Con lágrimas de sangre – IV

Es un viernes cualquiera de un mes lluvioso de 1993. Es tarde, pues la sala de redacción está vacía. He perdido la noción del tiempo. Estoy yo solo aquí sentado en mi escritorio frente a la computadora. Solo en la sala, matando el tiempo; esperando que mi mente se conecte con mi cuerpo. Mientras eso sucede, trato de hacer muchas cosas. Quiero llamar a mi amigo Wilson Bouldier, pero me detengo al marcar el tercer número del teléfono. También me vienen los deseos de escribir otro artículo, así que enciendo la computadora y me quedo fijamente viendo las teclas con la mente en blanco. Luego de un vacío de varios minutos, comienzo a escribir empezando por el título, lo cual está mal, denota que no estoy bien, pues en tantos años que llevo laborando en este diario, nunca había empezado un artículo intitulándolo en primer lugar. En realidad nunca le he dado importancia al título, pues al final, el jefe de redacción lo cambia por otro más pomposo y sensacionalista. Creo que lo sucedido en Cabral me tiene fuera de concentración.
Mi imaginación vaga por los rincones más extraños de mi mente. Me atosiga el dilema de si ir a casa a vegetar en el sofá, tratando de leer ese libro que empecé hace más de un año y no he pasado de la página cinco, o ir a Don Gregorio, pues hace tiempo que no ando por esos lares.
Arreglo los papeles y dejo mi último artículo en la bandeja de redacción. En el corredor sólo se oye el ruido de los papeles tirados al piso al ser barridos por Javier. Como siempre, el será el último en dejar este cuarto antes que los de seguridad vengan a apagar las luces.
—Trabajando talde hoy, señol? —Me pregunta Javier al entrar a la sala con su escoba en mano, como siempre y extrañado al verme tan tarde en el periódico.
—Tenía muchas cosas pendientes y quise ponerme al día.
Javier continúa realizando sus labores como si yo ya no estuviera allí. Me despido de él y avanzo por el pasillo sin aun decidir hacia adonde ir. Me detengo en la recepción a hablar un poco con Mabel, la chica de la voz más dulce que mis oídos han escuchado.
—Tu gracia y amabilidad hacen que uno se levante con ánimo de venir a trabajar todos los días.
—No te creo. No me allantes, mi amor, que me duele.
—En serio, te lo digo con el corazón abierto.
Es de noche y todo está tranquilo. No se escucha el bullicio ni se siente el ‘corre-corre’ de las horas del día en el periódico. Mabel parece estar lista para irse a casa y yo le doy su tiempo para que recoja sus cosas. Me despido de ella y camino hacia el parqueo. Enciendo el carro y lo echo a andar por la calle si aun haber decidido hacia adonde ir.
Está lloviendo a cántaros y no puedo ver casi nada en la carretera. Voy despacio, pues la calle está llena de baches y con esta lluvia no se pueden identificar bien. No tengo prisa. Resuelvo ir para Don Gregorio. Acepto que el viaje seria largo, así que decido escuchar música. Quiero sintonizar ‘Cien Canciones y un Millón de Recuerdos’ en Radio Popular, pero inmediatamente decido que no. No quiero escuchar canciones escogidas por otro, así que tomo un cassette de la guantera del carro y lo echo a andar. Me paso casi todo el camino cantando a dúo con Juan Gabriel.
He visto pocos carros en todo el camino, por lo que aparenta mas tarde de lo que realmente es. Al llegar a San Cristóbal, me paro cerca del mercado a comprar un chimichurri.
— Tu eres dichoso, pues casi estaba cerrando –me dice el vendutero al tiempo que empieza a preparar el pan. Nunca he preguntado qué ingredientes usan para hacer los chimis, pero realmente ese olor me gusta. Está lloviendo, así que vuelvo al carro a esperar que el amigo me prepare el chimi.
Después de recibir el chimi, continúo mi camino. Minutos después, en el cruce de Nizao volteo a ver si hay algún estudiante varado a quien darle un aventón. El cruce esta desolado. Sigo. Al llegar a la cima de la cuesta de piedra, espero ver alguna luz del poblado de Nizao. Desde esta parte de la carretera, cuando uno llega a la cumbre, se ven las casas de la comunidad y más allá, el azulado mar Caribe, que desde aquí se ve quieto e inofensivo. Hoy sólo se puede percibir una oscuridad espesa que penetra en los ojos hasta enceguecerlo a uno. Cuesta abajo, antes de llegar al cementerio, diviso a una persona que va caminando a la derecha de la carretera. Está lloviendo espesamente. Creo que es alguien que llegó al cruce de Nizao y al no ver ningún transporte venir, decidió caminar. Lleva sombrero tipo fedora metido hasta las orejas, por lo que no puedo distinguir si es hombre o mujer. Me voy acercando bastante para ofrecerle llevarle hasta poblado y paro. Sigue caminando, así que doy marcha hacia adelante y le paso al frente. Miro hacia el lado y en su rostro, ayudado por la luz del vehículo, veo unos ojos vacios, sin luz. Me detengo adelante y espero. No pasa. Miro por los espejos y sólo puedo ver esa oscuridad que me arropa a mí, al auto, y a la lluvia misma. Giro en círculo y no veo a nadie. Vuelvo a girar y el carro se desliza hacia la otra orilla de la carretera, frente al cementerio. Aquel hombre se desvaneció. Trato de ir de retroceso para buscar la carretera. Las luces de carro alumbran el rotulo del cementerio que reza “Cementerio Cristo Salvador” y que cuelga de una de las esquinas del portón. El viento y las gotas de lluvia lo mueven y su pintura a medio desgastar refleja las luces delanteras del carro cuando piso el acelerador.
