Con lágrimas de sangre – I

Su sudor era rojo como la sangre. También el agua que humedecía su cabello. Su rostro cortado, sangrante, adolorido. Sus lágrimas se confundían en sus mejillas. Sus ojos escarlatas maltratados por el pesar, pisoteados por el destino; y su angustia era negra como la noche más oscura. Sentía que el peso de la culpa hacia que el mudo se le viniera encima. Estaba allí entre sollozos, lágrimas, sudor, y agua, que enrojecían toda la mesa. Afuera, la gente corría de acá para allá. El griterío penetraba por las hendijas de las viejas paredes de madera. Nadie se acercó, pero mientras pasaban, murmuraban y miraban.
Para alguien sus horas habían dejado de ser contadas. Se habían agotado en aquel día; mientras que para ella, los sentimientos de culpabilidad habían empezado a hilvanar el manto de la amargura más grande de su vida.
Acababa de amanecer, en un día de esos que jamás logran olvidarse. Estaba allí, cansada por la huida. Corrió desesperadamente bajo la lluvia hacia su casa por las rocosas calles, en medio de gritos y frustración, con la cara cortada y sangrando, pues se había caído varias veces y las peñas habían golpeado sus mejillas. Corrió sin parar, desde allá, desde aquel grito fatal que debió haber destrozado su corazón, su alma, su existencia para siempre.
Ella lloraba y sus gritos se hacían eco unos a otros. Parecía retumbar en las paredes del centro mismo de su conciencia.
—  ¿Qué he hecho? —  Se preguntaba ella en su frustración. “¿Qué he hecho?” Se preguntaba una y otra vez, sin conseguir respuestas, condenándose a sí misma a la más grande de las culpas. Por el mal tan grande que había hecho.
Samuel había llegado a Cabral, en una tarde en que los calurosos vientos levantaban el amarillento polvo de la Peñuela. Se pudo advertir en la calle a aquella misteriosa persona, quien se adentró a la comunidad como si ya sabía lo que buscaba, hacia donde iba. Se dirigió a la casa de Elauterio, amigo de nuestro padre y le pidió que le alquilara un pequeño cuarto que tenía en el patio de la casa. Al lado, vivía Sigfrido y su mujer.
De inmediato los rumores comenzaron a correr por todo el poblado. Se dijo que había venido de Neiba. Otros aseguraban que era de Vicente Noble, y que se había mudado por problemas que aun los mismos que conjeturaban desconocían. Aun hubo quien aseguraba que este había sido policía, y que como había matado a alguien en San Juan, se había mudado a la Peñuela hasta que el caso sea  olvidado. Más conjeturas se escuchaban por las esquinas. Este misterioso hombre se había convertido en centro de toda conversación.
Era callado. No tenía amigos ni se asociaba con los de la comunidad. A veces salía de la casa y se sentaba a conversar con Elauterio por varias horas. No trabajaba, pero siempre tenía dinero. Los viernes salía temprano y regresaba al atardecer. Se bañaba, y se vestía. Luego se sentaba en el bar de Aquilino a beber cervezas. Allí pasaba toda la noche. Hubo un alto interés por saber más de su vida, pero nadie se atrevía a preguntarle. Ese interés llegó a nublarla mente de la mujer de Sigfrido. A veces salía al patio trasero de la casa, con la esperanza de encontrarle y saludarle, a fin de crear cierto tipo de amistad con él. Lo observaba todo el día. Al bañarse  y al vestirse. Lo miraba discretamente desde su casa sin que éste se percatara de que estaba hacienda vigilado. Su interés por el se había convertido en una obsesión.
Lo perseguía con la mirada. Lo había adentrado en su corazón. Su curiosidad fue tan grande que una mañana lo vio salir de la casa. “Buenos días, señor.” El la miró intensamente, leyendo en sus ojos cada pensamiento, cada idea que pasaba por su mente.
