Cincuenta versos

Cuando niño quise escribir el poema más largo de mi existencia
de muchas bellas estrofas y hermosos versos extensos.
Quise, en particular, escoger un tema para mi poema
y en ese preciso momento comenzó mi gran problema,
pues buscaba de que escribir y que tendría que ser intenso.
Quise escribir de rosas bellas en jardín soleado de primavera
y esas rosas se marchitaron en mi mente antes de ser plantadas
en el papel con pétalos de rimas, porque no encontré a la amada
para dedicárselo, y me puse triste, fracasado en la primera.
Pero mi empeño por escribirlo era tal que no juego de niño me saciaba
así que, sin ilusión, sin amada, seguí con mi empresa de escribir
y pensé, ¿Por qué no escribir un poema sobre los montes y colinas,
sobre los verdosos pechos de la tierra que se inclinan hacia arriba
para alimentar nuestra existencia, con aire fresco, el vivir?
Pero no, los machetes y hachas empezaron a derribar los bosques
de los cerros, la naturaleza siendo mutilada para la siembra
y el arado acabó con mis deseos de crear una oda a los montes
y entristecí. Temí que llegaría a viejo sin escribir mi poema largo
de muchas estrofas bellas e intensos versos bellos y largos.
Me consterné tanto, que aun ya viejo siento que la voz me tiembla.
Pero me recuperé y decidí perseverar, pues es el valor de los hombres
no dejar nada a medio acabar, ni olvidado para siempre en un letargo.
Se me ocurrió escribir mi poema sobre mis amigos y pensé
que los amigos son importantes y peculiares, diferentes, sé
que mal podría yo ponerlos a todos en un solo juego verbal
pues sería una ingratitud de mi parte, apresurarlos a todos juntos,
porque los amigos son más que eso, una extensión de uno mismo,
el otro yo fuera de mí, por lo que entremezclarlos no sería justo;
porque cada amigo merece su propio poema que abarcase
su sola existencia y relación, que es única y especial.
Entonces quise escribir sobre el amor, del amor, para el amor,
pero hay tantas cosas que se pueden escribir de este sentimiento
que nos hace pensar menos en uno que en los demás
que no sabría con certidumbre por dónde empezar.
Así que decidí empezar con el amor mismo, el propio amor
sin temor a terminar de ninguna manera en arrepentimiento.
Pero el amor tiene sus épocas, sus estaciones.
Cuando pensé por primera vez en escribir, mi amor se manifestaba
de otras formas, pero al crecer y ver la vida con los claros ojos,
de la realidad, de la vida y sus vacilaciones,
entonces supe que, de diferentes maneras y formas,  se amaba
y que no había una forma concreta para definirlo.
Y así empecé mi poema de estrofas muchas y extensos versos
y no me arrepiento, pues escribí que su mirada cegaba la mía
como fuerte luz que dilata mis pupilas y paraliza la vida,
con enérgico abrazo de calor y de sudor ajenos que huele a agrado
y que humedece mi cuerpo con placer de arriba abajo.
Escribí sobre el sentimiento que puede paralizar las agujas
de un reloj que oscurece ante las siluetas, la bulla
que alborotan a los esquizofrénicos enamorados.

Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>