Logro salir a la carretera y continúo mi marcha hacia Nizao. Asombrado quizá, no me detengo a pensar qué pasó con aquel hombre, quién era, a dónde se fue; pero sus ojos siguen clavados a los míos como una espada clavada a un corazón que aun palpita.
Son las once de la noche y llego al parque de Nizao. El lugar está desierto y los bares están cerrados. Pensé que encontraría a los muchachos por estos alrededores hoy día viernes, así que doy la vuelta alrededor del parque y no encuentro a nadie, excepto al guardián del ayuntamiento. Me detengo y le saludo.
—Hay un velorio en Don Goyo! Hay un velorio en Don Goyo! —me repite como queriéndome explicar que no es sólo la lluvia ni la falta de energía eléctrica por lo cual el parque está desolado. Doy la vuelta de regreso y decido seguir para Don Gregorio.
Al llegar a Las Tres Vías, me detengo por un rato frente al bar. Pienso en entrar pero el lugar se ve vacio. La lluvia sigue cayendo y entre el ruido que hace ésta al golpear el techo de carro y la incertidumbre que agobia mi mente, no puedo identificar bien la música que está siendo tocada en el Bar Las Tres Vías. No puedo distinguir si es Bachata o es Bolero. Una luz roja tímidamente ilumina aquel lugar que parece no interesarme. Pienso por un momento salir y comparar una cerveza, pero no creo que valga la pena mojarse por eso. Apago el vehículo y recuesto la cabeza un rato en el asiento. Al cerrar los ojos, la primera imagen que veo es la de los ojos de aquel hombre de la carretera que aun siguen clavados a los mios. Decido no hacerle caso a mis pensamientos.
Parece que me quedé dormido y de repente despierto. El bar está cerrado y todo está oscuro. No hay energía eléctrica. A pesar de la lluvia, la oscuridad hace que el cielo se vea más claro. Enciendo el carro y decido seguir hacia Don Gregorio. Al acercarme hacia la Cañada de la Pava, veo que algo cruza la calle lentamente, pero no puedo identificar que es. Quizás es mi imaginación o el espesor de la lluvia que hace que las cosas aparenten de otras maneras. Mientras me acerco más, tengo que frenar de repente, pues puedo ver a un hombre tirado en medio de la calle. Se está arrastrando hacia la orilla, así que decido bajar del carro para ayudarle.
Me apresuro y me acerco a aquel hombre en medio de la lluvia. Se ve bastante joven y está sangrando mucho. Lo levanto como puedo y a medio arrastrar puedo llevarlo hacia el carro. Doy vuelta y acelero hacia el Centro de Salud Nizao. Al llegar a la entrada de emergencia grito por ayuda y el empleado de seguridad corre a ayudarme. Levantamos al joven moribundo, lo montamos en una camilla, y lo llevamos al cuarto de emergencia.
—Espera aquí —me dice mientras se dirige hacia la parte de atrás del edificio. Yo me quedo pensativo. Empapado de agua lluvia y de la sangre de aquel individuo. Desde donde estoy sentado, puedo escuchar sus quejidos y me da tristeza. Con la sangre que ha perdido, no creo que pueda sobrevivir.
Pasan los minutos y el empleado de seguridad no aparece. Yo decido acercarme hacia el herido para ver si puedo hacer algo por él. En realidad sé que no hay nada que se pueda hacer para salvarle, pero al menos quiero que en sus momentos finales no se encuentre sólo. Quiero saber quién es, de dónde viene, y quiénes son sus familiares. Está sangrando mucho y eso me preocupa. Pero aun está consciente. Me agarra del brazo y me aprieta con fuerza como queriendo que me acerque a él. Acerco mi oído a su boca y me susurra mientras me entrega una fotografía y un papel, ambos mojados:
—Ve donde Carmen y explícale por qué no pude estar en la iglesia el día de nuestras bodas.
