Con lágrimas de sangre – V

Me detengo en el centro médico para ver si tienen noticias sobre el joven herido. Al salir del carro se me acerca un agente de la Policia nacional.
—¿Uté fue quien trajo a un herido aquí anoche? —me preguntó de forma autoritaria.
—Sí, fui yo. —le contesto queriendo saber qué sucedió con el joven.
—Uté tá preso por muerte.
—¿Qué? —le pregunte medio asombrado.
— Así como lo oye, uté tá preso por haber matao al individuo que uté trajo anoche a ete centro médico.
No me vale de nada argumentar con él. Me llevan esposado ante el jefe del destacamento de Nizao, quien se presenta como el primer teniente José Antonio Castillo Castillo. Se sienta encima del escritorio y me mira con ojos de azor. Me quedo viéndole y volteo la mirada hacia la pared que está detrás de él. Hay tres dibujos encuadrados de los padres de la patria, Duarte, Sánchez y Mella. Esos cuadros han estado allí desde los años 70. Los mismos, no los han cambiado. Sin embargo, la pared sí parece haber sido pintada varias veces, pues en la parte izquierda había un rotulo que rezaba “Soldado, comunismo quiere decir hambre, retroceso y muerte”. Al parecer, ese letrero hace tiempo que ya no está.
—Entonces tú le diste unos balazos a un joven y lo fuiste a tirar al centro de salud, ¿eh? Habla claro ahora para que se faciliten las cosas. —Me grita mientras acerca su rostro al mío.
—A ese joven yo solo le hice un favor. Lo encontré en la calle y lo llevé al hospital. Yo nunca he usado arma y nunca le he hecho daño a nadie. Yo soy periodista de profesión y eso es todo lo que hago. Así que le pido que me deje en libertad, pues todo esto no es más que un absurdo. —le replico mientras él se para del escritorio y se acerca a mí.
—Eso dicen to, pero usted tendrá que decirle eso al fiscal en el Juzgado de Primera Instancia en Bani el lunes. Mientras tanto, usted será trasladado a la cárcel preventiva de Bani.
Me da cólera tener que lidiar con policías represivos como este, así que aprieto los punos y me pongo a pensar cómo salir de este problema. Es sábado en la mañana y me imagino que conseguir al fiscal hoy para que me envíe a casa es casi imposible. Hacer una llamada telefónica es otra opción, pero creo que no me dejaran llamar, pues de aquí a la capital es larga distancia.

Me han traído a la cárcel pública de Bani. Espero que del periódico me vengan a buscar, ya que tuve que darle 20 pesos a un agente para que llamara, aunque no tengo la seguridad de que llamó. A la entrada de la cárcel, a la derecha por el parqueo, se nota una construcción de concreto. A la izquierda está el edificio fortaleza de la Policía Nacional y al fondo, abarcando todo el terreno, esta la cárcel, que parece como si fueran entidades separadas. Me han bajado del carro. El parqueo es el mismo patio, al aire libre, rellenado de piedras. Hay varios agentes en el patio. Me quedo embelesado mirando a uno que sujeta fuertemente el portón que cierra la entrada al patio. Al lado del portón se levanta una mata de mango. Esta cargada y nadie los toca, como si estuvieran para adornar el ambiente.
Uno de los agentes me sujeta por el antebrazo y me conduce a la fortaleza. Mientras camino, me quedo fijamente mirando al agente que esta soldado al portón de hierro. Este me devuelve la mirada intimidante y amenazadora. No hago mucho caso. Entonces entramos a la fortaleza y en agente me arroja bruscamente hacia una silla. El cuarto es pequeño y sus paredes están pintadas de verde. El techo está alto, como a unos diez u once pies, por lo que la ventilación es buena.
— Espera aquí —me dice el agente mientras sale, dejándome solo en el cuarto. Afuera, le murmura algo a otro agente que está alli parado al lado de la puerta y éste sale disparado como salido de un tirapiedras.
