Con lágrimas de sangre – IV

Es un viernes cualquiera de un mes lluvioso de 1993. Es tarde, pues la sala de redacción está vacía. He perdido la noción del tiempo. Estoy yo solo aquí sentado en mi escritorio frente a la computadora. Solo en la sala, matando el tiempo; esperando que mi mente se conecte con mi cuerpo. Mientras eso sucede, trato de hacer muchas cosas. Quiero llamar a mi amigo Wilson Bouldier, pero me detengo al marcar el tercer número del teléfono. También me vienen los deseos de escribir otro artículo, así que enciendo la computadora y me quedo fijamente viendo las teclas con la mente en blanco. Luego de un vacío de varios minutos, comienzo a escribir empezando por el título, lo cual está mal, denota que no estoy bien, pues en tantos años que llevo laborando en este diario, nunca había empezado un artículo intitulándolo en primer lugar. En realidad nunca le he dado importancia al título, pues al final, el jefe de redacción lo cambia por otro más pomposo y sensacionalista. Creo que lo sucedido en Cabral me tiene fuera de concentración.
Mi imaginación vaga por los rincones más extraños de mi mente. Me atosiga el dilema de si ir a casa a vegetar en el sofá, tratando de leer ese libro que empecé hace más de un año y no he pasado de la página cinco, o ir a Don Gregorio, pues hace tiempo que no ando por esos lares.
Arreglo los papeles y dejo mi último artículo en la bandeja de redacción. En el corredor sólo se oye el ruido de los papeles tirados al piso al ser barridos por Javier. Como siempre, el será el último en dejar este cuarto antes que los de seguridad vengan a apagar las luces.
—Trabajando talde hoy, señol? —Me pregunta Javier al entrar a la sala con su escoba en mano, como siempre y extrañado al verme tan tarde en el periódico.
—Tenía muchas cosas pendientes y quise ponerme al día.
Javier continúa realizando sus labores como si yo ya no estuviera allí. Me despido de él y avanzo por el pasillo sin aun decidir hacia adonde ir. Me detengo en la recepción a hablar un poco con Mabel, la chica de la voz más dulce que mis oídos han escuchado.
—Tu gracia y amabilidad hacen que uno se levante con ánimo de venir a trabajar todos los días.
—No te creo. No me allantes, mi amor, que me duele.
—En serio, te lo digo con el corazón abierto.
Es de noche y todo está tranquilo. No se escucha el bullicio ni se siente el ‘corre-corre’ de las horas del día en el periódico. Mabel parece estar lista para irse a casa y yo le doy su tiempo para que recoja sus cosas. Me despido de ella y camino hacia el parqueo. Enciendo el carro y lo echo a andar por la calle si aun haber decidido hacia adonde ir.
Está lloviendo a cántaros y no puedo ver casi nada en la carretera. Voy despacio, pues la calle está llena de baches y con esta lluvia no se pueden identificar bien. No tengo prisa. Resuelvo ir para Don Gregorio. Acepto que el viaje seria largo, así que decido escuchar música. Quiero sintonizar ‘Cien Canciones y un Millón de Recuerdos’ en Radio Popular, pero inmediatamente decido que no. No quiero escuchar canciones escogidas por otro, así que tomo un cassette de la guantera del carro y lo echo a andar. Me paso casi todo el camino cantando a dúo con Juan Gabriel.
He visto pocos carros en todo el camino, por lo que aparenta mas tarde de lo que realmente es. Al llegar a San Cristóbal, me paro cerca del mercado a comprar un chimichurri.
— Tu eres dichoso, pues casi estaba cerrando –me dice el vendutero al tiempo que empieza a preparar el pan. Nunca he preguntado qué ingredientes usan para hacer los chimis, pero realmente ese olor me gusta. Está lloviendo, así que vuelvo al carro a esperar que el amigo me prepare el chimi.