En eso llega el empleado de seguridad con una joven de blanco, bostezando y soñolienta.
—Este es doctora, se ve muy mal.
Al verlo, la joven corre hacia atrás, viene con unos dos más, y se llevan al herido hacia unas de las habitaciones de atrás. Yo quedo parado allí a la entrada del Centro de Salud. Luego el empleado de seguridad viene sobre mí y me manda a mover el carro porque “la ambulancia va a entrar ahí.” Entonces pienso que el joven está peor que lo que yo me imaginaba. Muevo el carro y me quedo parado en la salida del centro médico. La ambulancia entra y se llevan al herido.
—Se lo llevan al Morgan, pues está herido de balas y aquí no manejan esos tipos de heridas. Ellos, los del Morgan, son buenos en eso. Un amigo mío le dieron un tiro con una escopeta doce que le abrió hoyos por todo el cuerpo y lo llevaron al Morgan y allí lo salvaron. Esa gente sabe de’so, no te preocupe. —me dice para informarme y a la vez consolarme como si se trataba de un hermano mío.
Vuelvo a emergencia y hablo con la joven doctora, que ya parece que está completamente despierta, y me explica acerca de lo grave que esta mi amigo. Le hago saber que no le conozco, que solo lo encontré en la calle tirado y lo traje al centro de salud. Le pregunto por su nombre y me dice que el herido no tiene ninguna identificación y que en sus momentos delirantes solo conseguía decir —Carmen. Calle Manuel de Regla Pujols No. 50. —Al parecer, la última vez que estuvo en sí fue cuando habló conmigo.
Parado frente al centro médico ya no sé qué hacer. Tengo las ropas mojadas y sucias de sangre que quiero volver a la Capital y no seguir para Don Gregorio. Puedo hacer ambas cosas, antes de irme pasar y dar una vuelta por lo menos ver las calles que hace tiempo no veo y luego irme. Pero también quiero saber del destino del joven herido. Pongo mis esperanzas en las palabras del guardián de seguridad “esa gente sabe d’eso, no te preocupe”.
Es ya de madrugada y aun así pienso dar una vuelta por Don Gregorio antes de partir para la capital. Enciendo el vehículo y voy despacio hacia Don Gregorio. Cuando llego a la Cañada de la Pava, me detengo y observo por un rato el lugar donde levante a aquel joven. Luego sigo y al llegar a Don Gregorio, veo las calles que me traen viejos recuerdos. Está oscuro todavía, pero la lluvia ya paró. Sigo lentamente y los recuerdos vienen a mi uno tras otro al ver las casas, los callejones que yo solía transitar cuando era niño. La esquina de la Duarte y su parada de guaguas donde nos poníamos a contar historias inventadas hasta tarde de la noche. Las cinco esquinas donde cada domingo se aglomeraban los ‘riferos’, quienes vendían números de la lotería. La fritura de Colaza, donde comía pescados fritos después de las fiestas. Don Gregorio es un poblado pequeño y en unos minutos anduve por casi todas sus calles.
Llego al lugar del velorio. Me pongo melancólico, pues me veo a mi mismo en ese ataúd siendo velado por gente extraña como a este muerto, quien, al igual que yo, salió de este pueblo y nunca más regresó.
“La vida es como aquella pluma en la película de Forrest Gump. El viento la mueve de acá para allá, y si la brisa es fuerte, se va lejos, tan lejos que no sabemos más de ella. Eso lo entendemos aun mas aquellos que hemos tenido que enfrentar la desgracia de alejarnos de nuestros pueblos, de nuestros vecinos, y con el devenir del tiempo, volvemos a nuestros viejos vecindarios y nos damos cuenta de que no conocemos a nadie. Son caras y rostros nuevos los que vemos. Preguntamos por éste, por aquel, se nos da referencias y los encajamos en hogares que existían cuando éramos parte de la vida cotidiana del vecindario.” Reflexiono.
“Nos llega el momento triste, el momento de disimular una lágrima que está a punto de delatar nuestra debilidad humana ante la ausencia de un ser querido o frente al callejón donde los varones jugábamos pelota y las hembras jugaban trúcalo y volibol.” Continúo pensando.
Me pregunto: “¿Cómo era posible jugar pelota en tan estrecho lugar?”
Miro hacia la casita del primo Juan y no veo el humo de su cigarro salir de entre las hojas de cana del techo. ¿Habrá dejado de fumar? Y es que Juan, aunque no tenía parientes en este pueblo, era primo de todos, por lo menos así nos llamaba y así lo considerábamos. Un primo de verdad, quien se estaba siempre presto para ayudar, a pesar de su edad, en los momentos difíciles a nuestras familias.
