Con lágrimas de sangre – II

Llego a Cabral abrumado por la tristeza. Muchos años han pasado desde aquel día en que abandoné éste pueblo. Lo recuerdo como si hubiera sido hoy mismo. Fue una partida repentina, sin despedirme de mis amigos, sin echarle un último vistazo al barrio; sin oler el aroma de viajacas asadas al medio día en cualquier cocina de La Peñuela; o haberme bañado en el agua fría de El Majagual. Nada de eso pasó. Sólo empacamos y nos fuimos en un día en que no vimos el amanecer en Cabral. Todo pasó tan rápido que cuando pude entender a cabalidad lo que sucedía, ya estábamos llegando a Azua.
La abuela me abrazó tan fuerte que pensé que me iba a asfixiar. Me di cuenta de que ella no quería que nos fuéramos. Yo tampoco quería ni entendía. Sentí en ese apretón una especie de despedida. Quizá albergaba en su corazón la certeza de que no nos vería más. Ella sabía la razón de nuestra partida y también sabía que la última palabra no era suya, sino de mamá. Y mamá, ella jamás consultaba con nosotros las ‘cosas de los adultos’.
Veo la esquina de la calle principal y me doy cuenta de que han pasado tantos años que hasta me da vergüenza caminar por estas calles. No pude evitar el viaje. Tan inevitable era éste como aquella vez que el “yip’ dobló a la derecha en ésta misma esquina rumbo a Baní, y que vi como las casas se iban empequeñeciendo tras nosotros, como la calle se iba estrechando, cerrando tras nuestra partida.
Hoy he venido a recoger el cadáver de mi hermano Samuel. No se que haré con él, si me lo lleve para Don Gregorio, o lo sepulte aquí en Cabral. Quizá haga lo último pues así tendré la excusa de volver por estos lares. Mientras me dirijo a la casa de Elauterio, paro frente a algunas casas a saludar a personas de rostros afables y que dicen ser mis primos. No conozco a ninguno de ellos, pero la forma en que me tratan, me hace sentir como en familia. Camino lentamente, mientras saludo a aquellos que se acercan a mí y me ofrecen sus condolencias. Llego a la casa y paro en frente de ésta. Me siento tan triste que por un momento no sé qué hacer y me detengo frente a la puerta. Desde afuera puedo ver el ataúd en medio de la sala de la casa. Agacho la cabeza como para disimular un poco mi tristeza y entro. Cuatro candelabros flanquean el féretro. Dejo arrastrar mi mano izquierda sobre éste hasta llegar a la parte de la cabeza. El ataúd tiene una ventana de vidrio por medio de la cual puedo ver su rostro. Entonces una gota de lágrima cae sobre ésta y empaña el vidrio.
Puedo ver en esa ventana como su rostro y el mío quedaron embelesados hacia la carretera aquella mañana en el vehículo que nos alejaba de Cabral. A mi parecer, el viaje duró casi diez horas, aunque mamá siempre afirmó que fueron cuatro. Para mi era lo mismo, pues cuatro horas en medio de esa polvo amarillento de la carretera del sur se sentía como si fueran diez.
Mi abuela me había regalado una chiva y me hizo prometerle que la cuidaría como lo hacía con aquellas del corral del patio trasero. La chiva, que iba con nosotros en el vehículo hacia Don Gregorio, no dejó de berrear en todo el camino.