—  Buenos días, señora —le contestó. Sólo bastó ese roce para que ambos cultivaran una peligrosa confianza. Hablaron por un largo tiempo. La empalizada dividida solo sus cuerpos. Sus mentes estaban conectada una de la otra. Sus corazones también. Luego el se despidió, haciéndole notar que lo hacía no porque no tenía deseos de conversar mas con ella; si no porque no quería que su marido lo encontrase hablando con él. Ella consintió, pero le hizo saber que su marido solo estaba en casa los fines de semana. Dejando así la esperanza abierta de estar juntos. El se despidió nuevamente y marchó hacia  adonde iba. Ella quedó allí parada mirándole detenidamente. Su rostro cambio, podía verse el enrojecimiento de su faz, como se ve a distancia un jardín repleto de rosas rojas, rosadas, y blancas, todas juntas, dándole así pinceladas color pastel al horizonte. El horizonte de la esperanza. Lentamente fue sustituyendo a su marido en su corazón. Aquél hombre misterioso estaba ocupando su lugar.
Sigfrido se levantaba los lunes a las dos de la mañana para irse al monte, en donde permanecía toda la semana. Su mujer no quería. Discutían cada vez que el tenía que irse. “¿Para que me case?”A veces le preguntaba ella, tratando de convencerlo de que se busque otro trabajo y le dedicara más tiempo a ella. Quizás el no entendía la cabalidad lo que era ser un esposo. Ella le hacía ver que un marido no era trabajar para comer. Amor y cariño eran más importantes. Los mejores años de la vida de esa mujer se desvanecían en medio de la soledad de la noche. Del desencanto matrimonial, de la pérdida de la fe, de la esperanza, del pudor, de la vergüenza. La falta de niños había arruinado parte de la vida de aquella mujer, quien desesperadamente buscaba una respuesta. Lamentablemente la estaba buscando en el lugar equivocado. Había puesto su esperanza en aquel hombre desconocido. 
La felicidad no es querer conseguir lo que no se tiene; si no en querer y valorar lo que en realidad se posee. Ella no comprendió eso. Más bien se adentró en una relación amorosa con ese hombre, quien además de haberla motivado a interesarse por él, la había cautivado de tal manera que ella estaba dispuesta a enfrentar cualquier situación. De noche entraba en la casa de esa mujer y salía antes del amanecer.
El hombre había dejado de ser un misterio para ella. Ya conocía sus gustos, sus ademanes. Conocía que la gente estaba equivocada en cuanto a su procedencia, pues a las viejazas le decía tilapias y a los quechuas le decía Diablos Cojuelos, de eso se deducía que el hombre no era de los alrededores. Quizá era de la capital o del este. Por su acento se aseguraban que no era del Cibao. Ella no sabía realmente de donde era él, pues nunca se lo dijo.
Hacia dos días que había empezado a llover sin cesar. Aquel hombre permaneció todos esos días en la casa con la mujer. Sigfrido estaba en la loma, mientras su mujer buscaba la felicidad en base a la traición, al engaño. Se había dado cuenta que estaba embarazada. No se lo había dicho a Sigfrido pues no era de él. Lo podía engañar, pero dentro de su ser algo le decía que el no se merecía eso. Tampoco se lo había dicho a aquel hombre.
La lluvia cada vez era mas espesa. El caballo iba a paso lento, un gran plástico protegía a Sigfrido de lluvia. Su sombrero de alas anchas ya no podía impedir la penetración del agua, su cabeza estaba mojada, su frente también. La lluvia se estaba tornando fría, o esa era la sensación que él sentía. Iba tieso como un tronco, no movía un solo miembro de su cuerpo. Su respiración profunda hacía juego con el ruido de los cascos del caballo que lo guiaba. Este conocía bien el camino. Sigfrido no tenía que molestarse en guiarlo a la casa, era un trayecto que había recorrido por años.
El agua continuaba bajando por su frente, por su cuello, penetrando hasta su espalda. Si el camino se alargara, llegaría tan húmedo como una esponja en un charco de agua. Su cuerpo comenzaba a moverse sin que el lo gobernara. Primero sus manos y brazos, luego sus labios, y todo su cuerpo. La humedad de sus ropas estaba produciendo un frío espantoso. Quería llegar, pero el caballo no se apresuraba. Seguía su lenta marcha, como si estuviera contando los pasos. Como si los caballos supieran contar. Seguía sintiendo mas frío. Un frío que parecía nacerle desde el centro mismo de sus huesos y pulmones, esparciéndose por todo el cuerpo, llegando hasta la piel dejándola como si fuera de gallina.