Muchos años han pasado desde aquel día en que alegre salí en busca de una nueva y mejor vida; pero resulta que mi corazón no vino conmigo. Se quedo aquí, en la mirada húmeda de mis amigos de los cuales me despedí aquel día anterior a mi partida; a quienes juré lealtad eterna. Sin embargo, el trajín de aquel lugar extraño fue matando ese juramento y la lealtad se fue a pique. Yo quisiera ser entendido, pero solo los que nos hemos ido a vivir a lugares extraños entendemos eso. Ni siquiera viéndolo por la televisión se puede entender que en los lugares extraños uno no tiene tiempo ni para comer; apenas duerme y se baña; se mal vive en medio del todo.
Un día me llené de alegría al saber que en el pueblo instalaron líneas telefónicas. Me volví loco de la emoción al saber que me comunicaría con los amigos a través del teléfono. Pero en las casa de mis amigos no alcanzaban para pagar teléfono, y los que si tenían teléfonos no eran mis amigos. El tiempo pasó y la gente empezó a progresar. Muchos vendieron o hipotecaron sus propiedades y se marcharon al extranjero. Ya había teléfonos en casi todas las casas, pero la amistad se había enfriado. Los amigos eran otros en ambos lados.
Y de vuelta estoy aquí después de tantos años sin conocer a nadie. Mirándome a mi mismo en ese hombre que yace inerte en ese ataúd. Los jóvenes que veo son quizas los hijos de aquellos que estaban bastante pequeños cuando partí, o de algunos que se mudaron despues que me fui de este lugar. La gran muchedumbre de mis tiempos ha muerto o ha partido. Creo que me veré en la obligación de hacer nuevos amigos si es que quiero mantener los lazos con esta comunidad, aunque ya no será el mismo sabor. He vuelto para negar lo que por tantos años he deseado hacer: volver. No tendrá el mismo sabor porque el único que ha vuelto he sido yo y ya no puedo disimular esa lagrima, ya no puedo esconder mi debilidad humana, y lloro. Lloro porque en este momento, al ver ese cadáver solitario, me doy cuenta que mi partida, años atrás, fue el fin de mi felicidad; pues mi felicidad estaba en este lugar.
Esta casi por amanecer. Camino hacia donde está en cadáver y echo una mirada a los dolientes a ver si conozco a alguno. Afuera escuche que este señor se había marchado del pueblo hace varios años y no había regresado hasta ahora. Doy unos pasos a ver si puedo reconocer su rostro. Su cara no me es familiar. Luce solitario y serio. Parece que murio durmiendo o sin dolor, pues no veo ni la más minima muesca en su rostro. El olor a vela derretida penetra por mi nariz y ojos. Es un olor entristecedor, y el humo que vierte el caldero donde calientan el agua para el café esta penetrando el lugar del velatorio; así que decido marcharme.

Con lágrimas de sangre – III

Las verdes montañas se imponen al oriente del poblado de Ocoa. Cada día se ven más cerca, levantándose para besar al cielo claro y diáfano. Han estado ahí por siempre, el cielo y las montañas, coqueteándose. La brisa fresca mueve las hojas de los árboles que adornan las calles; también las ropas tendidas en cordeles que se extienden de empalizada a empalizada a lo ancho del patio. El sol está radiante esta mañana de domingo y los niños del poblado acostumbrados al clima despiertan sentimientos dormidos desde tiempos remotos.
La ausencia de nubes embellece aun más el día. Dios ha hecho de este día el más bello de todos, especialmente para Carmen, quien se preparaba para la ocasión más importante de su vida. La casa está por reventar debido a la muchedumbre, la alegría irradia la casa, contrastando con la última vez que esta vivienda estuvo de personas, el día de los últimos rezos de Don Eligio.
Todos estaban consternados con la muerte de Don Eligio. Nadie se lo esperaba, pues aun estaba fuerte y vigoroso. Allí, donde descansa el pastel, estaba Carmen aquel día sentada en una silla cuando vinieron con la noticia de la muerte de su padre. Allí, donde está el pastel hubo aquella vez una joven adolescente que se ahogaba en llantos, sin querer dar crédito a la noticia que acababa de recibir, no quería aceptar lo que le estaban diciendo. Sus lágrimas no pararon por semanas.
Las paredes de madera de la casa están pintadas de rosa. Los cuadros han sido retirados y sus lugares ocupados por globos blancos y rosados unidos por cintas de papel de celofán y de papel crepé. Un calendario olvidado descansa en la pared del fondo. Este se ve antiguo, le olvidó quitar. Este se ve antiguo, como un viejo recordatorio de los últimos rezos de algún ser querido, impreso con tinta barata y conservado en un álbum, amarillento también por el paso del tiempo. Circulado esta el día 10 de enero, el mismo día de hoy, el 1971 en números grandes y rojos, debajo de la imagen de la Virgen de la Altagracia. El calendario esta amarillento, a pesar de haber pasado apenas unos días del año.