Después de recibir el chimi, continúo mi camino. Minutos después, en el cruce de Nizao volteo a ver si hay algún estudiante varado a quien darle un aventón. El cruce esta desolado. Sigo. Al llegar a la cima de la cuesta de piedra, espero ver alguna luz del poblado de Nizao. Desde esta parte de la carretera, cuando uno llega a la cumbre, se ven las casas de la comunidad y más allá, el azulado mar Caribe, que desde aquí se ve quieto e inofensivo. Hoy sólo se puede percibir una oscuridad espesa que penetra en los ojos hasta enceguecerlo a uno. Cuesta abajo, antes de llegar al cementerio, diviso a una persona que va caminando a la derecha de la carretera. Está lloviendo espesamente. Creo que es alguien que llegó al cruce de Nizao y al no ver ningún transporte venir, decidió caminar. Lleva sombrero tipo fedora metido hasta las orejas, por lo que no puedo distinguir si es hombre o mujer. Me voy acercando bastante para ofrecerle llevarle hasta poblado y paro. Sigue caminando, así que doy marcha hacia adelante y le paso al frente. Miro hacia el lado y en su rostro, ayudado por la luz del vehículo, veo unos ojos vacios, sin luz. Me detengo adelante y espero. No pasa. Miro por los espejos y sólo puedo ver esa oscuridad que me arropa a mí, al auto, y a la lluvia misma. Giro en círculo y no veo a nadie. Vuelvo a girar y el carro se desliza hacia la otra orilla de la carretera, frente al cementerio. Aquel hombre se desvaneció. Trato de ir de retroceso para buscar la carretera. Las luces de carro alumbran el rotulo del cementerio que reza “Cementerio Cristo Salvador” y que cuelga de una de las esquinas del portón. El viento y las gotas de lluvia lo mueven y su pintura a medio desgastar refleja las luces delanteras del carro cuando piso el acelerador.
Logro salir a la carretera y continúo mi marcha hacia Nizao. Asombrado quizá, no me detengo a pensar qué pasó con aquel hombre, quién era, a dónde se fue; pero sus ojos siguen clavados a los míos como una espada clavada a un corazón que aun palpita.
Son las once de la noche y llego al parque de Nizao. El lugar está desierto y los bares están cerrados. Pensé que encontraría a los muchachos por estos alrededores hoy día viernes, así que doy la vuelta alrededor del parque y no encuentro a nadie, excepto al guardián del ayuntamiento. Me detengo y le saludo.
—Hay un velorio en Don Goyo! Hay un velorio en Don Goyo! —me repite como queriéndome explicar que no es sólo la lluvia ni la falta de energía eléctrica por lo cual el parque está desolado. Doy la vuelta de regreso y decido seguir para Don Gregorio.
Al llegar a Las Tres Vías, me detengo por un rato frente al bar. Pienso en entrar pero el lugar se ve vacio. La lluvia sigue cayendo y entre el ruido que hace ésta al golpear el techo de carro y la incertidumbre que agobia mi mente, no puedo identificar bien la música que está siendo tocada en el Bar Las Tres Vías. No puedo distinguir si es Bachata o es Bolero. Una luz roja tímidamente ilumina aquel lugar que parece no interesarme. Pienso por un momento salir y comparar una cerveza, pero no creo que valga la pena mojarse por eso. Apago el vehículo y recuesto la cabeza un rato en el asiento. Al cerrar los ojos, la primera imagen que veo es la de los ojos de aquel hombre de la carretera que aun siguen clavados a los mios. Decido no hacerle caso a mis pensamientos.
Parece que me quedé dormido y de repente despierto. El bar está cerrado y todo está oscuro. No hay energía eléctrica. A pesar de la lluvia, la oscuridad hace que el cielo se vea más claro. Enciendo el carro y decido seguir hacia Don Gregorio. Al acercarme hacia la Cañada de la Pava, veo que algo cruza la calle lentamente, pero no puedo identificar que es. Quizás es mi imaginación o el espesor de la lluvia que hace que las cosas aparenten de otras maneras. Mientras me acerco más, tengo que frenar de repente, pues puedo ver a un hombre tirado en medio de la calle. Se está arrastrando hacia la orilla, así que decido bajar del carro para ayudarle.
Me apresuro y me acerco a aquel hombre en medio de la lluvia. Se ve bastante joven y está sangrando mucho. Lo levanto como puedo y a medio arrastrar puedo llevarlo hacia el carro. Doy vuelta y acelero hacia el Centro de Salud Nizao. Al llegar a la entrada de emergencia grito por ayuda y el empleado de seguridad corre a ayudarme. Levantamos al joven moribundo, lo montamos en una camilla, y lo llevamos al cuarto de emergencia.