Estoy solo en el cuarto. Me siento incomodo con las manos hacia atrás, esposado. Siento dolor en las muñecas. Mi corazón late normalmente. Es extraño, pues con lo que me está pasando debiera estar mas preocupado, colérico o enojado, pero no. Estoy calmado, pues tengo la certeza de que esto se disolverá en unas horas. Pues, ¿qué más?, si todo esto es un absurdo. Mi mente vaga por unos y otros recuerdos mientras los minutos pasan. La luz del sol define la silueta del teniente Castillo, quien se para en medio del marco de la puerta. Camina unos pasos hacia mí y me mira fijamente a los ojos con la mirada del mismo diablo. Camina hacia mí. Con su revolver al ristre, Smith & Wetson calibre 38, lo que denota que ya esta para ser pensionado. Cambió al revolver, pues no se permite que se queden con las pistolas después de dejar las filas. El cinto lo tiene apretado como si fuera cincho de caballo. Su uniforme da la impresión de que ha estado en una fiesta y había bailado toda la noche y aun tiene la camisa sudada bajo las axilas. Se queda mirándome fijamente sin decir nada. El silencio se apodera del cuarto y yo no trato de romper el silencio pues con estos policías no se puede argumentar, pues actúan por instinto como los animales, y lo menos que pueden hacer es reaccionar dándome una bofetada, por lo que mejor decido no hablar. Nos quedamos viéndonos fijamente a los ojos, mientras los suyos parecen cada vez estar mas rojos como queriendo fulminarme con la mirada. Su tez se vuelve mas oscura y su camisa se nota mas sudada, a la vez que otro oficial entra al cuarto y se acerca a el. Se para a su lado, me mira y con tono un poco burlesco le pregunta: “¿Qué vas a hacer con él, Castillo?”. El teniente Castillo lo mira, pero no contesta una sola palabra. Se voltea y sale del cuarto. Los otros agentes le siguen. Yo quedo solo otra vez en el cuarto. Entonces, Castillo, al salir me voltea a ver y sonríe. Su dorada dentadura ilumina todo el lugar.
Más tarde me llevan ante un escribiente en el pasillo de entrada de la Cárcel Pública de Baní. Aquel hombre manipula una máquina de escribir con una destreza envidiable. Con un solo dedo va escribiendo todo el texto con una rapidez majestuosa. Con la fuerza que golpea la fuerza, parece que los tipos se van a romper al dar con el cilindro. Después de tomar todos los datos y llenar esa página de palabrería superflua, me piden mis pertenencias, incluyendo mi correa, cartera y los cordones de mis zapatos, pues creen que me quitaré la vida. Mientras me encaminan hacia la celda, frente a mí se para el teniente Castillo.
—En este país hay que respetar las leyes y la autoridad —me dice, y en sus ojos veo un rencor antiguo y añejo, fruto de un deseo no consumado. Como si me conociera, como si tuvieraalguna cuenta pendiente conmigo, me echa a ver y con su mirada me dice
—Haré todo lo posible para que te hundas, maldito pendejo.—.
Llego a la celda, pero ésta no está vacía. Está oscura, sí, hedionda también.
—Diez pesos y te consigo un colchón ‘horita mismo, —ese es el saludo de uno de los tres jóvenes que están en la celda. Yo no hago caso alguno, pues él ni siquiera tiene dónde dormir.