De los ojos de la novia salen unas lágrimas que se deslizan lentamente por sus mejillas. Quiere disimular, pero su corazón se acongoja al no poder tener a su padre con ella en éste su día tan importante de su vida. Se levanta de la silla, da unos pasos hacia los brazos de su madre y se aferra fuertemente a ella. Su madre trata de consolarla, pero todo intento es inútil.
— Mi’ja, sólo el todopoderoso y la virgen saben por qué pasan las cosas —le dice la madre mientras le pasa la mano por la cabeza. Estas palabras hacen que carmen se aferre más a su madre y se derrama en llantos. Su madre tampoco puede contenerse y ambas se abrazan lamentando la perdida de don eligio. De repente, la madre se reanima y otra vez trata de consolar y a la vez fortalecer su hija.
— Este es el día más importante de tu vida, no trates de arruinarlo.
Carmen continúa vistiéndose y como toda mujer, cree que tiene todo el tiempo del mundo y toma su paso lento, acomodándose una pieza e inconforme, quitándose otra. Sus amigas íntimas le ayudan.
Son como las diez de la mañana. Los miembros de la Banda Municipal de Música empacan sus instrumentos bajo los laureles del parque central después de su concierto de domingo por la mañana como de costumbre; las panaderías vierten un olor a pan fresco que inunda toda el área; los limpiabotas se acomodan en sus lugares de costumbres, pues ellos creen que son dueños de esas bancas del parque que hoy lucen inocentes y vacías. Once días después, las procesiones, las fiestas, los grupos culturales, y la gente alegre, especialmente los ocoeños ausentes que vendrán a venerar a la Virgen de la Altagracia, inundaran este parque que hoy luce vacío e ingenuo.
Carmen ya terminó de vestirse y cree que es hora de partir hacia la iglesia. Todos salen de la casa bajo ese sol radiante por la calle Manuel de Regla Pujols hacia la iglesia donde el novio estaría esperando para su unión eterna. La novia, vestida de blanco desde los pies hasta la cabeza, con velo blanco, zapatos de charol, también blancos, manos temblorosas y sudadas bajo unos guantes blancos de seda y nylon, y un vestido que relumbra al reflejar la luz hermosa del sol de este domingo 10 de enero de 1971. La novia camina junto a su madre. Una multitud de amistades y familiares le sigue hacia la ceremonia nupcial.
Al llegar a la esquina de la calle Las Carreras, se les acerca borracho el cabo de la Policía Nacional José Antonio Castillo y Castillo y se para frente a la novia.
— Ni creas que te vas a salir con las tuyas. Tú, aunque seas después de muerta tienes que ser mía —Mientras trata de mantenerse de pie, agrega —ya te lo dije, ya te lo dije.
La multitud se alborota y el cabo Castillo saca su revólver y hace unos disparos al aire.
— ¡Yo soy la autoridad, coño! Y digo que Carmen, si no es conmigo no se casa —vocifera mientras se aleja lentamente.
La novia empieza a temblar y llora. Sus acompañantes la consuelan y siguen hacia la iglesia como que nada había pasado.
En la iglesia, el padre Luis Quinn se prepara para unir a dos hijos de su querida Ocoa. Parado frente al altar mira hacia la puerta con la paciencia que siempre le ha caracterizado. Al ver a la multitud sentada tranquilamente, recuerda aquellos días de estudiante en la escuela San Miguel.
— No sé cual pudo más, si la decisión de los misioneros Scarboros de enviar un grupo a la República Dominicana o mis deseos de venir por estos lares —piensa mientras se mueve de un lado a otro en el altar, de donde contempla uno a uno los rostros de los presentes y se pregunta cómo era posible que en menos de seis años había llegado a querer a esa gente como si hubiera vivido en Ocoa toda una vida. Dos días después será su cumpleaños. Aunque pensando en aquellos días cuando vino a Ocoa procedente de Bani, en medio la convulsión de la Guerra de Abril de 1965, esas noches inquietantes en que su corazón estaba dividido entre los ocoeños y los revolucionarios que peleaban en las calles de Santo Domingo, logra poner en orden sus ideas. En su mente está completo el sermón que habría de predicar ésta mañana mientras oficie la ceremonia nupcial. No está seguro si sólo hablar del amor, de la unión eterna, de la fidelidad, de “una sola carne” o debería aprovechar la ocasión para hablar de la familia, de los valores, y del compromiso que tienen ellos como comunidad. El aspecto social no debe faltar, y el padre Quinn no pierde la oportunidad de estar en frente de una multitud para hablar del compromiso que tiene los compueblanos como comunidad de ayudarse unos a otros. Esta vez, se siente dudoso, pues no sabe si es prudente tomar el tiempo de estos jóvenes que emprenden la tan difícil vida de esposos para hablar de política. Esa inseguridad siempre le acompañó a lo largo de su vida siempre que tenía que enfrentarse al público. Quizás esa fue la razón por la que escogió Ocoa y no se quedó en Santo Domingo o se fue para Santiago de los Caballeros o La Vega; esa timidez que con los años ha venido perdiendo en la iglesia de este pueblo.
