “Buenos días, señor.” El la miró intensamente, leyendo en sus ojos cada pensamiento, cada idea que pasaba por su mente.
—  Buenos días, señora —le contestó. Sólo bastó ese roce para que ambos cultivaran una peligrosa confianza. Hablaron por un largo tiempo. La empalizada dividida solo sus cuerpos. Sus mentes estaban conectada una de la otra. Sus corazones también. Luego el se despidió, haciéndole notar que lo hacía no porque no tenía deseos de conversar mas con ella; si no porque no quería que su marido lo encontrase hablando con él. Ella consintió, pero le hizo saber que su marido solo estaba en casa los fines de semana. Dejando así la esperanza abierta de estar juntos. El se despidió nuevamente y marchó hacia  adonde iba. Ella quedó allí parada mirándole detenidamente. Su rostro cambio, podía verse el enrojecimiento de su faz, como se ve a distancia un jardín repleto de rosas rojas, rosadas, y blancas, todas juntas, dándole así pinceladas color pastel al horizonte. El horizonte de la esperanza. Lentamente fue sustituyendo a su marido en su corazón. Aquél hombre misterioso estaba ocupando su lugar.
Sigfrido se levantaba los lunes a las dos de la mañana para irse al monte, en donde permanecía toda la semana. Su mujer no quería. Discutían cada vez que el tenía que irse. “¿Para que me case?”A veces le preguntaba ella, tratando de convencerlo de que se busque otro trabajo y le dedicara más tiempo a ella. Quizás el no entendía la cabalidad lo que era ser un esposo. Ella le hacía ver que un marido no era trabajar para comer. Amor y cariño eran más importantes. Los mejores años de la vida de esa mujer se desvanecían en medio de la soledad de la noche. Del desencanto matrimonial, de la pérdida de la fe, de la esperanza, del pudor, de la vergüenza. La falta de niños había arruinado parte de la vida de aquella mujer, quien desesperadamente buscaba una respuesta. Lamentablemente la estaba buscando en el lugar equivocado. Había puesto su esperanza en aquel hombre desconocido. 
La felicidad no es querer conseguir lo que no se tiene; si no en querer y valorar lo que en realidad se posee. Ella no comprendió eso. Más bien se adentró en una relación amorosa con ese hombre, quien además de haberla motivado a interesarse por él, la había cautivado de tal manera que ella estaba dispuesta a enfrentar cualquier situación. De noche entraba en la casa de esa mujer y salía antes del amanecer.
El hombre había dejado de ser un misterio para ella. Ya conocía sus gustos, sus ademanes. Conocía que la gente estaba equivocada en cuanto a su procedencia, pues a las viejazas le decía tilapias y a los quechuas le decía Diablos Cojuelos, de eso se deducía que el hombre no era de los alrededores. Quizá era de la capital o del este. Por su acento se aseguraban que no era del Cibao. Ella no sabía realmente de donde era él, pues nunca se lo dijo.
Hacia dos días que había empezado a llover sin cesar. Aquel hombre permaneció todos esos días en la casa con la mujer. Sigfrido estaba en la loma, mientras su mujer buscaba la felicidad en base a la traición, al engaño. Se había dado cuenta que estaba embarazada. No se lo había dicho a Sigfrido pues no era de él. Lo podía engañar, pero dentro de su ser algo le decía que el no se merecía eso. Tampoco se lo había dicho a aquel hombre.
La lluvia cada vez era mas espesa. El caballo iba a paso lento, un gran plástico protegía a Sigfrido de lluvia. Su sombrero de alas anchas ya no podía impedir la penetración del agua, su cabeza estaba mojada, su frente también. La lluvia se estaba tornando fría, o esa era la sensación que él sentía. Iba tieso como un tronco, no movía un solo miembro de su cuerpo. Su respiración profunda hacía juego con el ruido de los cascos del caballo que lo guiaba. Este conocía bien el camino. Sigfrido no tenía que molestarse en guiarlo a la casa, era un trayecto que había recorrido por años.
El agua continuaba bajando por su frente, por su cuello, penetrando hasta su espalda. Si el camino se alargara, llegaría tan húmedo como una esponja en un charco de agua. Su cuerpo comenzaba a moverse sin que el lo gobernara. Primero sus manos y brazos, luego sus labios, y todo su cuerpo. La humedad de sus ropas estaba produciendo un frío espantoso. Quería llegar, pero el caballo no se apresuraba. Seguía su lenta marcha, como si estuviera contando los pasos. Como si los caballos supieran contar. Seguía sintiendo mas frío. Un frío que parecía nacerle desde el centro mismo de sus huesos y pulmones, esparciéndose por todo el cuerpo, llegando hasta la piel dejándola como si fuera de gallina.
Mientras en su casa, la desvergüenza y la traición se apoderaban del cuerpo y mente de su mujer, quien se serpenteaba en la cama vertiendo gritos de placer. Cuyo cuerpo sudado se confundía, se unía con otro cuerpo, cuerpo de hombre sudado, no el de Sigfrido. Daban vueltas y vueltas. La mujer apretaba la almohada con la mano izquierda, mientras mordía el cuerpo sudado de aquel hombre.
Sigfrido ya había entrado a la Peñuela. Aunque era de mañana, se podía advertir que la lluvia había enviado a los impertinentes e intemperantes a la cama temprano. El pueblo lucía solitario. No se escuchó un solo ladrido ni se vio en las calles a aquellos vigilantes voluntarios, que se dedican a desvelarse solo por placer o vicio. Tampoco se vio un borracho en la calle. Sólo el ruido desafiante de la lluvia al golpear si piedad las hojas de los árboles, o los techos de zinc de las casas del poblado, o al seguir su cause por las orillas de las calles. Los árboles se estaban beneficiando. Algunas cosas hacen mal y bien a la vez. Crean corazones alegres y felices en los victoriosos, mientras tristeza y sufrimientos en los derrotados. La lluvia era buena para la tierra, para la vegetación y los ríos. No era oportuna para aquellos que se sostienen de lo que se ganan cada día. Para Sigfrido, era un motivo para juntarse con su mujer, para ella, la lluvia se convertía en testigo de la traición. Del desamor del infortunio.