En la celda, al fondo, hay una ventana por donde penetra la única luz con la que contamos. Bajo la ventana, a la derecha, está el espacio donde una vez hubo un inodoro. Únicamente queda el hoyo en el piso, donde uno tiene que hacer sus necesidades. De ahí proviene el mal olor que embadurna toda la celda. Al otro lado de la ventana, a la izquierda, en un rincón está un joven en cuclillas moviendo la cabeza de arriba hacia abajo y murmurando ininteligiblemente. Me acerco a la ventana y me empino para ver hacia afuera. Puedo ver los pedregales del río Baní por la parte trasera de la cárcel. Está muerto. Sólo puedo ver su cadáver retorcido del dolor causado por la sequía. El río ya no es río, no es más que un surco de piedra por donde una vez hubo un cauce de aguas que se movían desde el norte y morían en el mar Caribe. Encima de él veo el cadáver del viejo puente que yace encima. Es el esqueleto de un viejo que pereció en su propia estela y está allí para testificarnos que una vez existió. Muertos ambos, el puente y el rio, ¿Quién habrá matado a quien? Ambos fueron víctimas de una cópula mortal que lo único que ha producido es aridez y miseria. Las piedras están mojadas por el agua lluvia que se arrastraba desde los cerros del norte del valle de Peravia.
—Fue chivatiao, fue chivatiao—, se queja el joven que esta echado al lado de la ventana. Esta vez sí pude entender sus rezos.
—Fue chivatiao, fue chivatiao—, dice mientras mueve su cabeza y torso de arriba abajo. Me acerco a él e inmediatamente empieza a contarme en tono pausado que le habían dicho que cada vez que él salía a trabajar en la madrugada, un hombre entraba a su casa, así que el día de ayer decidió devolverse sin decir nada y los vió a el y a su mujer en la cama. Ellos no le vieron, por lo que fue a la gasolinera y compro gasolina. Roció toda la casa y la incendió con ellos adentro. Se apresuró a la carretera y tomo una guagua para Bani. Al llegar a Bani, al no mas bajar del minibús, la policía lo estaba esperando. Mientras me cuenta, me mira con los ojos húmedos como pidiéndome que le diera la razón, que le entendiese, que le dijera que lo que hizo estaba bien. Yo callo y le escucho detenidamente. No le preguntó si se salvaron aquellos dos, pues no lo creo prudente, aunque tampoco creo que él sepa. Ademas, tampoco me importa.
—Dígame usted, como es posible que la policía se haya dado cuenta que yo venía en esa guagua? Verdad que fue chivatiao?— me dice después de una pausa.
—Claro que alguien tuvo que haberte delatado —le digo mientras me vuelvo de regreso a la ventana.
El sol se ve amarillento y moribundo a través de la ventana. Está oscureciendo. Sólo puedo divisar siluetas de los transeúntes que atraviesan el viejo puente. Las luces de los atrios de la cárcel se han encendido. La guardia ha disminuido. No tengo reloj, pero por el color del crepusculo, me imagino que son como las siete y quince minutos de la noche. La celda está más oscura que cuando llegué. Me quedo pensando en aquel hombre que recogí anoche y por quien me tienen encerrado en este calabozo de mala muerte. Meto la mano en el bolsillo y saco el papel que me entregó. También la fotografía. Me quedo observándola. Apenas puedo divisarla. Es una foto a blanco y negro tamaño dos por dos tomada a medio cuerpo. Está amarillenta y ya no está mojada. La volteo y en la puedo leer en la parte de atrás “Carmen”. Le doy vuelta a la foto y quedo viendo su rostro, su sonrisa. No creo que esté sonriendo hoy después de haber sido dejada plantada. Me imagino el gozo que sentía al ser fotografiada. El chiste del fotógrafo para robarle una sonrisa. La ilusión suya al ser grabada en un negativo con su vestido nuevo; la ilusión de la primera cédula de identidad que da aire de mayoría de edad aun a los dieciséis. Toda esa alegría que se nota en esta foto debe haber desaparecido. Ella debe de estar llorando en estos momentos, y peor estará cuando le diga que su novio murió. No sé como lo haré, pues no me gusta dar esa clase de noticias.