— E’te gobierno de mierda. Hace ya má de un año le echaron caliche a é’ta carretera dizque para arreglarla y la han dejado peor — Gritó el chofer en mas de una ocasión mientras transitábamos la carretera que comunicaba a Barahona con Azua. Y no era para menos, pues varias veces tuvimos que pararnos para dejar que el vehículo de adelante se alejara y así evitar el polvo. Cuando íbamos a mitad de camino, nos detuvimos. El chofer, en medio del aire polvoriento se puso a chequear el radiador del vehículo, mientras las mujeres apresuraban sus pasos hacia los matorrales para orinar. Yo me sentía secuestrado y triste. No intenté bajar del ‘yip’. Mi mirada se quedó penetrada en el polvo, que se deshacía lentamente, dejando al descubierto los rostros tristes y pisoteados por la necesidad y el hambre de dos niñas que estaban paradas al lado de la carretera, debajo de una enramada vendiendo escobas y pilones de madera. Quedé viéndolas fijamente y noté que sus ojos habían visto más que los que unos ojos de niña debían haber visto y que habían disfrutado menos que lo que unos ojos de adolescentes debían de haberlo hecho. Se veían envejecientes a temprana edad. Entonces fue cuando decidí bajar del vehículo y me acerqué a ellas. Empezaron a sonreír como si la vida les hubiera dado motivos para hacerlo. Al ver sus rostros me acordé de un verso de un poema que leí en un viejo libro que aun guardo conmigo: «…sonríes cuando lloras, pues nadar sin agua es volar.»
Muevo mis dedos y enjugo la lágrima sobre el cristal del ataúd y quedo viendo el rostro de mi hermano. Se ve durmiente y su cara está gris. Se ve pálido como cuando se bajó del vehículo y se paró a mi lado mientras yo le compraba un par de escobas a las jovencitas de la carretera.
— Estas son para la abuela en Don Gregorio — Le dije mientras volteaba el rostro hacia él y no pude aguantar la risa al ver su cara blanca del polvo de la carretera.
Continuamos el viaje por unas cuantas horas más. Ya saliendo de Azua, no se escuchó más la chiva que iba atada en el techo del vehículo. Cuando llegamos a Baní, me di cuenta que el animal se había ahogado en el camino. La parada de Baní se encontraba en el mercado del pueblo. Allí íbamos a tomar otro vehículo que nos llevaría a Don Gregorio.
— Este animal aun está caliente, lo pueden vender en el mercado — Opinó sarcásticamente el chofer mientras desataba la chiva y la bajaba del vehículo. Lo miré con furia, la cual el entendió enseguida y calló. Nos despedimos de los otros pasajeros que seguían la ruta hacia la capital y tomamos el otro vehículo hacia Don Gregorio. Cuando llegamos allí, fuimos recibidos por la abuela materna con mucho cariño. Abuela y mamá se encerraron en la habitación por largo rato y sólo se escuchaban los quejidos de mamá, mientras mis hermanos y yo hacíamos un hoyo en el patio para sepultar la chiva.
Levanto el rostro y escudriño alrededor. Hay algunas mujeres de luto sentadas frente al ataúd. Las sillas están arregladas contra la pared, de frente al féretro. Aunque todas están de negro, nadie llora. Siento tristeza por mi hermano: tantos amigos que tenía y tener que ser velado en estas circunstancias. Veo una silla y me deslizo en ella sigilosamente tratando de esquivar todos esos ojos que se clavaron en mí desde el momento en que entré por la puerta. Por horas, noto la misma rutina: personas que entran, observan al muerto, ofrecen sus condolencias a todos los que estamos sentados alrededor de la sala, y luego se marchan por la puerta trasera. Algunos de ellos permanecen cierto tiempo en el patio de atrás conversando y tomando café. Oigo algunos chistes en el patio y miro, inmediatamente hacen silencio. Siento que esas personas no sienten el dolor que yo siento. Quizá no, talvez llegaron hasta aquí porque no tienen para donde ir o por el café, quizá.
— Quisiera hablar con Eleuterio. — Murmuro a una de las ancianas que estaban a mi lado.
— Está por allá, en el patio. — Me dice señalando la puerta trasera con su dedo tembloroso de carne seca y arrugada.
— Gracias. — Le digo mientras me paro lentamente y me dirijo hacia el patio. Parado en la puerta, veo como sacan a una mujer frenética de la casa que colinda con la Eleuterio. Los hombres tratan de detener a la mujer que parece poseída por algún demonio. Quedo observando esa casa y de cómo la gente entra y sale. Noto que una de las mujeres que prepara el café, al otro lado de la empalizada, me mira, toca en el brazo a su compañera y murmura algo. Se que hablaban de mi, pero, a saber qué dicen. Busco con la mirada a Eleuterio, aunque no le conozco. No tuve que preguntar quien era, pues al salir veo como él se acerca a abalanza hacia mi y me abraza.
