Con lágrimas de sangre – III

Las verdes montañas se imponen al oriente del poblado de Ocoa. Cada día se ven más cerca, levantándose para besar al cielo claro y diáfano. Han estado ahí por siempre, el cielo y las montañas, coqueteándose. La brisa fresca mueve las hojas de los árboles que adornan las calles; también las ropas tendidas en cordeles que se extienden de empalizada a empalizada a lo ancho del patio. El sol está radiante esta mañana de domingo y los niños del poblado acostumbrados al clima despiertan sentimientos dormidos desde tiempos remotos.
La ausencia de nubes embellece aun más el día. Dios ha hecho de este día el más bello de todos, especialmente para Carmen, quien se preparaba para la ocasión más importante de su vida. La casa está por reventar debido a la muchedumbre, la alegría irradia la casa, contrastando con la última vez que esta vivienda estuvo de personas, el día de los últimos rezos de Don Eligio.
Todos estaban consternados con la muerte de Don Eligio. Nadie se lo esperaba, pues aun estaba fuerte y vigoroso. Allí, donde descansa el pastel, estaba Carmen aquel día sentada en una silla cuando vinieron con la noticia de la muerte de su padre. Allí, donde está el pastel hubo aquella vez una joven adolescente que se ahogaba en llantos, sin querer dar crédito a la noticia que acababa de recibir, no quería aceptar lo que le estaban diciendo. Sus lágrimas no pararon por semanas.
Las paredes de madera de la casa están pintadas de rosa. Los cuadros han sido retirados y sus lugares ocupados por globos blancos y rosados unidos por cintas de papel de celofán y de papel crepé. Un calendario olvidado descansa en la pared del fondo. Este se ve antiguo, le olvidó quitar. Este se ve antiguo, como un viejo recordatorio de los últimos rezos de algún ser querido, impreso con tinta barata y conservado en un álbum, amarillento también por el paso del tiempo. Circulado esta el día 10 de enero, el mismo día de hoy, el 1971 en números grandes y rojos, debajo de la imagen de la Virgen de la Altagracia. El calendario esta amarillento, a pesar de haber pasado apenas unos días del año.
De los ojos de la novia salen unas lágrimas que se deslizan lentamente por sus mejillas. Quiere disimular, pero su corazón se acongoja al no poder tener a su padre con ella en éste su día tan importante de su vida. Se levanta de la silla, da unos pasos hacia los brazos de su madre y se aferra fuertemente a ella. Su madre trata de consolarla, pero todo intento es inútil.
— Mi’ja, sólo el todopoderoso y la virgen saben por qué pasan las cosas —le dice la madre mientras le pasa la mano por la cabeza. Estas palabras hacen que carmen se aferre más a su madre y se derrama en llantos. Su madre tampoco puede contenerse y ambas se abrazan lamentando la perdida de don eligio. De repente, la madre se reanima y otra vez trata de consolar y a la vez fortalecer su hija.
— Este es el día más importante de tu vida, no trates de arruinarlo.
Carmen continúa vistiéndose y como toda mujer, cree que tiene todo el tiempo del mundo y toma su paso lento, acomodándose una pieza e inconforme, quitándose otra. Sus amigas íntimas le ayudan.
Son como las diez de la mañana. Los miembros de la Banda Municipal de Música empacan sus instrumentos bajo los laureles del parque central después de su concierto de domingo por la mañana como de costumbre; las panaderías vierten un olor a pan fresco que inunda toda el área; los limpiabotas se acomodan en sus lugares de costumbres, pues ellos creen que son dueños de esas bancas del parque que hoy lucen inocentes y vacías. Once días después, las procesiones, las fiestas, los grupos culturales, y la gente alegre, especialmente los ocoeños ausentes que vendrán a venerar a la Virgen de la Altagracia, inundaran este parque que hoy luce vacío e ingenuo.