Mientras en su casa, la desvergüenza y la traición se apoderaban del cuerpo y mente de su mujer, quien se serpenteaba en la cama vertiendo gritos de placer. Cuyo cuerpo sudado se confundía, se unía con otro cuerpo, cuerpo de hombre sudado, no el de Sigfrido. Daban vueltas y vueltas. La mujer apretaba la almohada con la mano izquierda, mientras mordía el cuerpo sudado de aquel hombre.
Sigfrido ya había entrado a la Peñuela. Aunque era de mañana, se podía advertir que la lluvia había enviado a los impertinentes e intemperantes a la cama temprano. El pueblo lucía solitario. No se escuchó un solo ladrido ni se vio en las calles a aquellos vigilantes voluntarios, que se dedican a desvelarse solo por placer o vicio. Tampoco se vio un borracho en la calle. Sólo el ruido desafiante de la lluvia al golpear si piedad las hojas de los árboles, o los techos de zinc de las casas del poblado, o al seguir su cause por las orillas de las calles. Los árboles se estaban beneficiando. Algunas cosas hacen mal y bien a la vez. Crean corazones alegres y felices en los victoriosos, mientras tristeza y sufrimientos en los derrotados. La lluvia era buena para la tierra, para la vegetación y los ríos. No era oportuna para aquellos que se sostienen de lo que se ganan cada día. Para Sigfrido, era un motivo para juntarse con su mujer, para ella, la lluvia se convertía en testigo de la traición. Del desamor del infortunio.
Esta lluvia había traído a Sigfrido al pueblo, a su casa. La pareja escuchó un ruido en el patio. Eran más de las cinco de la mañana. Alguien estaba desaparejando un caballo. La mujer dudó, pues Sigfrido nunca llegaría antes del viernes, menos a esa hora de la mañana. Más ruidos se escucharon. “¡Es mi marido!” Asustada  murmuró la mujer. Cobardemente aquél hombre tomo sus cosas y trató de huir de la casa. Sigfrido abrió la puerta. La mujer vio a sus dos hombres en la casa, uno mojado y cansado, y el otro saliendo a escondidas. Desesperada, confundida y asustada, con  temor de que lo peor pudiera pasarle, y esperando que su marido, debido al cansancio no reaccionara, gritó: “¡Un ladrón, un ladrón!”. Todas las luces se encendieron. Aquel hombre al escuchar la acusación, huyó por las calles de la Peñuela sabiendo que era una trama de la mujer para despistar a su marido. Pero no sucedió así. Sigfrido y todo el vecindario corrieron tras él, gritando “¡Que no se escape!”. La mujer, tratando de evitar una desgracia, corrió tras ellos.
El hombre atravesó el campo de béisbol de la Peñuela, en medio del lodo amarillento, pues éste nunca ha tenido grama. Cayó varia veces, y la angustia por no caer en manos de sus perseguidores le dio energía para volverse a levantar. Sigfrido iba tras él, cerca de sus talones. Machete en mano. La multitud seguía y poco detrás de ellos, al final, venía la mujer con sus ojos como dos lagunas. Su lentitud al correr la alejaba más y más de la muchedumbre. Quería tener la suficiente fuerza para ir adelante, y así impedir una tragedia, o simplemente esconder aquel hombre para que no cayera en manos de sus perseguidores. La multitud se le perdió camino a la Represa. Penetro en le bosque, pisoteando las húmedas guazábaras, bajo los frondosos nísperos y cocoteros. Asustada, notó que en lo interno de la vegetación la persecución había terminado y la gente estaba toda aglomerada, agrupadas unas a otras, como suele ponerse en las peleas callejeras de gallos. La lluvia arreciaba, todos estaban mojados. Era casi amanecer. A pesar de estar nublado, la claridad del día impuso caer sobre la tierra. La oscuridad de la noche se había despedido.