— ¡Eres igualito a tu papá! — me dice mientras me da varias palmadas en la espalda.
— Quisiera darles las gracias por todo lo que ha hecho por mi hermano. Quisiera que hablemos de los gastos, quisiera saber el monto de sus gastos y quisiera, también, pedirle disculpas por todas las molestias causadas a usted y a su familia.
Eleuterio me mira e inmediatamente noto que de alguna manera mis palabras lo han ofendido.
— Mira hijo, — me dice mientras me aparta de los demás hacia la parte de atrás de la cocina — en los días que murió tu abuela, nosotros nos vimos en grades apuros, pues mi esposa necesitaba una operación que costaba mucho dinero y no teníamos con que pagarla; así que hipotecamos éste solar con todo y casa. Nos dieron tres meses para pagar el dinero y no pudimos juntarlo a tiempo. En eso vino tu padre a vender la casa de sus padres, ya que dijo no viviría mas en éste pueblo y me prestó el dinero. Un año más tarde le busqué para pagarle, pero no quiso aceptarlo. Yo estoy muy agradecido con tu familia y esto es lo menos que puedo hacer por ustedes. Así que no se hable más del asunto.
Por un momento pienso objetar su opinión haciéndoe saber mi deseo de pagar los gastos, pero me detengo. Empeoraría las cosas. Eleuterio entonces empieza a hablar de los días de su juventud y de sus andadas con mi padre. Yo quedo distraído mirando lo que pasaba en la casa de atrás.
— Disculpe. Entiendo que usted y mi padre fueron buenos amigos, pero por eso no puedo permitirle que se sacrifique sin necesidad. — Le digo mientras continúo observando lo que sucede en la casa de atrás. El ni siquiera hizo caso a lo que le dije, pues estaba empecinado en que yo no debía saldar ningún gasto.
— Quiero ir allí. — Le digo a manera de desviar la conversación.
— No lo hagas, hijo. No le cause más dolor a esa familia.
Al decirme esto, le miro fijamente, como recriminandole por lo que dice, pues «al fin y al cabo, yo también tengo a un hermano muerto». Luego volteo hacia el ataúd de mi hermano y me quedo observando fijamente mientras descifro el significado de la palabra dolor. ¿Será que dolor es no aceptar las cosas que pasan, pues uno no quiere que sucedan? ¿O, es dolor sentir que algo es arrancado a la fuerza desde muy dentro de uno mismo? ¿Por qué ellos pueden sentir dolor y yo no? ¿Acaso no ha sido suficiente? ¿Qué saben ellos del dolor de mi familia, o del mío? Mi mente vaga y me trae otros recuerdos.
—¡Agáchate que viene alguien! — escuché detrás de la casa mientras me preparaba para salir a la alborada de las fiestas patronales. Era sábado 25 de agosto de 1979 y las fiestas comenzarían el 26 de agosto. Don Gregorio lucía alegre. Sus calles habían sido adornadas con banderolas y letreros alusivos a las fiestas. La gente bailaba en las calles. La celebración había empezado un día antes de lo programado. Caminé a ver quiénes estaban detrás de la casa y encontré a Samuel y a Alejandro recostados de la pared, en frente de la ventana de la casa vecina.
— ¿Qué hacen? — pregunté e inmediatamente me mandaron a callar. Me uní a ellos y me contaron sus planes. Decidí participar. Esperamos el momento oportuno, cuando Miriam esté lo bastante hipnotizada por el televisor que ni siquiera se percatara de lo que estábamos haciendo. Desde donde estábamos escuchamos los ronquidos de José, su marido, quien para el momento estaba medio intoxicado por el triculí que se había bebido todo el día.
— Ahora es —se paró Alejandro e introdujo el pedazo de manguera por la ventana. Movió la tapa de la olla que descansaba sobre la estufa. Su desesperación era tal que empujó demasiado la tapa y ésta cayó a la estufa y luego al piso armando tremendo alboroto.
