La hija del predicador – Parte I

La juventud morbosa abarrota las ventanas del templo de la Iglesia El Estanque de Siloe como si estuviesen viendo un estreno de película por las hendijas de un cine de pueblo. Cada noche hacen lo mismo. Esa es su diversión. Mientras que en el pulpito, detrás del atril se encuentra sentado el predicador, con la cabeza agachada, esperando el momento oportuno. La banda de música toca a un volumen ensordecedor. Guitarras eléctricas tratan de ir al compas de la batería y la marimba. Cuatro músicos en total, tres hijos del predicador, quienes aprendieron a entonar los coritos con esos mismos instrumentos, sin que nadie les ensenara.

La música para, y el predicador sabe que es momento de levantarse y llevar el mensaje. Un sermón para el cual había orado antes pidiendo iluminación divina, pero que al fin y al cabo son sus palabras las que se vertiran, es su idea la que flotara por los atrios de este tabernáculo.

Siente que, como cada uno de los últimos once días, no habrá una guía de parte de Dios, pues en medio de sus oraciones se siente desconectado, alejado del Ser Divino, por lo que aprieta su puno. La incertidumbre gobierna sus ideas. Se para y camina hacia el atril con la Biblia en la mano izquierda. Los presentes están atentos y le miran con lastima al verlo pararse allí otra vez a pasar vergüenza. Los de afuera ríen, se burlan, pues no sienten compasión por alguien que ha caído en la ignominia, en el oprobio.

El predicador levanta su cabeza, abre la Biblia, mira a su alrededor a todos los presentes, y se percata de los que están en las ventanas. Estos no le molestan, pues no cree que estos sean los más prudentes para ‘lanzar la primera piedra’. Su preocupación es aún mayor, pues su deshonra no es ante los murmuradores de este pueblo, sino que es ante Aquel a quien el vino buscando amparo.

En medio de un silencio abrumador, trata de decir algo y las palabras no le salen, y rompe en llantos.

–Otra vez. Esto ha pasado once veces en las últimas dos semanas.

 

Con su frente sobre la Biblia, empieza a llorar. Los músicos, sus hijos, sin saber qué hacer,

Empiezan a tocar, la multitud presente a cantar, y los de afuera a reír y a vociferar por la ventana.

El predicador no aguanta más, y su debilitado corazón le da un contundente golpe, y este cae desplomado en la plataforma. Los de afuera ríen, mientras que los feligreses corren en su ayuda. La música para y el predicador yace entre el atril y las sillas del pulpito. No se mueve, pero aun conserva la Biblia en la mano izquierda, la cual va resbalando poco a poco de entre sus dedos. Sus hijos se amontonan alrededor de él, pero ya es tarde. Los de afuera, al ver la seriedad del caso callan, y un remordimiento sordo embadurna sus corazones.

El predicador ha muerto. Ha muerto con la Biblia en la mano sin decir una palabra, sin expresarse, sin desahogarse. El predicador ha muerto de dolor, de un dolor interno que va mas allá del dolor corporal. Es otro su dolor. Es uno que viene de adentro y enceguece la mente, mutila el corazón, y no deja descansar día y noche. Es un dolor por la impotencia, por la incapacidad de no enderezar los caminos torcidos y enyerbados del placer carnal, de esa avaricia sensual que enloquece.

El predicador ya no lo es más.

Todo empezó cinco años antes cuando Pedro Cheche murió electrocutado debajo de los cables eléctricos de alta tensión que atraviesan el pueblo hacia los depósitos de la Refinería Dominicana de Petróleo. Había llovido sin cesar por varios días y uno de los postes se deslizo en la tierra húmeda que no pudo soportar su peso, quedando inclinado hacia el lado opuesto de la carretera. Los cables quedaron a unos siete pies de altura del suelo. Pedro Cheche pensó que subido en su caballo no podría pasar, así que lo desmonto y con los aparejos en mano trato de pasar por debajo de los cables, quedando suspendido debajo de estos. Estuvo allí por casi medio día hasta que la Compañía Dominicana de Electricidad cortó la energía y Pedro Cheche cayó desplomado al suelo abrazado a los aparejos de su caballo.

Como Pedro Cheche estuvo varias horas suspendido, gente venía a verlo, pero los bomberos de Nizao, apostados allí, no dejaban que nadie se acercase.

Al enterarse, Juan Lora Paulino, al que a todos llamaban Guiguí Lora, marcho a ver a su primo fulminado por la energía eléctrica. Iba despacio. A sus sesenta y dos anos, no lucia como aquel hombre que se jactaba de sus tierras y sus vacas que tenia “en toda la orilla del mar, desde aquí hasta Sabana Uvero”, como el mismo lo planteaba; que le gustaba que le llamaran papacote, y que se mofaba de los hombres de oreja pequeña.

— Los hombres de orejas chiquitas son ‘malaclase’.

Este Guigui ya no era Guigui. No era aquel hombre alto, fornido y jabao, de esos que hay en República Dominicana que no se sabe si son blancos o son negros. Desde que perdió las tierras en los  tribunales, el hombre lucia siempre triste y cabizbajo.

— Esos Vicini me robaron mi tierra, me despojaron de mis pertenencias, y hasta mi casa, al punto que he tenido que venir a vivir al pueblo en esta casucha y mis vacas tuve que venderlas –Decía siempre melancólicamente cuando se acordaba de de sus problemas jurídicos con el Consorcio Vicini con relación a las tierras. La gente no hacía caso a sus comentarios, pues sabían que la tierra era en realidad de los Vicini y que la familia Lora la había usado por mucho tiempo, pero sin titulo catastral.

A paso lento Guigui Lora se acerco al lugar donde estaba Pedro Cheche, y al llegar allí, no pudo soportar ver a su primo allí inerte y se fue alejando entre la multitud. Se recostó del árbol de acacia que estaba en frente del Local de la Asociación Cristiana de Jóvenes y rompió a llorar silenciosamente.

(Continua)

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One Response to La hija del predicador – Parte I

  1. Matilde Heylen says:

    Esta vez me toca a mi decir “asombroso”.

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