Estoy echado boca arriba con mis zapatos bajo la nuca. Me dijeron que si uno logra dormirse en la cárcel con los zapatos puestos, amanece descalzo; así que decido mejor cuidarlos. El joven de la esquina de la ventana se ha callado. Aunque sigue moviendo su cuerpo incansablemente. El que me propuso vender el colchón está roncando a todo pulmón, mientras que el otro desde temprano no ha soltado los barrotes de la puerta de la celda. No quiero dormir, pues no quiero tener esas pesadillas que me vienen inquietando desde hace un tiempo atrás, en las que veo que el mar se mete en el pueblo y las olas llegan hasta mi casa en Don Gregorio. Me veo parado yo alli en mi adolescencia, en la acera de enfrente de mi casa. Las espumas de las agotadas olas vienen a morir en las unas de los dedos de mis pies descalzos. El agua esta oscura como si fuera de noche. De esas noches donde las aguas se ven negras, brillantes, y las estrellas son apagadas por esa luz brillante que refleja la luna en nuestras pupilas, y en las aguas negras y brillantes que parecen acite de fritura hirviente. Me veo parado en la acera de enfrente de mi casa con el mar a mis pies. Esas pesadillas las he tenido desde nino. Habia dejado de tenerlas, pero ultimamente han venido seguido a molestar mis suenos. A veces no estoy parado frente a mi casa, sino en la acera opuesta al parque de Nizao, frente al huerto de Baba. El mar llega hasta alli; pero las olas no mueren en mis dedos porque no pueden alcanzar la altura de la colina donde estoy parado. Es algo espelusnante, pues el mar no se acerca de manera uniforme, sino que viene a mi en forma de bahia, con todo y orilla, con las matas de coco, de almendras y de uvas. Todas estan alrededor como si la orilla del mar se ha trasladado hacia el parque de Nizao para tragarme. No quiero dormir y hago lo posible por no hacerlo para no ser alsaltado por esas pesadillas.
—Ven —me susurra haciéndome señas con su mano izquierda para que me acercara a él. Señala con su dedo el patio principal de la cárcel— ¿Ves a esos? Esos son los que están presos por drogas. Todos los sábados por la noche se van a dormir a sus casas. —Me dice mientras me empuja hacia los barrotes. Veo a un grupo de unas seis o siete personas que rápidamente se mueven recostadas de la verja hacia el pabellón de narcóticos.
—Afuera están los vehículos esperando y el domingo por la noche regresan.
Le pregunto cómo sabe el eso y me dice:
—Eso aquí lo sabe todo el mundo. El mayor es el primero. El es quien recibe todo el dinero y le da su tajada a los más grandes. A los pequeños no les toca nada.
Me retiro y me vuelvo a recostar como había estado antes. Estoy cansado y no quiero dormir, pero el sueno es mas poderoso que yo.
La luz del sol me despierta y me siento. Parece que dormi buen rato y las pesadillas no vinieron a visitarme. Me pongo los zapatos. No hay agua. Noto que sólo somos tres en la celda. El pirómano ya no esta y ni si quiera me di cuenta cuando se lo llevaron.
—Ese se jodió—, me dice el otro joven cuando pregunte por él. No pregunto mas nada y o volvemos a hablar más de él. Me acerco a los barrotes y veo que el patio principal de la fortaleza está lleno de personas que hacen una cola que le da vuelta al edificio. Al otro lado de la verja, están los presos vociferando a los de la linea, en su mayoría mujeres que vienen a visitar a sus familiares.
—!Día de visitas! —me dice el amigo del colchón mientras se une a mí en los barrotes—Pero no te hagas ilusiones, pues a los presos preventivos no les permiten visitas.

El domingo ha pasado sin ninguna novedad. Tengo hambre, pues no he comido nada en todo el día. Ha vuelto a anochecer y me siento incómodo con estas ropas sucias y sin haberme podido bañar. Me duele cada uno de los huesos del cuerpo, así que decido echarme otra vez al piso, recostando mi cabeza sobre mis zapatos. Me quedo pensando, preguntándome a mí mismo por que los del periódico no han venido a sacarme de aquí.