Esta lluvia había traído a Sigfrido al pueblo, a su casa. La pareja escuchó un ruido en el patio. Eran más de las cinco de la mañana. Alguien estaba desaparejando un caballo. La mujer dudó, pues Sigfrido nunca llegaría antes del viernes, menos a esa hora de la mañana. Más ruidos se escucharon. “¡Es mi marido!” Asustada  murmuró la mujer. Cobardemente aquél hombre tomo sus cosas y trató de huir de la casa. Sigfrido abrió la puerta. La mujer vio a sus dos hombres en la casa, uno mojado y cansado, y el otro saliendo a escondidas. Desesperada, confundida y asustada, con  temor de que lo peor pudiera pasarle, y esperando que su marido, debido al cansancio no reaccionara, gritó: “¡Un ladrón, un ladrón!”. Todas las luces se encendieron. Aquel hombre al escuchar la acusación, huyó por las calles de la Peñuela sabiendo que era una trama de la mujer para despistar a su marido. Pero no sucedió así. Sigfrido y todo el vecindario corrieron tras él, gritando “¡Que no se escape!”. La mujer, tratando de evitar una desgracia, corrió tras ellos.
El hombre atravesó el campo de béisbol de la Peñuela, en medio del lodo amarillento, pues éste nunca ha tenido grama. Cayó varia veces, y la angustia por no caer en manos de sus perseguidores le dio energía para volverse a levantar. Sigfrido iba tras él, cerca de sus talones. Machete en mano. La multitud seguía y poco detrás de ellos, al final, venía la mujer con sus ojos como dos lagunas. Su lentitud al correr la alejaba más y más de la muchedumbre. Quería tener la suficiente fuerza para ir adelante, y así impedir una tragedia, o simplemente esconder aquel hombre para que no cayera en manos de sus perseguidores. La multitud se le perdió camino a la Represa. Penetro en le bosque, pisoteando las húmedas guazábaras, bajo los frondosos nísperos y cocoteros. Asustada, notó que en lo interno de la vegetación la persecución había terminado y la gente estaba toda aglomerada, agrupadas unas a otras, como suele ponerse en las peleas callejeras de gallos. La lluvia arreciaba, todos estaban mojados. Era casi amanecer. A pesar de estar nublado, la claridad del día impuso caer sobre la tierra. La oscuridad de la noche se había despedido.
La mujer corrió y se abrió paso entre la multitud hasta llegar al centro del espectáculo. Una escena que marcó el rumbo de su vida, fue lo que vio. Gritó, y sus fuertes gritos parecen aun estar en las mentes de aquellos que presenciaron aquella escena horrible. Aquellos quienes no supieron porqué ella gritaba, si por el muerto, o por ver a su marido convertirse en un asesino. El hombre estaba tirado en el suelo lodoso, con varias heridas mortales en su espalda, brazo y hombro. Muerto por la espalda, a machetazos. La sangre corría alrededor de su cuerpo inerte, muerto, bajo la lluvia. Maldita sería la hora que decidió mudarse a la Peñuela, o maldita la hora en que puso sus ojos en esa mujer. Sigfrido estaba a sus pies, con el machete en la mano y manchado de la sangre de aquel misterioso hombre.
La mujer palideció al ver a sus dos hombres, uno víctima y el otro victimario. Con la misma intensidad de su remordimiento; con la misma fuerza de su razonamiento; con el mismo poder de su conciencia, corrió y huyó hasta su casa, victima de la más horrible de las culpas, responsable del más vil de los asesinatos.
La mujer corrió sin ver a donde iba, el instinto la guiaba hasta donde todo comenzó, hacia su propia casa. Llego a ésta y se sentó en la sala con la cabeza agachada, recostada sobre la mesa. Su sudor era rojo como la sangre. También el agua que humedecía su cabello. Su rostro cortado, sangrante, adolorido. Sus lágrimas se confundían en sus mejillas. Sus ojos escarlatas maltratados por el pesar, pisoteados por el destino; y su angustia era negra como la noche más oscura. Sentía que el peso de la culpa hacia que el mudo se le viniera encima. Estaba allí entre sollozos, lágrimas, sudor, y agua, que enrojecían toda la mesa. Afuera, la gente corría de acá para allá. El griterío penetraba por las hendijas de las viejas paredes de Madera. Nadie se acercó, pero mientras pasaban, murmuraban y miraban.
La multitud se dispersó, mientras más personas corrían al lugar del hecho. Muchos nunca habían sido testigos de un acto como éste en este poblado, donde casi todo el mundo procede del mismo árbol genealógico. Comunidad de gente pacifica.
Aquel hombre estaba tirado allí muerto, sin que nadie se preocupara en levantarlo, mientras la lluvia caía incesantemente.
A paso lento y bajo la mirada de todos, se vió venir a Sigfrido hacia su casa con su machete todavía en mano. Enmudecido y angustiado, llegó a la casa, dejando caer el machete a la puerta de ésta. Camino hacia el centro de la sala y se paró junto ala mesa, de donde levantó un papel y lo empezó a leer curiosamente. Mientras leía, sus lágrimas caían sobre aquel papel revelador de agrias verdades. Su mujer estaba embarazada. No era de él. Había amado a ese hombre a quien él acababa de matar. Era la afirmación en sus propias letras de algo que él había estado escuchando por algún tiempo, y no lo había creído, pues confiaba bastante en su mujer. No la creía capaz de hacer algo semejante. Tampoco le dijo nunca nada. Se dio cuenta que ella no había sido la mujer que pensaba que era. En ése papel estaba la confirmación de la traición y el engaño, pero aun  amaba a su mujer. La necesitaba más que nunca. Perplejo, apretó el papel y caminó hacia la habitación, al tiempo que poderosos nudillos tocaban la puerta. “¡Es la policía!”, se escuchó a alguien decir desde afuera con voz potente y temeraria. Sigfrido no hizo caso, más bien siguió su paso hacia la habitación. Se paró en la puerta. Se sentía culp7able de todo lo que había pasado. Sentía que él mismo había inducido a su mujer a cometer todo lo que había hecho, pues no le había dado el calor que necesitó en todos esos años como marido y mujer. Al querer abrir la sintió el temor de que ella lo rechazaría. No se escuchaba ningún ruido en la habitación. Dudó que estuviera allí. La policía amenazaba con tumbar la puerta. Abrió la puerta de la habitación dispuesto a pedirle perdón a su mujer, pero lo que vio le hizo llorar. Lloró lágrimas que humedecían aquel papel como torrenciales de infortunio. Aquella carta de despedida. Lágrimas de desgracia, lloró… …lágrimas de sangre.