Carmen ya terminó de vestirse y cree que es hora de partir hacia la iglesia. Todos salen de la casa bajo ese sol radiante por la calle Manuel de Regla Pujols hacia la iglesia donde el novio estaría esperando para su unión eterna. La novia, vestida de blanco desde los pies hasta la cabeza, con velo blanco, zapatos de charol, también blancos, manos temblorosas y sudadas bajo unos guantes blancos de seda y nylon, y un vestido que relumbra al reflejar la luz hermosa del sol de este domingo 10 de enero de 1971. La novia camina junto a su madre. Una multitud de amistades y familiares le sigue hacia la ceremonia nupcial.
Al llegar a la esquina de la calle Las Carreras, se les acerca borracho el cabo de la Policía Nacional José Antonio Castillo y Castillo y se para frente a la novia.
— Ni creas que te vas a salir con las tuyas. Tú, aunque seas después de muerta tienes que ser mía —Mientras trata de mantenerse de pie, agrega —ya te lo dije, ya te lo dije.
La multitud se alborota y el cabo Castillo saca su revólver y hace unos disparos al aire.
— ¡Yo soy la autoridad, coño! Y digo que Carmen, si no es conmigo no se casa —vocifera mientras se aleja lentamente.
La novia empieza a temblar y llora. Sus acompañantes la consuelan y siguen hacia la iglesia como que nada había pasado.
En la iglesia, el padre Luis Quinn se prepara para unir a dos hijos de su querida Ocoa. Parado frente al altar mira hacia la puerta con la paciencia que siempre le ha caracterizado. Al ver a la multitud sentada tranquilamente, recuerda aquellos días de estudiante en la escuela San Miguel.
— No sé cual pudo más, si la decisión de los misioneros Scarboros de enviar un grupo a la República Dominicana o mis deseos de venir por estos lares —piensa mientras se mueve de un lado a otro en el altar, de donde contempla uno a uno los rostros de los presentes y se pregunta cómo era posible que en menos de seis años había llegado a querer a esa gente como si hubiera vivido en Ocoa toda una vida. Dos días después será su cumpleaños. Aunque pensando en aquellos días cuando vino a Ocoa procedente de Bani, en medio la convulsión de la Guerra de Abril de 1965, esas noches inquietantes en que su corazón estaba dividido entre los ocoeños y los revolucionarios que peleaban en las calles de Santo Domingo, logra poner en orden sus ideas. En su mente está completo el sermón que habría de predicar ésta mañana mientras oficie la ceremonia nupcial. No está seguro si sólo hablar del amor, de la unión eterna, de la fidelidad, de “una sola carne” o debería aprovechar la ocasión para hablar de la familia, de los valores, y del compromiso que tienen ellos como comunidad. El aspecto social no debe faltar, y el padre Quinn no pierde la oportunidad de estar en frente de una multitud para hablar del compromiso que tiene los compueblanos como comunidad de ayudarse unos a otros. Esta vez, se siente dudoso, pues no sabe si es prudente tomar el tiempo de estos jóvenes que emprenden la tan difícil vida de esposos para hablar de política. Esa inseguridad siempre le acompañó a lo largo de su vida siempre que tenía que enfrentarse al público. Quizás esa fue la razón por la que escogió Ocoa y no se quedó en Santo Domingo o se fue para Santiago de los Caballeros o La Vega; esa timidez que con los años ha venido perdiendo en la iglesia de este pueblo.
Luego de haber caminado varias cuadras, atraviesan el parque central. La novia camina lentamente sobre los mosaicos de arcilla del parque. Los pajarillos vuelan de una rama a otra en los frondosos laureles. Enganchadas de sus ramas hay canastas de metal de las cuales cuelgan bellas flores de colores distintos. En el parque la gente sigue viviendo su mundanalidad como si nada estuviera pasando. Cada quien vive su mundo y tiene sus prioridades, mientras que para Carmen, el mundo parece haberse detenido a observarla a ella, a presenciar con júbilo el día en que se convertiría en mujer. Minutos después, la novia llega a las escalinatas de la iglesia. Carmen está nerviosa y sus pies se quedan rígidos y no puede dar un paso más hacia arriba. “Este es el momento en que a nuestras mentes llegan algunas dudas. ¿Estaré haciendo lo correcto? ¿Es el realmente el hombre de mi vida? Debo dejar a mi madre sola, desamparada? En realidad estas no son preguntas que una debe hacerse este día, ni mucho menos después de tres años de noviazgo.” Piensa mientras está parada frente a la iglesia.