—¿Quien vive? —se oye un grito en el patio de la fortaleza que escucho y creo que estoy soñando.
—¿Quien vive? —se vuelve a escuchar.
Abro los ojos y los vuelvo a cerrar. De repente suena un disparo que me despierta por completo. Luego otro y luego otro. Entonces las luces se encienden en toda la fortaleza y en la cárcel. Como ya no se escuchan mas disparos, los tres que estamos en la celda nos movemos hacia los barrotes para ver que sucedió. El patio de la fortaleza está lleno de policías armados y delante de ellos hay varias personas tiradas en el suelo. Son como tres, según se puede divisar desde aquí de donde estamos. Los presos se han aglomerado en la verja que divide la fortaleza de la cárcel. Agentes policiales con bates de beisbol tratan de que se retiren a sus celdas. Al cabo de un tiempo, las luces fueron apagadas y el silencio nos arropo por completo, entonces la noche se apodero de mi. Vagos recuerdos llegan a mi mente, sin embargo, no he dedicado tiempo para analizar mi situacion. Mi preocupacion se inclina mas por saber de aquel joven y de como le dare la noticia a Carmen. En eso he pasado toda la noche hasta el amanecer.
Es temprano en la manana del lunes y el mal olor hasta a mi mismo me molesta. Voy en un vehiculo con dos agentes hacia el Palacio de Justicia. Siento que a los agentes el calor los esta matando. A principio crei que era por el mal olor que yo despedia por no haberme banado en unos dias, pero veo que no. Ellos tienen sus camisas mojadas debajo de las absilas y en el cuello. Camisas gris apretadas y corbata delgada y negra. Pero para mi, la brisa que penetra por las ventanas del vehiculo me refresca el alma. El Palacio de Juzticia esta al otro extremo de la ciudad. Quedo viendo los rotulos de las calles, los colmados, las personas en las esquinas esperando el transporte publico, los motoconchistas atravesando calles sin el menor cuidado.
Llegamos al juzgado y me introducen en una celda que esta a la entrada por la parte izquierda y me dejan alli con una docena de personas mas. Todos nos escudrinamos con la mirada uno al otro, pero no decimos nada. Estamos callados, serenos y quietos. Al tiempo, llegan por mi dos agentes. Estos no son los mismos que me trajeron de la carcel, me lllevan atravesando un patio de piedras lisas y calientes hasta el edificio. Entramos y subimos las escaleras hasta el segundo piso donde penetramos en la camara. Adentro todo es caoba: las bancas, el estrado, e inclusive la pared detras del estrado. Hasta el blason de la republica que cuelga a espalda del juez es de madera tallada, vieja, cuarteada y opaca. Creo que todo es caoba mal tratada.
La sala esta llena y estan atendiendo otro caso, asi que estamos sentados al final, en la ultima banca que estan contra la pared del fondo, a esperar mi turno.
No se si me estaba quedando dormido o es que en realidad estaba fuera de mí. Realmente estaba ido. Totalmente en el limbo.
— ¿Pasó usted la noche del 30 de mayo por la Cañada de la Pava? — escucho al fiscal mientras mi mente vaga por los estadios mas distantes de mi ser. Su voz llega a mis oídos como si fuera el eco de un eco; como cuando se escucha la lluvia mientras se está sumergido en el agua. Un murmullo arrogante e inquisidor. Me estremesco al ecuchar el mazo del juez. Fue un sonido seco que me trajo de regreso a la silla donde estoy sentado.
— Conteste la pregunta — me riposta el juez.
—Perdone, pero, ¿cuál fue la pregunta?
— ¿Pasó usted la noche del 30 de mayo por la Cañada de la Pava, sí o no?
— Sí, pasé por allí —contesto medio desganado.