Luego de haber caminado varias cuadras, atraviesan el parque central. La novia camina lentamente sobre los mosaicos de arcilla del parque. Los pajarillos vuelan de una rama a otra en los frondosos laureles. Enganchadas de sus ramas hay canastas de metal de las cuales cuelgan bellas flores de colores distintos. En el parque la gente sigue viviendo su mundanalidad como si nada estuviera pasando. Cada quien vive su mundo y tiene sus prioridades, mientras que para Carmen, el mundo parece haberse detenido a observarla a ella, a presenciar con júbilo el día en que se convertiría en mujer. Minutos después, la novia llega a las escalinatas de la iglesia. Carmen está nerviosa y sus pies se quedan rígidos y no puede dar un paso más hacia arriba. “Este es el momento en que a nuestras mentes llegan algunas dudas. ¿Estaré haciendo lo correcto? ¿Es el realmente el hombre de mi vida? Debo dejar a mi madre sola, desamparada? En realidad estas no son preguntas que una debe hacerse este día, ni mucho menos después de tres años de noviazgo.” Piensa mientras está parada frente a la iglesia.
Dentro del templo, el padre Luis Quinn espera pacientemente a la pareja. Afuera, la novia queda observando un mensaje arriba en la pared superior del frente de la iglesia, es un dibujo en donde unos personajes le voltean la letra Z a la palabra PAZ y la convierten en PAN. Su mente no hurga por ningún significado de este mensaje ni por la necesidad de un cambio drástico alrededor de su vida, otro que no sea el que ella y su novio habían planificado desde hace tres años.
De repente, alguien sale corriendo del templo y le hace saber a la novia y su corte que el novio no está adentro del templo.
— No ha llegado aún— grita Unfalia energúmenamente mientras baja con dificultad las escalinatas de la iglesia hacia donde está la novia y sus acompañantes.
— ¡No está, no ha llegado!— repite la señora preocupada por que la novia no entre primero al templo.
—Es de mal agüero, es de mal agüero —Carmen no le hace caso y sube lentamente las gradas del frente de la iglesia. Entra en ella y se desliza por el pasillo del centro de templo, la multitud sentada voltea a ver y el coro empieza a cantar cantitos suaves acorde con la ocasión. El padre Quinn voltea y se pone en posición para recibir a la novia. Carmen queda viendo fijamente la imagen de la Virgen de la Altagracia que está en la pared posterior a la izquierda con su mirada tierna y su hijo en brazos. A la derecha, está la imagen de su hijo ya crecido y crucificado, con corona de espinas y las manos y los pies clavados a la cruz. Sus ojos están húmedos y fijos a los de Carmen, húmedos también, al arrodillarse frente al altar. Ora calladamente por un rato, luego se para y camina hacia el padre Quinn. Éste no dice nada. Ambos quedan de frente viéndose uno al otro. El padre Quinn disimula su sentir, pero presiente que el novio no llegará. La novia agota hasta los últimos residuos de la esperanza, pero el velo sobre la cara no puede esconder las lágrimas que manan de sus bellos ojos. El coro de la iglesia canta un himno que entristece más el entorno. La multitud, callada en el templo, no se mueve, nadie comenta nada. Cuando el tiempo prudente hubo pasado, el padre Quinn se acerca a la novia y la consuela. Esta sale hacia la casa, inmóvil, perpleja, pero muda. Siente que la respiración se le para y no escucha nada en su derredor.
La casa número 50 de la calle Manuel de Regla Pujols está repleta de personas otra vez. La gente está aglomerada tanto adentro como afuera. En la habitación está Carmen inconsolable. No puede creer que su novio, quien le había jurado tanto amor, quien le había profesado que la quería aun hasta después de la muerte, la había dejado plantada en el altar. Las dudas embadurnaron su juicio.
La madre de Carmen se le acerca, —dicen que el salió para la iglesia. Lo vieron salir con su traje negro de la casa. –Carmen no hace caso, mas se echa a la cama a llorar. A la casa se presentó el cabo Castillo borracho pidiendo hablar con la novia.
—Yo estoy aquí, mi amor. Si hubiera sido conmigo, no te hubiera dejado plantada. Aun hay tiempo, casémonos ahora mismo —le grita desde la calle mientras se tambalea de un lado a otro.
Los hombres presentes tratan de controlarlo; pero éste saca su revólver y empieza a hacer disparos al aire. La multitud se dispersa al escuchar los disparos, quedando el cabo Castillo sólo en la calle frente a la casa. Por un rato queda pensando sin decir nada. Sólo mirando hacia la casa. De repente, se apresta a entrar, revolver en mano, en busca de Carmen, quien está llorando acostada en su cama. Con el revólver tocaba la puerta, mientras la madre de la novia trata de persuadirlo de se fuera para su casa.
