Con lágrimas de sangre – VI

Estoy ya en Ocoa y me siento un poco cansado. Busco alojamiento en el hotel el Marien. Estoy en una habitación del segundo piso con vista al parque central. Abajo, en el primer piso hay un bar del mismo nombre. Después de bañarme, me pongo la ropa que compre en la tienda al doblar la esquina. Quedo dormido sin terminar de ponerme la ropa. Al despertar, ya es de noche. La luna esta tan grande que no parece que esta en el cielo; sino ahí clavada, a escasos metros de mi. Esta tan amarilla que me trae viejos recuerdos. Me recuerda verla reflejada sobre las aguas mansas de la laguna de Don Gregorio, de las veces que nos íbamos a buscar cangrejos, en noches de luna llena a la orilla de la playa, por la casa de Dr. Valdez, o por el arroyo Marumbia. Me recuerda, también las diabluras que hacíamos de jovencitos por el muro de la Regola. Como quiera que la miro la veo redonda y desde aquí puedo ver como su luz se refleja en las fuentes de agua del parque. Se ve mucho más grande en el reflejo y la fuente se ve aun mas hermosa.
Decido bajar al bar a matar un poco de tiempo. Solo hay un hombre en la barra y yo que acabo de entrar. El de la barra y el que atiende parecen que estan escuchando un pequeño radio de pilas. Yo camino y me siento en una de las sillas de la mesa que esta cerca de la vellonera. El lugar tiene unos cuantos bombillos rojos que no alumbran nada y la unica luz que se hace notar es la de la bellonera, que le sirve de fondo a una fotografia de los edificio de la ciudad de Nueva York. Yo me paro a escoger una cancion. Introduzco una moneda de veiticinco centavos y deslizo mi dedo indice por la lista que esta en frente de mi. Quedo viendo la fotografia de Manhattan y sus rascacielos. Esta inpresa en el mismo vidrio por lo que la luz penetra a travez de esas murallas de concreto y metal que es la ciudad de Nueva York. Quedo buen rato mirando los cuadritos de la foto que representan las ventanas de los edificios. Luego, sigo deslizando mi dedo hasta enontrar una cancion que me guste. Mi dedo se detiene en J3: “Tantos deseos por ella” de Danny Rivera, y sin que yo le ordenara, se desliza hacia la botonera y marca J3. Mientras me alejo de la maquina, leo en su costado de enfrente Wurlitzer en letras cusrsivas interconectadas en metal brillante y pulido.
Tomo un par de cervezas y el alcohol, acompanado del sueno, hacen que me sienta mareado.
–!Empezo la guerra!–grita el que esta en la barra—acabo de ecucharlo en la radio. Inmediatamente se levanta y apresuradamente se desliza hacia la puerta y desaparece. El otro, me mira como si creyera que me voy si pagarle las cervezas. Lo he venido viendo como estruja ese trapo en el mostrador una y otra vez mientras me mira con el rabo del ojo.
– Cobrese, por favor –toma el dinero y pone el vueto sobre el mostrador sin decir nada. Tampoco me mira a los ojos. Creo que esta deseoso de que me vaya para cerar el local e irse a dormir.
Camino hacia la puerta y miro hacia el norte, hacia la iglesia. A lo lejos veo unas luces que vienen hacia mi. Parecen muchas personas con velas en las manos. Esta oscuro de este lado y la luna no se ve mas, pues se ha nublado y parece que llovera. Escucho canticos de procesion y volteo a ver. Veo que las luces se acercan. Creo que es una procesion hacia un entierro noturno y quedo fijamente mirando. Viene hacia mi lentamente. El cielo se esta despejando y la luz de la luna se desliza lentamente por detras de las nuves. Las luces se acercan y puedo ver mejor ahora. No son velas sino luces de vehiculos que se acercan. Al llegar frente a mi, noto que son vehiculos del ejercito.
–Estamos en guerra ?que haces en la calle a estas horas? – me grita unos de los que van en los vehiculos mientras pasan frente a mi.
Al alejarse hacia el sur, las nuves se mueven rapidamente y la luz de la luna se esconde detras de ellas. Ya no veo vehiculos sino que veo luces que parecen de velas, velas de una procesion hacia un entierro noturno. Y escucho canticos, canticos religiosos de esos que cantan las monjas en los velorios. Me siento confundido y mariado a la vez, asi que volteo y trato de entrar al bar, pero el despachador me cierra la puerta en la nariz. Quizas cree que yo soy el culapble de su desvelo de esta noche. Quizas piensa que yo soy la causa por la que no esta en esta hora en su casa con su mujer. A lo mejor piensa que yo fui quien le recomendo que se consiguiera este trabajo y por eso me trata con desprecio. El sueno y el mareo me hacen pensar cosas extranas. Me cero la puerta en la cara y quedo parado alli. Miro hacia arriba y noto el letrero del bar en letras de luces de neon: “El Escaparate de la Confusion”. No esta tan luminico pues el cielo se despejo y la luz de la luna volvio con todo su esplendor. Camino y subo a mi habitacion. Ya se hace tarde. Voy a la cama. Me acuesto boca arriba a observar como la luz de la luna penetra por la ventana. Me quedo dormido sin que me acuerde de lo último que ven mis ojos. Quizá es la luz misma, el mareo o la oscuridad que hace que mis parpados queden vencidos por el sueno.