— ¡¿Qué diablo fue eso?! —Gritó Miriam desde la sala —ve a ver qué pasó allí — le ordenó enojada a su hija María Elena. Esta se acercó a la cocina y se quedó observando la tapa en el suelo por unos dos minutos. Miró alrededor y vio la olla destapada.
— ¡Un gato se quería beber la leche! —gritó la joven al momento en que se acercó, recogió la tapa, y la poso encima de la olla.
— ¡Ese mardito gato! ¡Un día de estos lo voy a envenená! —escuchamos a Miriam mientras nos pegamos mas a la pared para no ser descubiertos. María Elena miró por las persianas hacia la oscuridad y no logró ver nada. Entonces cerró la ventana y se fue a ver la telenovela. Yo, con el corazón en las manos del susto, les reclamé a mis hermanos sobre éste hecho y «que no vuelva a pasar jamás», le dije mientras me dirigí a la alborada de las fiestas patronales.
La tierra está húmeda todavía por la lluvia que cayó durante la noche y parte del día anterior. Las horas avanzan y me siento agotado. Eleuterio me hace una seña, indicándome que ya es hora de llevarse el cadáver para el cementerio. Yo asiento con la cabeza a la vez que avanzo hacia el ataúd. Las mujeres se paran y doblan sus sillas y quitan los candeleros. Eleuterio entrega dos pedazos de tela blanca y los entrega a los hombres que están alrededor del féretro, quienes las envuelven y cruzan por debajo de la caja y la envuelven en sus manos para cargarla. Inmediatamente yo tomo uno de los lados para cargar también. Empiezo a envolverlo en mi mano derecha.
— No muchacho. Es de maldición cargar el ataúd de un familiar muerto; deja que ellos lo hagan. —me dice Eleuterio un poco asustado. De momento quiero no hacerle caso, pues para mi no era mas que una cábala, y era, pues un honor cargar el cuerpo de mi hermano muerto.
— Respeta nuestras creencias, hijo — me vuelve a decir al momento que le pongo la mano izquierda en su antebrazo y le miro a los ojos. Lo menos que quería era tener alguna discrepancia con este buen señor. El me mira a los ojos y me da una palmada en el hombro.
Cuatro hombres cargamos el ataúd fuera de la casa. Nos paramos mientras dejamos que la joven de las flores se coloque tras nosotros y así empezar la marcha fúnebre.
Miro hacia la otra casa y observo que también están sacando el ataúd a la calle. Hay mucho mas gente allí que acá, y la tristeza se siente mucho más espesa; el dolor mucho mas profundo. Aquí, el único doliente soy yo, y tal vez el pobre hombre de Eleuterio. El otro grupo marcha delante de nosotros a paso lento, al compás de cánticos angelicales de unos niños de tiernas voces. Ambos muertos están siendo llevados al cementerio por la misma calle, al mismo paso. Doblamos en la calle principal y quienes llevan el otro cadáver parecen apresurarse para no juntarse con nosotros. A mi cabeza llegan varias imágenes de cómo sería mi propia marcha fúnebre.
Eran las seis de la tarde del jueves 30 de agosto de 1979 y nos encontrábamos en el local de la escuela primaria que para esa fecha ya estaba llena de familias buscando protegerse de los fuertes vientos del huracán David. Según los informes meteorológicos, el ciclón azotaría la zona alrededor de la media noche de ese jueves. El cielo estaba más que nublado. Las nubes estaban inquietas y se movían rápidamente de un lado para otro. Estábamos jugando con otros jóvenes que estaban refugiados allí. Ya estaba por anochecer y Quico, nuestro fiel amigo desde que llegamos de Cabral, nos llamó y nos dijo: « Ya nos vamos que mi mamá ya debe estar preocupada por mí» Nos reímos de él, pero nos marchamos.