—¿Vió usted salir a la víctima del bar Las Tres Vías esa noche? — Vuelve a inquirir el fiscal acercando su cara huesuda a la mía. En su rostro se puede notar la ansiedad y desesperación que denotaba sus novatas en esos menesteres de la litigación judicial. Esta perdiendo la paciencia y el sudor se deslizaba por su frente brillosa hasta gotear de su nariz puntiaguda al estrado donde yo estay sentado.
— No señor. No la vi salir del bar Las Tres Vías.
— ¿Donde pues entonces vio usted a la victima?
— Detrás del volante de mi carro, señor, pues la única victima aquí soy yo.
La audiencia empieza a reír a carcajadas y no para hasta la intervención del juez.
— Deje su sarcasmo y conteste a la pregunta que le hace el representante del ministerio público.
— En realidad yo pasé por ese lugar a la hora que se dice. Estaba lloviendo y no había energía eléctrica. Era uno de esos viernes en que quería salir de la rutina. Terminé de trabajar y me quedé pensativo en mi escritorio, tratando de convencerme a mi mismo de tomar una decisión: entre ir a casa o tomar un libro que estoy leyendo o irme a Don Gregorio a revivir viejos recuerdos. Me decidí por ésto último. Cuando llegué al parque de Nizao, el lugar estaba desierto… — Empiezo a contar mi versión de los hechos. Luego, cuando hube terminado, el fiscal queda allí parado entre el estrado y la audiencia sin saber que decir. Se le ha agotado su estrategia y no sabe que paso dar: si seguir haciendo preguntas, ridiculizándose a si mismo, o sentarse y dar por terminado el interrogatorio. El juez, como todo un zorro viejo, viendo el dilema en que se encontraba el fiscal, interviene.
— ¿El ministerio público tiene alguna otra pregunta?
— No su señoría, no tengo ninguna otra pregunta.
El juez se levanta desestimando el caso, anadiendoque no hay necesidad de ir a a juicio de fondo por falta de evidencia. Se me acusaba de la muerte de alguien que no existía, no tenía nombre ni familiares, ni siquiera un cuerpo en Patología Forense. Aunque las enfermeras del hospital de Nizao habían testificado que yo había llevado a un hombre herido esa noche, los archivos de Patología Forense y los del hospital mismo indicaban que ningún hombre había muerto esa noche. Yo salí bastante pensativo del tribunal, pues se que había encontrado a alguien herido de bala esa noche, y que se me había informado que aquel hombre había muerto en la ambulancia camino a la capital. De repente me acuerdo de sus palabras y meto mi mano en el bolsillo del pantalón. Saco la foto y me quedo pensativo mirando aquella imagen descolorida sobre aquel papel añejo, amarillento por el paso del tiempo. Volteo y y leo en la parte trasera de la foto: “Luz Marina Arias, calle Manuel de Regla Pujols No. 50, San José de Ocoa”.
Aunque el jucio haya sido una comedia, yo me quedo preocupado por las verdades que se vertieron allí. Pienso que, siendo que no hubo muerto, lo mejor fue negarlo todo. Eso fue en el juicio, pero en mi corazón esta la duda de quien era ese joven?, a donde se fue?, que se hizo?
Salgo del palacio de Justicia y afuera me encuentro con Gil, un colega del periódico.
—Como se dieron cuenta de que estaba aquí.?
—No sabíamos nada. Vinimos a cubrir un incidente de unos presos que se querían escapar de la cárcel y los mataron. Vimos tu carro en el parqueo de la cárcel y nos dijeron que te habían traido aquí. El abogado del periódico viene a ayudarte.
—Ya no lo necesito. Llama a Morillo y dile que prepare la portada para mañana. Saquen fotos de la cárcel e investiguen los nombres de los muertos que yo les llamo esta noche para darle toda la información. Esos presos no iban a escapar. No es mas que corrupción en la Policia Nacional. –le digo mientras miro hacia la calle pensativo –Tengo que terminar algo pendiente en San Jose de Ocoa.