—Espera aquí —me dice mientras se dirige hacia la parte de atrás del edificio. Yo me quedo pensativo. Empapado de agua lluvia y de la sangre de aquel individuo. Desde donde estoy sentado, puedo escuchar sus quejidos y me da tristeza. Con la sangre que ha perdido, no creo que pueda sobrevivir.
Pasan los minutos y el empleado de seguridad no aparece. Yo decido acercarme hacia el herido para ver si puedo hacer algo por él. En realidad sé que no hay nada que se pueda hacer para salvarle, pero al menos quiero que en sus momentos finales no se encuentre sólo. Quiero saber quién es, de dónde viene, y quiénes son sus familiares. Está sangrando mucho y eso me preocupa. Pero aun está consciente. Me agarra del brazo y me aprieta con fuerza como queriendo que me acerque a él. Acerco mi oído a su boca y me susurra mientras me entrega una fotografía y un papel, ambos mojados:
—Ve donde Carmen y explícale por qué no pude estar en la iglesia el día de nuestras bodas.
En eso llega el empleado de seguridad con una joven de blanco, bostezando y soñolienta.
—Este es doctora, se ve muy mal.
Al verlo, la joven corre hacia atrás, viene con unos dos más, y se llevan al herido hacia unas de las habitaciones de atrás. Yo quedo parado allí a la entrada del Centro de Salud. Luego el empleado de seguridad viene sobre mí y me manda a mover el carro porque “la ambulancia va a entrar ahí.” Entonces pienso que el joven está peor que lo que yo me imaginaba. Muevo el carro y me quedo parado en la salida del centro médico. La ambulancia entra y se llevan al herido.
—Se lo llevan al Morgan, pues está herido de balas y aquí no manejan esos tipos de heridas. Ellos, los del Morgan, son buenos en eso. Un amigo mío le dieron un tiro con una escopeta doce que le abrió hoyos por todo el cuerpo y lo llevaron al Morgan y allí lo salvaron. Esa gente sabe de’so, no te preocupe. —me dice para informarme y a la vez consolarme como si se trataba de un hermano mío.
Vuelvo a emergencia y hablo con la joven doctora, que ya parece que está completamente despierta, y me explica acerca de lo grave que esta mi amigo. Le hago saber que no le conozco, que solo lo encontré en la calle tirado y lo traje al centro de salud. Le pregunto por su nombre y me dice que el herido no tiene ninguna identificación y que en sus momentos delirantes solo conseguía decir —Carmen. Calle Manuel de Regla Pujols No. 50. —Al parecer, la última vez que estuvo en sí fue cuando habló conmigo.
Parado frente al centro médico ya no sé qué hacer. Tengo las ropas mojadas y sucias de sangre que quiero volver a la Capital y no seguir para Don Gregorio. Puedo hacer ambas cosas, antes de irme pasar y dar una vuelta por lo menos ver las calles que hace tiempo no veo y luego irme. Pero también quiero saber del destino del joven herido. Pongo mis esperanzas en las palabras del guardián de seguridad “esa gente sabe d’eso, no te preocupe”.
Es ya de madrugada y aun así pienso dar una vuelta por Don Gregorio antes de partir para la capital. Enciendo el vehículo y voy despacio hacia Don Gregorio. Cuando llego a la Cañada de la Pava, me detengo y observo por un rato el lugar donde levante a aquel joven. Luego sigo y al llegar a Don Gregorio, veo las calles que me traen viejos recuerdos. Está oscuro todavía, pero la lluvia ya paró. Sigo lentamente y los recuerdos vienen a mi uno tras otro al ver las casas, los callejones que yo solía transitar cuando era niño. La esquina de la Duarte y su parada de guaguas donde nos poníamos a contar historias inventadas hasta tarde de la noche. Las cinco esquinas donde cada domingo se aglomeraban los ‘riferos’, quienes vendían números de la lotería. La fritura de Colaza, donde comía pescados fritos después de las fiestas. Don Gregorio es un poblado pequeño y en unos minutos anduve por casi todas sus calles.
Llego al lugar del velorio. Me pongo melancólico, pues me veo a mi mismo en ese ataúd siendo velado por gente extraña como a este muerto, quien, al igual que yo, salió de este pueblo y nunca más regresó.