Esa noche no dormí pensando en que el ciclón llegaría y me encontraría durmiendo indefenso; que los vientos levantarían la casa por completo y que quedaría yo como un blanco de cualquier objeto volador o me ahogaría antes de despertar. Las palabras del vecino José, «Este es un batatero como San Zenón, que cuando azotó no dejó na’ parao’. Arrancó toá la mata y se llevó toá la casa», estuvieron rondando mi cabeza toda la noche. Las imágenes del pueblo cuando regresábamos de la escuela, todo desierto y solitario, aun me producían más escalofríos. Las calles vacías y desiertas, las banderolas ondeando como locas, como si quisieran que alguien las soltaran para huir también, o querían desprenderse y refugiarse del inminente ciclón; los remolinos de viento en las esquinas de las calles, todo, parecía tan espantoso. La noche pasó y el huracán no llegó.
— ¡Corran que el mar ya se metió en la casa de Dr. Valdez, corran, vamos a ver! —entró Alejandro a la habitación temprano en la mañana del viernes 31, tratando de convencernos de ir a ver los altos oleajes del mar Caribe.
— Ni siquiera se les ocurra sacar un pie de la casa —dijo la abuela, quien era ‘batuta y constitución’.
La gente estaba desesperada y angustiada, pues el ciclón lo estaban anunciado desde hacía casi una semana y no aparecía. Yo me arropé y por fin quedé dormido. Alrededor de las diez de la mañana fui despertado. Debíamos de estar preparados para las ráfagas, pues los vientos fuertes se empezaron a sentir. La abuela lloraba en la cocina, pues Alejandro no aparecía. El viendo levantaba el polvo de la calle con tremenda agresividad y los árboles parecían quejarse de la falta de misericordia. No llovía aun, pero las nubes se juntaban creando un juego diabólico. Se podía notar lo trágico en el cielo. El sol empezó a desaparecer mientras los vientos seguían soplando con gran fortaleza. El mar se sentía rugir al sur de la casa y parecía estar mas cerca cada rugido.
Un grupo de hombres habían salido en busca de Alejandro y a Quico por los alrededores de la playa. El abuelo estaba tan nervioso que caminaba de un lado para otro. Yo quise salir a buscar a mi hermano, pero no me dejaron. Samuel no dijo una palabra, mas se quedó mirando fijamente para la calle, esperando ver a Alejandro doblar en la esquina en cualquier momento. Así permaneció sin decir nada, sin moverse, sin quejarse.
Poco después del medio día llegaron los hombres y en sus rostros pude ver la mala noticia: «Alejandro fue arrastrado por el mar». La abuela no se pudo contener y pasó el resto de la tarde y la noche llorando.
Como en eso de las dos de la tarde, se sintieron los vientos más fuertes del huracán David. En la casa nadie parecía hacerle caso. Nuestras mentes estaban enfocadas en Alejandro. Muchas interrogantes llegaron a mi mente. No sabíamos de mamá, pues estaba trabajando en la capital y no había podido llegar a Don Gregorio. Suponía que estaría bien, pues el huracán no era una amenaza para la parte donde estaba, mas bien, me sentía triste por ella, pues estaría angustiada por nosotros, y ella no sabía de la desaparición de Alejandro. El llanto inundó nuestra casa y nuestra familia. Los vientos amenazaban con tumbar una de las paredes de la casa. Todos estábamos cabizbajos, todos estábamos pensando en la desaparición de Alejandro.
El grupo que lleva a la jóven muerta se detiene frente al cuartel de la Policía y ponen el ataúd en el suelo. Dos oficiales de la Policía sacan a un hombre esposado y lo dirigen hacia la calle. Nosotros llegamos al lugar y tratamos de cruzar con el féretro por la acera, a fin de no molestarlos. Nunca había visto dos marchas fúnebres juntarse en la misma calle hacia el mismo cementerio. Veo la cara triste del hombre que se dirige hacia el ataúd de la joven muerta. Veo como las esposas le impiden acariciar el rostro de ella. Sus lágrimas son tantas que sus manos esposadas son incapaces de secarlas todas. Al pasarlas por el rostro parecen generar mas lagrimas. El ataúd está abierto y él se desploma de rodillas y deja caer su rostro sobre el pecho de la difunta. Murmura algo mientras llora. Su llanto es incontenible.
