Tambores de medianoche

Suena vacío el sordo sonido
En tiempos en que la marea no sube,
La lluvia no cae, abandonado el nido
Que una vez con amor construyó el ave
En el momento en que faltan los sentidos.

Se busca el amor,
sublime ardor
Que alimenta la esperanza
Marchita el dolor
Y reaviva la confianza.

En ese momento de timidez
Y que las caricias exploran sus deseos
Se siente, por primera vez
Los latidos de ese corazón enamorado
A medianoche, Entregado,
Solo se escuchan los latidos
Como tambores los suspiros
Al compás, respiración desesperada
Y los temblores del pecho de la amada.

Los viejos de mi pueblo

Con la mirada pálida, sabiendo que está en el crepúsculo de su vida, sin la fuerza de su juventud que mostraba en los conucos de su padre cerca del arroyo Marumbia, Cambelén Paulino se sienta en la silla debajo de la mata de limoncillo como cada día, a conversar de múltiples cosas, hacer comparaciones entre los tiempos modernos con los de antaño, los cuales añora con melancolía. Quizás se imaginaria, en sus tiempos de juventud, que al llegar a la edad de hoy, se sentiría satisfecho de haber vivido la vida a plenitud.

Junto a él, todos bañaditos y con sus ropas planchaditas, estarán los hermanos Pai y Jemín Valdez. La anfitriona Rosilia Valdez, hermana de estos últimos, no se sentará con ellos. El afán del día que se extiende hasta el atardecer será su excusa. Y ellos, ya de costumbre, ni si quiere se percatan de que ella no les haga compañía, sino que con la confianza de su propia casa, toman cada cual su silla que ellos mismos se auto-asignaron y se sientan a conversar. Al llegar el momento preciso, se levantaran y se irán a sus propias casas.

Don Gregorio ya no es el mismo de los tiempos de su juventud. Los ojos de estos formadores de la comunidad han visto todo el proceso de evolución del pueblo, desde cuando era una pequeña comarca de casas distanciadas, la mayoría de techos de cana, hasta ver aceras y contenes, teléfonos y televisores.

Como ellos, hay otros que se congregan en otras casas de tarde a conversar sobre la comunidad, sobre pelota, de conucos y cosechas, de la vida del pueblo de las cuales sus propias forman parte.

Rememorar los hace felices, los rejuvenece, los llena de vitalidad. Estos son los viejos de mi pueblo, de los cuales nosotros algún día formaremos parte.

 

(Continua)

Noche redentora

El día se vacía en la copa de la noche que se apresura

Quizás la dicha lo detenga y pueda calmar su agonía

La esperanza se dilata hasta el último suspiro

Porque lo que nos depara en esta noche insoluble

No puede ser más horrible que lo vivido en el día

De arrebatos, incomprensibles ataques de locura

E incertidumbre y sensación de que estamos perdidos

Aunque sintamos la oscuridad redentora que nos cubre.