“La vida es como aquella pluma en la película de Forrest Gump. El viento la mueve de acá para allá, y si la brisa es fuerte, se va lejos, tan lejos que no sabemos más de ella. Eso lo entendemos aun mas aquellos que hemos tenido que enfrentar la desgracia de alejarnos de nuestros pueblos, de nuestros vecinos, y con el devenir del tiempo, volvemos a nuestros viejos vecindarios y nos damos cuenta de que no conocemos a nadie. Son caras y rostros nuevos los que vemos. Preguntamos por éste, por aquel, se nos da referencias y los encajamos en hogares que existían cuando éramos parte de la vida cotidiana del vecindario.” Reflexiono.
“Nos llega el momento triste, el momento de disimular una lágrima que está a punto de delatar nuestra debilidad humana ante la ausencia de un ser querido o frente al callejón donde los varones jugábamos pelota y las hembras jugaban trúcalo y volibol.” Continúo pensando.
Me pregunto: “¿Cómo era posible jugar pelota en tan estrecho lugar?”
Miro hacia la casita del primo Juan y no veo el humo de su cigarro salir de entre las hojas de cana del techo. ¿Habrá dejado de fumar? Y es que Juan, aunque no tenía parientes en este pueblo, era primo de todos, por lo menos así nos llamaba y así lo considerábamos. Un primo de verdad, quien se estaba siempre presto para ayudar, a pesar de su edad, en los momentos difíciles a nuestras familias.
Muchos años han pasado desde aquel día en que alegre salí en busca de una nueva y mejor vida; pero resulta que mi corazón no vino conmigo. Se quedo aquí, en la mirada húmeda de mis amigos de los cuales me despedí aquel día anterior a mi partida; a quienes juré lealtad eterna. Sin embargo, el trajín de aquel lugar extraño fue matando ese juramento y la lealtad se fue a pique. Yo quisiera ser entendido, pero solo los que nos hemos ido a vivir a lugares extraños entendemos eso. Ni siquiera viéndolo por la televisión se puede entender que en los lugares extraños uno no tiene tiempo ni para comer; apenas duerme y se baña; se mal vive en medio del todo.
Un día me llené de alegría al saber que en el pueblo instalaron líneas telefónicas. Me volví loco de la emoción al saber que me comunicaría con los amigos a través del teléfono. Pero en las casa de mis amigos no alcanzaban para pagar teléfono, y los que si tenían teléfonos no eran mis amigos. El tiempo pasó y la gente empezó a progresar. Muchos vendieron o hipotecaron sus propiedades y se marcharon al extranjero. Ya había teléfonos en casi todas las casas, pero la amistad se había enfriado. Los amigos eran otros en ambos lados.
Y de vuelta estoy aquí después de tantos años sin conocer a nadie. Mirándome a mi mismo en ese hombre que yace inerte en ese ataúd. Los jóvenes que veo son quizas los hijos de aquellos que estaban bastante pequeños cuando partí, o de algunos que se mudaron despues que me fui de este lugar. La gran muchedumbre de mis tiempos ha muerto o ha partido. Creo que me veré en la obligación de hacer nuevos amigos si es que quiero mantener los lazos con esta comunidad, aunque ya no será el mismo sabor. He vuelto para negar lo que por tantos años he deseado hacer: volver. No tendrá el mismo sabor porque el único que ha vuelto he sido yo y ya no puedo disimular esa lagrima, ya no puedo esconder mi debilidad humana, y lloro. Lloro porque en este momento, al ver ese cadáver solitario, me doy cuenta que mi partida, años atrás, fue el fin de mi felicidad; pues mi felicidad estaba en este lugar.
Esta casi por amanecer. Camino hacia donde está en cadáver y echo una mirada a los dolientes a ver si conozco a alguno. Afuera escuche que este señor se había marchado del pueblo hace varios años y no había regresado hasta ahora. Doy unos pasos a ver si puedo reconocer su rostro. Su cara no me es familiar. Luce solitario y serio. Parece que murio durmiendo o sin dolor, pues no veo ni la más minima muesca en su rostro. El olor a vela derretida penetra por mi nariz y ojos. Es un olor entristecedor, y el humo que vierte el caldero donde calientan el agua para el café esta penetrando el lugar del velatorio; así que decido marcharme.

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