La mujer corrió y se abrió paso entre la multitud hasta llegar al centro del espectáculo. Una escena que marcó el rumbo de su vida, fue lo que vio. Gritó, y sus fuertes gritos parecen aun estar en las mentes de aquellos que presenciaron aquella escena horrible. Aquellos quienes no supieron porqué ella gritaba, si por el muerto, o por ver a su marido convertirse en un asesino. El hombre estaba tirado en el suelo lodoso, con varias heridas mortales en su espalda, brazo y hombro. Muerto por la espalda, a machetazos. La sangre corría alrededor de su cuerpo inerte, muerto, bajo la lluvia. Maldita sería la hora que decidió mudarse a la Peñuela, o maldita la hora en que puso sus ojos en esa mujer. Sigfrido estaba a sus pies, con el machete en la mano y manchado de la sangre de aquel misterioso hombre.
La mujer palideció al ver a sus dos hombres, uno víctima y el otro victimario. Con la misma intensidad de su remordimiento; con la misma fuerza de su razonamiento; con el mismo poder de su conciencia, corrió y huyó hasta su casa, victima de la más horrible de las culpas, responsable del más vil de los asesinatos.
La mujer corrió sin ver a donde iba, el instinto la guiaba hasta donde todo comenzó, hacia su propia casa. Llego a ésta y se sentó en la sala con la cabeza agachada, recostada sobre la mesa. Su sudor era rojo como la sangre. También el agua que humedecía su cabello. Su rostro cortado, sangrante, adolorido. Sus lágrimas se confundían en sus mejillas. Sus ojos escarlatas maltratados por el pesar, pisoteados por el destino; y su angustia era negra como la noche más oscura. Sentía que el peso de la culpa hacia que el mudo se le viniera encima. Estaba allí entre sollozos, lágrimas, sudor, y agua, que enrojecían toda la mesa. Afuera, la gente corría de acá para allá. El griterío penetraba por las hendijas de las viejas paredes de Madera. Nadie se acercó, pero mientras pasaban, murmuraban y miraban.
La multitud se dispersó, mientras más personas corrían al lugar del hecho. Muchos nunca habían sido testigos de un acto como éste en este poblado, donde casi todo el mundo procede del mismo árbol genealógico. Comunidad de gente pacifica.
Aquel hombre estaba tirado allí muerto, sin que nadie se preocupara en levantarlo, mientras la lluvia caía incesantemente.
A paso lento y bajo la mirada de todos, se vió venir a Sigfrido hacia su casa con su machete todavía en mano. Enmudecido y angustiado, llegó a la casa, dejando caer el machete a la puerta de ésta. Camino hacia el centro de la sala y se paró junto ala mesa, de donde levantó un papel y lo empezó a leer curiosamente. Mientras leía, sus lágrimas caían sobre aquel papel revelador de agrias verdades. Su mujer estaba embarazada. No era de él. Había amado a ese hombre a quien él acababa de matar. Era la afirmación en sus propias letras de algo que él había estado escuchando por algún tiempo, y no lo había creído, pues confiaba bastante en su mujer. No la creía capaz de hacer algo semejante. Tampoco le dijo nunca nada. Se dio cuenta que ella no había sido la mujer que pensaba que era. En ése papel estaba la confirmación de la traición y el engaño, pero aun  amaba a su mujer. La necesitaba más que nunca. Perplejo, apretó el papel y caminó hacia la habitación, al tiempo que poderosos nudillos tocaban la puerta. “¡Es la policía!”, se escuchó a alguien decir desde afuera con voz potente y temeraria. Sigfrido no hizo caso, más bien siguió su paso hacia la habitación. Se paró en la puerta. Se sentía culp7able de todo lo que había pasado. Sentía que él mismo había inducido a su mujer a cometer todo lo que había hecho, pues no le había dado el calor que necesitó en todos esos años como marido y mujer. Al querer abrir la sintió el temor de que ella lo rechazaría. No se escuchaba ningún ruido en la habitación. Dudó que estuviera allí. La policía amenazaba con tumbar la puerta. Abrió la puerta de la habitación dispuesto a pedirle perdón a su mujer, pero lo que vio le hizo llorar. Lloró lágrimas que humedecían aquel papel como torrenciales de infortunio. Aquella carta de despedida. Lágrimas de desgracia, lloró… …lágrimas de sangre.

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