Al amanecer, después de desayunar, decido ir a buscar a Carmen y darle el recado. No sé cómo hacerlo, pues nunca he sido bueno para dar pésames. Afuera de El Marien, miro hacia el bar y noto que el letrero no es de neon y que esta pintado en la pared superior. El bar se llama El Marien. Pregunto por la calle Manuel de Regla Pujols y me señalan tres cuadras hacia el este cruzando el parque, asi que decido caminar. All legar a la esquina trato de descifrar, sin preguntar, hacia donde crecen los números de las casas, y camino hacia el sur en la calle Manuel de Regla Pujols. Bajando, los números pares están a la izquierda y los impares a la derecha, por lo que me cambio a la acera de la derecha para ver los numeros de las casas desde el otro lado de la calle. Camino embelesado hacia las puertas de las casas. La gente se queda viéndome curiosamente. Talvez piensan que ando leyendo los contadores de la compania de electricidad o algo parecido. Veo que hay casa numero cuarenta y ocho y cincuenta y dos, pero no hay casa numero cincuenta. Sin embargo, hay un solar vacio antes de llegar a la esquina, entre estas dos casas. Saco el papelito para asugurarme que ese es el numero que en realidad ando buscando. Efectivamente es el cincuenta. Cruzo la calle para preguntarle a una joven que esta sentada en una silla afuyera en la acera.
—Conoces a esta joven?
—No –me contesta—no la conozco.
—cual es la casa numero cincuenta? –le pregunto.
—esa era una casa que había allí, pero hace tiempo que no esta.
De repente una señora sale de la casa y pregunta que esta sucediendo.
—este señor que esta preguntando por la casa que estaba ahí.
—que quiere usted saber de esa casa?
—ando en busca de esta joven, que se llama Carmen –le digo mientras le muestro la foto.
—entra hija. Usted se esta volviendo loco o que? – me dice la señora mientras cierra la puesrta y me deja parado solo en medio de la acera.
Camino de nuevo al otro lado de la calle y sigo hacia el sur hasta encontrar una puerta abierta.
—buenos días.
—buenos días.
—puedo pasar? Tengo unas preguntas que hacerle.
—pase, en que podemos servirle?
—yo ando buscando una joven que vivía en la casa que creo estaba allí arriba, la numero cincuenta.
La señora se queda viéndome como si hubiera visto al diablo mismo.
—como se llama la joven?
—carmen.
—de donde saco usted ese nombre?
—alguin le envio un mensaje conmigo. Mire, hasta me dio esta foto.
La mujer se recuesta para atrás y se ve aun mas asustada, pero quiere saber mas de lo ella cree que yo se.
—quien le dio esa foto y cuando?
—no se como se llama. O se llamaba. Lo encontré tirado en la carretera el sábado en la madrugada y lo lleve al hospital de Nizao –le cuento mientras ella me mira perplejamente.
—mire, yo le prometi a el que le daría un recado a Carmen y por eso estoy aquí.
—mire usted, yo no entiendo nada de esto y ese mensaje que usted dice, no se va a poder, pues Carmen murió quemada junto a su madre en la casa que estaba en ese solar, el 10 de enero de 1971. Hace veintidos anos.
—no puede ser, si el joven me dijo, que se iba a casar con ella este fin de semana y no pudo venir a la boda porque alguien le dio un tiro en el pecho. Yo mismo lo encontré en la carretera.
—no puede ser. No puede ser.
Mientras la señora repite incrédulamente esta frase, quien empieza a confundirse soy yo, pues parece que había hablado con muerto. La chica a quien busco hace mas de veinte anos que murió, y esta foto entonces, de donde salió? Me pregunto a mi mismo mientras mil pensamientos pasan por mi mente al mismo tiempo, y solo atino a decir:
—cual es su nombre, señora?
—Unfalia – me contesta.
—mire, eso fue un hecho muy trajico, vale. –un poco mas suelta, empieza a contar —Ese dia todos estábamos alegres, pues esos dos se querían mucho. Todos aquí en Ocoa los queríamos mucho a ellos, pues eran buenos muchachos. Carmen estaba linda. Nunca había visto a una novia tan linda como ella. Pero el novio la dejo plantada en la iglesia. Nunca apareció, nunca se ha sabido nada de el. Carmen lloro todo el dia. Estaban triste ella y su mama. En la noche, la casa se incendio y ambas se quemaron adentro. Los bomberos no pudieron hacer nada, nosotros tampoco. Nadie sabe como sucedió eso, que fue lo que paso. Desde ese dia yo he sentido un vacio en mi corazón, pues Carmen era como mi hija. Yo le agarre desde pequeña un cariño y la tenia como mi hija, y ver que pase eso, a uno se le destroza el corazón.
—nunca investigaron que paso con el novio ni como fue ese incendio?
—no. Aunque uno tiene sus sospechas.
—cuales sospechas son esas?
—bueno. Había un policía que la hostigaba y decía que si no era con el ella no se casaria. Nosotros pensamos que el le hizo algo al novio, pues ni siquiera el cuerpo apareció. Luego, lo del incendio, pensamos también que no fue accidente, si no que fue el. Nunca se le acuso, pues dicen que el paso todo el dia bebiendo romo por ahí por Sabana Larga, y eso quedo asi.
— ¿y ese policía, existe?
—Yo creo que sí
—y cual es el nombre de ese policía? Aun vive?–le pregunto, mientras anoto lo que dice. La sangre de reportero pasa por mi cabeza.
—el es de aqui, pero después que lo trasladaron jamás ha vuelto. Su nombre es José Antonio Castillo Castillo.
Lleno de asombro y enmudecido, me reclino en la silla. Perplejo, no digo nada, y la senora, al verme pasmado me dice: “Mi hijo puede contarle mejor que yo sobre el caso, pues el ha estado investigando”.

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