La grandeza de los hombres

Hace tiempo, creo que de Alexis Tocqueville y que me perdonen los intelectuales si le estoy atribuyendo una cita a la persona equivocada, leí lo siguiente: “Para los hombres pequeños, un mausoleo; para los hombres grandes, una tarja con su nombre.”
Esto viene porque hay gente que cree que son grandes porque ellos lo dicen. Creen que la grandeza de un hombre depende de cuan duro o bonito hable o de cuanto “bombo” se dé. Y están bastante equivocados. La grandeza de un hombre se mide por sus obras, pues un hombre es grande no por lo que ha dicho que es sino por lo que ha hecho.
Tenemos en nuestras comunidades a gente enferma que pasa toda su vida envidiando y comparándose con todo el que se le acerque. Gente lerda o sandia que cree que el mundo se rige por sus estándares. Tenemos gente que se pasa la vida ahorrando dinero para decir que tiene o es más que el otro. Por otro lado, hay también gente que se gasta todo lo que tiene, todo lo que consigue, pues cree que la vida se vive de día a día, que no hay seguridad para el mañana. Ambos tipos de personas tienen todo el derecho del mundo para vivir sus vidas como les plazca sin que nadie tenga que criticar ni el uno ni al otro, pues al fin y al cabo son suyos los días que Dios les da. Pero hay gente que no tolera eso. Quieren vivir sus vidas como ellos quieren, pero a la vez quieren controlar las vidas de los demás. Y se crean parámetros con los cuales miden a los demás. Por eso tú oyes a personas decir que “yo tengo esto y tú no”, como si los intereses de todos fuera el mismo.
Somos heterogéneos y por lo tanto tenemos metas y gustos diferentes. Nos debemos respetar unos a otros, pues a algunos les gusta la carne a otros el pescado, a otros les gustan los motores a otros los carros, a algunos les gusta vestir ropas caras y otros piensan que no es necesario el precio. Todos pensamos diferente y eso no nos hace inferior o mayor que los demás. ¿Debemos criticar a fulano porque no tiene un motor? ¿Quién dice que fulano está interesado en un motor?
Cada quien tiene lo que cree debe o puede tener y si alguien no tiene algo es porque no está a su alcance, o es porque en realidad no le interesa. Y eso no le hace inferior, pues la grandeza del hombre no se mide por sus pertenencias, sino por sus obras. Lo que ha hecho una persona por su familia, comunidad, no solo a nivel material, sino también en su lucha moral y social, es lo que determina la grandeza de los hombres ante los pueblos. Nuestros padres de la patria no fueron grandes porque se pararon en una esquina a decir ‘yo esto” o “tengo lo otro”, sino sus ideas de liberación del yugo haitiano.
Tiempo atrás, escuché un relato, que a pesar del tiempo no he podido corroborar, pero que tiene un significado tremendo: Luis XIV fue un rey de Francia que tomó el trono el 14 de mayo de 1643, cuando apenas tenía 15 años de edad. Llevó a Francia a la tranquilidad y a la prosperidad. Se puso como meta ser el rey más elegante de la historia, diseñando palacios, muebles, cortinas y ornamentos, de los cuales creó su propio estilo. Vestía con una pompa envidiable y era reconocido en toda Europa por su esplendor. Para su época, hablar de elegancia y de Luis XIV era casi la misma cosa. El 1ro. De septiembre de 1715, Luis murió de gangrena a los 77 años de edad. Personas de todos lados acudieron a la Basílica de Saint-Denis para su funeral. Todos querían ver cuán pomposo seria el funeral de aquel que vivió una vida llena de elegancia y esplendor. La basílica estaba repleta por dentro y por fuera. La muchedumbre cubría hasta las calles. La gente esperaba, pues no quería perderse el sermón, pomposo también, que sería predicado frente de su féretro.La muchedumbre esperaba y el predicador no aparecía. Hasta que luego se sintieron unos pasos que se escucharon en toda la basílica detrás de un silencio sepulcral. El predicador entró con la Biblia en mano, caminó hacia el altar, paró frente al ataúd, miro al féretro, y siguió caminando. Subió las escalinatas del altar y se paró frente al pulpito, poniendo la Biblia en el atril. Desde allí, miró a la gran multitud y pronunció el sermón más corto que se haya predicado desde pulpito alguno: “Sólo Dios es grande”, y se marchó.

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