Dentro del templo, el padre Luis Quinn espera pacientemente a la pareja. Afuera, la novia queda observando un mensaje arriba en la pared superior del frente de la iglesia, es un dibujo en donde unos personajes le voltean la letra Z a la palabra PAZ y la convierten en PAN. Su mente no hurga por ningún significado de este mensaje ni por la necesidad de un cambio drástico alrededor de su vida, otro que no sea el que ella y su novio habían planificado desde hace tres años.
De repente, alguien sale corriendo del templo y le hace saber a la novia y su corte que el novio no está adentro del templo.
— No ha llegado aún— grita Unfalia energúmenamente mientras baja con dificultad las escalinatas de la iglesia hacia donde está la novia y sus acompañantes.
— ¡No está, no ha llegado!— repite la señora preocupada por que la novia no entre primero al templo.
—Es de mal agüero, es de mal agüero —Carmen no le hace caso y sube lentamente las gradas del frente de la iglesia. Entra en ella y se desliza por el pasillo del centro de templo, la multitud sentada voltea a ver y el coro empieza a cantar cantitos suaves acorde con la ocasión. El padre Quinn voltea y se pone en posición para recibir a la novia. Carmen queda viendo fijamente la imagen de la Virgen de la Altagracia que está en la pared posterior a la izquierda con su mirada tierna y su hijo en brazos. A la derecha, está la imagen de su hijo ya crecido y crucificado, con corona de espinas y las manos y los pies clavados a la cruz. Sus ojos están húmedos y fijos a los de Carmen, húmedos también, al arrodillarse frente al altar. Ora calladamente por un rato, luego se para y camina hacia el padre Quinn. Éste no dice nada. Ambos quedan de frente viéndose uno al otro. El padre Quinn disimula su sentir, pero presiente que el novio no llegará. La novia agota hasta los últimos residuos de la esperanza, pero el velo sobre la cara no puede esconder las lágrimas que manan de sus bellos ojos. El coro de la iglesia canta un himno que entristece más el entorno. La multitud, callada en el templo, no se mueve, nadie comenta nada. Cuando el tiempo prudente hubo pasado, el padre Quinn se acerca a la novia y la consuela. Esta sale hacia la casa, inmóvil, perpleja, pero muda. Siente que la respiración se le para y no escucha nada en su derredor.
La casa número 50 de la calle Manuel de Regla Pujols está repleta de personas otra vez. La gente está aglomerada tanto adentro como afuera. En la habitación está Carmen inconsolable. No puede creer que su novio, quien le había jurado tanto amor, quien le había profesado que la quería aun hasta después de la muerte, la había dejado plantada en el altar. Las dudas embadurnaron su juicio.
La madre de Carmen se le acerca, —dicen que el salió para la iglesia. Lo vieron salir con su traje negro de la casa. –Carmen no hace caso, mas se echa a la cama a llorar. A la casa se presentó el cabo Castillo borracho pidiendo hablar con la novia.
—Yo estoy aquí, mi amor. Si hubiera sido conmigo, no te hubiera dejado plantada. Aun hay tiempo, casémonos ahora mismo —le grita desde la calle mientras se tambalea de un lado a otro.
Los hombres presentes tratan de controlarlo; pero éste saca su revólver y empieza a hacer disparos al aire. La multitud se dispersa al escuchar los disparos, quedando el cabo Castillo sólo en la calle frente a la casa. Por un rato queda pensando sin decir nada. Sólo mirando hacia la casa. De repente, se apresta a entrar, revolver en mano, en busca de Carmen, quien está llorando acostada en su cama. Con el revólver tocaba la puerta, mientras la madre de la novia trata de persuadirlo de se fuera para su casa.
—Ábreme, mi amor, que quiero hablar contigo.
Carmen no hace caso alguno, y luego de intentos fallidos, éste se marcha refunfuñando y Carmen queda allí apesadumbrada, haciéndose mil preguntas en su mente, y llorando inconteniblemente.

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