La casa parecía ya no ser lo suficiente segura para permanecer en ella, pero nadie ponía atención. Ni siquiera el peligro del ciclón nos hacia recuperar de la desaparición de Alejandro. Ni siquiera eso. Los postes de la casa parecían debilitarse y el zinc del techo parecía no aguantarían más. Yo miré por una hendija y vi que la única casa que estaba parada en el vecindario era la nuestra. De alguna forma Dios trataba de protegernos. Yo, que me batía entre el ciclón y Alejandro, me molestaba conmigo mismo y hasta me culpaba a mi mismo por lo que pasó. Si yo hubiera puesto atención cuando él llegó invitándonos a ver los oleajes, si yo no me hubiera dormido, quizá lo hubiera convencido de lo peligroso que sería ir por esos lares en esas circunstancias. Me culpo y me da rabia, pues no puedo arreglar el pasado. La comida estaba intacta en la cocina. La abuela nos pidió que bebiéramos la leche pues se iba a dañar y caminó hacia la cocina. Yo me pasé la mano por el rostro y me espanté al escuchar el tremendo ruido y el grito que echó la abuela al caerse una de las paredes de la cocina. Corrimos y me horroricé al ver la pared encima de la abuela, quien clamaba a gritos pidiendo ayuda. Entre los que estábamos allí, luchando con los fuertes vientos, pudimos sacar a la abuela de debajo de la pared. Estaba sangrando bastante de su pierna derecha y decía que le dolía la cadera. Me paré en la puerta y vi cómo todo el pueblo estaba en el suelo. Los árboles, las casas; cómo el agua había inundado todo que no se podía saber cual era la regola y cual era la calle.
— ¡Cierra esa puerta y ven a ayudar, muchacho! — Me gritó José desde la sala de la casa. Cerré la puerta que da a la cocina y caminé hacia la sala. Allí tenían a la abuela acostada en uno de los muebles y le estaban amarrando la pierna herida. Ella se quejaba y a la vez me miraba con sus ojos adoloridos. Pude ver en ellos que era demasiado dolor para su edad. Debía aguantar pues no había para donde ir ni a quien acudir. Me sentí impotente y quise llorar, pero el enojo y la impotencia no me dejaron. La abuela se fue desangrando toda la noche y el día no amaneció para ella. Esa fue la noche más triste de mi vida. También la más larga y angustiosa.
Es tanta la multitud que se nos hace casi imposible pasar. Todos miran a aquel hombre con tristeza y nadie trata de consolarlo. Yo me quedo mirándole fijamente. El se para, al tiempo que Eleuterio me susurra al oído «Ese es Sigfrido». Yo no digo nada. Mi mente está vagando y mi razón fluctua entre aquella familia y la mía. Entre aquella muerta y mi hermano. Sigfrido se para y queda viéndome fijamente como si me conociera. Yo le miro a los ojos y siento como lástima. De repente, se abalanza rápidamente sobre mí. Dos jóvenes de los que cargaban a la joven muerta también marchan hacia mí. La policía corre tras ellos, y yo quedo pasmado en medio de la carretera. Todo pasa rápido, muchas cosas pasan alrededor de mí en un segundo. La policía haciendo disparos al aire; la multitud corriendo alborotada; un bullicio ensordecedor a la vez que siento un golpe sobre mi rostro que casi me deja ciego. En medio de dolor, mareado, y ensangrentado, caigo sobre mis rodillas. Mi cuerpo se debilita. Veo mas policías agarrando a Sigfrido y a los jóvenes y llevárselos para el destacamento. No veo a más nadie. No puedo escuchar nada y mi vista esta medio nublada. Frente a mí, en medio de la calle, los dos ataúdes uno al lado del otro. Quizá era su destino. El uno para el otro, vivos o muertos. Mi cuerpo pierde fuerza; mi vista se va oscureciendo y no supe más de mí.

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