Ayuntamiendo de Nizao inaugura Centro Comunal de El Zapotal

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La Alcaldía Municipal de Nizao se presta a inaugurar en el dia de hoy, domingo 7 de abril del 2013, el Centro Comunal de la comunidad de El Zapotal de éste municipio. La obra es fruto del programa de Presupuesto participativo ejecutado por la gestión municipal que encabeza el alcalde Glovis Reyes Aglón. Esta obra ha sido un anhelo eterno de esta comunidad, la cual ve realizarse su sueño en el dia de hoy. Felicidades a los zapotaleños y a la alcaldía municipal.

Los poetas de Nizao

El Municipio de Nizao se ha caracterizado siempre por tener jóvenes emprendedores, luchadores, amantes de las organizaciones, la cultura y el deporte. Pero esa jportadauventud de antaño no contaba con los elementos necesarios para dar a difundir sus creaciones intelectuales, lo que ha ocasionado que muchas obras murieran en un folder o en un cuaderno que después desaparece, o algunas perdidas en el tiempo.
La inspiración de un poeta o escritor es particular y a veces depende de momentos y circunstancias que no se vuelven a repetir, por lo que en esos momentos cuando se produce la idea, el poeta o escritor debe escribirla, plasmarla sobre papel para que quede perenne. Si esa obra se pierde, será difícil para el poeta o escritor volver a concebirla.
Por eso tenemos obras perdidas de compueblanos como el ido a destiempo Jovani Pérez Germán (Gian), de Jesus Maria Santana (Chilin), de José Alberto Madé, de Maximo Valdez, de Leopoldo Lorenzo González (Pondo), etc., que alguna vez se perdieron y que no han podido ser recuperada.
La era de la informática ha ayudado a que las pobras pocas se pierdan, y el auge de las redes sociales ha ayudado a difundirla. Ha provocado, inclusive que haya una explosión en la producción literaria, y esto no ha sido ajeno a los poetas de Nizao.
Nizao cuenta con una generación de poetas de calidad que producen a diario, y el mundo debería de conocerlos, demostrando que el género no está muerto, sino que mientras haya vida habrá poesía.

Bajar PDF: Scribo-Volumen1-Numero1