—Ábreme, mi amor, que quiero hablar contigo.
Carmen no hace caso alguno, y luego de intentos fallidos, éste se marcha refunfuñando y Carmen queda allí apesadumbrada, haciéndose mil preguntas en su mente, y llorando inconteniblemente.

Con lágrimas de sangre – II

Llego a Cabral abrumado por la tristeza. Muchos años han pasado desde aquel día en que abandoné éste pueblo. Lo recuerdo como si hubiera sido hoy mismo. Fue una partida repentina, sin despedirme de mis amigos, sin echarle un último vistazo al barrio; sin oler el aroma de viajacas asadas al medio día en cualquier cocina de La Peñuela; o haberme bañado en el agua fría de El Majagual. Nada de eso pasó. Sólo empacamos y nos fuimos en un día en que no vimos el amanecer en Cabral. Todo pasó tan rápido que cuando pude entender a cabalidad lo que sucedía, ya estábamos llegando a Azua.
La abuela me abrazó tan fuerte que pensé que me iba a asfixiar. Me di cuenta de que ella no quería que nos fuéramos. Yo tampoco quería ni entendía. Sentí en ese apretón una especie de despedida. Quizá albergaba en su corazón la certeza de que no nos vería más. Ella sabía la razón de nuestra partida y también sabía que la última palabra no era suya, sino de mamá. Y mamá, ella jamás consultaba con nosotros las ‘cosas de los adultos’.
Veo la esquina de la calle principal y me doy cuenta de que han pasado tantos años que hasta me da vergüenza caminar por estas calles. No pude evitar el viaje. Tan inevitable era éste como aquella vez que el “yip’ dobló a la derecha en ésta misma esquina rumbo a Baní, y que vi como las casas se iban empequeñeciendo tras nosotros, como la calle se iba estrechando, cerrando tras nuestra partida.
Hoy he venido a recoger el cadáver de mi hermano Samuel. No se que haré con él, si me lo lleve para Don Gregorio, o lo sepulte aquí en Cabral. Quizá haga lo último pues así tendré la excusa de volver por estos lares. Mientras me dirijo a la casa de Elauterio, paro frente a algunas casas a saludar a personas de rostros afables y que dicen ser mis primos. No conozco a ninguno de ellos, pero la forma en que me tratan, me hace sentir como en familia. Camino lentamente, mientras saludo a aquellos que se acercan a mí y me ofrecen sus condolencias. Llego a la casa y paro en frente de ésta. Me siento tan triste que por un momento no sé qué hacer y me detengo frente a la puerta. Desde afuera puedo ver el ataúd en medio de la sala de la casa. Agacho la cabeza como para disimular un poco mi tristeza y entro. Cuatro candelabros flanquean el féretro. Dejo arrastrar mi mano izquierda sobre éste hasta llegar a la parte de la cabeza. El ataúd tiene una ventana de vidrio por medio de la cual puedo ver su rostro. Entonces una gota de lágrima cae sobre ésta y empaña el vidrio.
Puedo ver en esa ventana como su rostro y el mío quedaron embelesados hacia la carretera aquella mañana en el vehículo que nos alejaba de Cabral. A mi parecer, el viaje duró casi diez horas, aunque mamá siempre afirmó que fueron cuatro. Para mi era lo mismo, pues cuatro horas en medio de esa polvo amarillento de la carretera del sur se sentía como si fueran diez.
Mi abuela me había regalado una chiva y me hizo prometerle que la cuidaría como lo hacía con aquellas del corral del patio trasero. La chiva, que iba con nosotros en el vehículo hacia Don Gregorio, no dejó de berrear en todo el camino.
— E’te gobierno de mierda. Hace ya má de un año le echaron caliche a é’ta carretera dizque para arreglarla y la han dejado peor — Gritó el chofer en mas de una ocasión mientras transitábamos la carretera que comunicaba a Barahona con Azua. Y no era para menos, pues varias veces tuvimos que pararnos para dejar que el vehículo de adelante se alejara y así evitar el polvo. Cuando íbamos a mitad de camino, nos detuvimos. El chofer, en medio del aire polvoriento se puso a chequear el radiador del vehículo, mientras las mujeres apresuraban sus pasos hacia los matorrales para orinar. Yo me sentía secuestrado y triste. No intenté bajar del ‘yip’. Mi mirada se quedó penetrada en el polvo, que se deshacía lentamente, dejando al descubierto los rostros tristes y pisoteados por la necesidad y el hambre de dos niñas que estaban paradas al lado de la carretera, debajo de una enramada vendiendo escobas y pilones de madera. Quedé viéndolas fijamente y noté que sus ojos habían visto más que los que unos ojos de niña debían haber visto y que habían disfrutado menos que lo que unos ojos de adolescentes debían de haberlo hecho. Se veían envejecientes a temprana edad. Entonces fue cuando decidí bajar del vehículo y me acerqué a ellas. Empezaron a sonreír como si la vida les hubiera dado motivos para hacerlo. Al ver sus rostros me acordé de un verso de un poema que leí en un viejo libro que aun guardo conmigo: «…sonríes cuando lloras, pues nadar sin agua es volar.»