Me despido de Gil, amino hacia la calle y saco la foto del bolsillo del pantalón. La miro fijamente y camino hacia el mercado. Las personas hablan todas a la vez. No logro entenderlos. Ellos, por su lado, solo escuchan a su interlocutor. La bulla de alrededor no les molesta. Están acostumbrados a este tipo de ambiente. Mientras a mi se me quiere reventar la cabeza. Mas el olor a amoniaco que sale de la fabrica de hielo. Tengo calor y estoy bastante sucio. Tres días sin banarme y con la misma ropa.
El carro no lo puedo sacar de la fortaleza hasta que nos se den por terminadas las investigaciones del incidente de anoche, asi que decido ir en bus.
Camino hacia la esquina y me meto rápidamente en un colmado. Pido una cerveza y empiezo a acariciar la botella. Lleno de rabia. Quiero explotar pero me detengo. Tienen el volumen de la música un poco alto, mas es un alivio con el bullicio del mercado. Por mi mente pasan las imágenes de aquel joven herido, que se habrá hecho? Quien lo hirió? Murió en verdad? No tengo duda de su muerte, pues se desangró. Lo que si me inquieta es a donde fue a parar su cuerpo. También pasa la imagen del fiscal y su cara sudorosa. El arrogante teniente Castillo Castillo tambien se ha convertido en mi pesadilla. Estoy cansado. El piso de la cárcel, la preocupación, la falta de sueno, la bachata del colmado, me tiene la cabeza a punto de explotar. Sumado a esto, la angustia de no saber como decirle a Carmen que su novio la dejara plantada porque, realmente, ya no es su novio sino su difunto novio.
Ahora escucho canciones viejas y siento que la cerveza se calienta rápidamente. No es para menos, pues con el calor que esta haciendo no puede ocurrir otra cosa. Me levanto del asiento y me paro en la puerta. Puedo notar como la gente se saluda uno a otro al encontrase como si se conocieran todos. Miro las callles, las casas, algunas de madera bien cuidadas, con sus tres puertas altas en frente y sus cercas hechas con laminas de metal en el patio. Las aceras están limpias.
—!Asi es Bani! —digo en voz alta.
Parado en la puerta respiro ese aire tibio que se siente después de una noche lluviosa. Cierro los ojos mientras respiro ese aire inocente y fresco de esta tierra. Del bolsillo saco la foto y el papel: “Calle manuel de Regla Pujols numero 50”, escrito por manos temblorosas en papel arrugado y viejo. Son las once de la mañana, temprano para llegar a mi destino. No tengo prisa, a parte de que necesito darme un bano urgentemente, asi que me tomo todo el tiempo que quiero. Respiro otra vez ese aire caluroso, seco, diáfano y virgen. Ahora con mas profundidad. Cierro los ojos y disfruto del aire al penetrar mis pulmones. Sin abrir los ojos inhalo una vez mas. Siento que sobre mi cuerpo cae la sombra de un frondoso almendro y mi espalda descansa sobre la arena en una playa solitaria donde solo estamos la naturaleza y yo. No como en mis pesadillas, sino clara y bella. Mis oídos se ensordecen a la malodia de la canción que suena en el trasfondo y solo escucho el oleaje del mar Caribe. Una brisa suave acaricia mi rostro y puedo escuchar el murmurar de las olas. Quiero meter mis pies en el agua, pero no, mi pie esta en la carretera cerca de las llantas de una motocicleta.
—Quitate del medio, maldito loco —me grito el motociclista casi pisándome los pies. Me doy vuelta, pago la cerveza, camino y de nuevo me veo envuelto en el bullicio del mercado y el olor a amoniaco. No quiero acercarme, pero ese es el lugar donde debo abordar el vehiculo que me llevara a Ocoa. Parado allí, en una de las esquinas del mercado, vuelvo a sacar el papel y leo “Calle Manuel de Regla Pujols numero 50.”

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