Muevo mis dedos y enjugo la lágrima sobre el cristal del ataúd y quedo viendo el rostro de mi hermano. Se ve durmiente y su cara está gris. Se ve pálido como cuando se bajó del vehículo y se paró a mi lado mientras yo le compraba un par de escobas a las jovencitas de la carretera.
— Estas son para la abuela en Don Gregorio — Le dije mientras volteaba el rostro hacia él y no pude aguantar la risa al ver su cara blanca del polvo de la carretera.
Continuamos el viaje por unas cuantas horas más. Ya saliendo de Azua, no se escuchó más la chiva que iba atada en el techo del vehículo. Cuando llegamos a Baní, me di cuenta que el animal se había ahogado en el camino. La parada de Baní se encontraba en el mercado del pueblo. Allí íbamos a tomar otro vehículo que nos llevaría a Don Gregorio.
— Este animal aun está caliente, lo pueden vender en el mercado — Opinó sarcásticamente el chofer mientras desataba la chiva y la bajaba del vehículo. Lo miré con furia, la cual el entendió enseguida y calló. Nos despedimos de los otros pasajeros que seguían la ruta hacia la capital y tomamos el otro vehículo hacia Don Gregorio. Cuando llegamos allí, fuimos recibidos por la abuela materna con mucho cariño. Abuela y mamá se encerraron en la habitación por largo rato y sólo se escuchaban los quejidos de mamá, mientras mis hermanos y yo hacíamos un hoyo en el patio para sepultar la chiva.
Levanto el rostro y escudriño alrededor. Hay algunas mujeres de luto sentadas frente al ataúd. Las sillas están arregladas contra la pared, de frente al féretro. Aunque todas están de negro, nadie llora. Siento tristeza por mi hermano: tantos amigos que tenía y tener que ser velado en estas circunstancias. Veo una silla y me deslizo en ella sigilosamente tratando de esquivar todos esos ojos que se clavaron en mí desde el momento en que entré por la puerta. Por horas, noto la misma rutina: personas que entran, observan al muerto, ofrecen sus condolencias a todos los que estamos sentados alrededor de la sala, y luego se marchan por la puerta trasera. Algunos de ellos permanecen cierto tiempo en el patio de atrás conversando y tomando café. Oigo algunos chistes en el patio y miro, inmediatamente hacen silencio. Siento que esas personas no sienten el dolor que yo siento. Quizá no, talvez llegaron hasta aquí porque no tienen para donde ir o por el café, quizá.
— Quisiera hablar con Eleuterio. — Murmuro a una de las ancianas que estaban a mi lado.
— Está por allá, en el patio. — Me dice señalando la puerta trasera con su dedo tembloroso de carne seca y arrugada.
— Gracias. — Le digo mientras me paro lentamente y me dirijo hacia el patio. Parado en la puerta, veo como sacan a una mujer frenética de la casa que colinda con la Eleuterio. Los hombres tratan de detener a la mujer que parece poseída por algún demonio. Quedo observando esa casa y de cómo la gente entra y sale. Noto que una de las mujeres que prepara el café, al otro lado de la empalizada, me mira, toca en el brazo a su compañera y murmura algo. Se que hablaban de mi, pero, a saber qué dicen. Busco con la mirada a Eleuterio, aunque no le conozco. No tuve que preguntar quien era, pues al salir veo como él se acerca a abalanza hacia mi y me abraza.
— ¡Eres igualito a tu papá! — me dice mientras me da varias palmadas en la espalda.
— Quisiera darles las gracias por todo lo que ha hecho por mi hermano. Quisiera que hablemos de los gastos, quisiera saber el monto de sus gastos y quisiera, también, pedirle disculpas por todas las molestias causadas a usted y a su familia.
Eleuterio me mira e inmediatamente noto que de alguna manera mis palabras lo han ofendido.
— Mira hijo, — me dice mientras me aparta de los demás hacia la parte de atrás de la cocina — en los días que murió tu abuela, nosotros nos vimos en grades apuros, pues mi esposa necesitaba una operación que costaba mucho dinero y no teníamos con que pagarla; así que hipotecamos éste solar con todo y casa. Nos dieron tres meses para pagar el dinero y no pudimos juntarlo a tiempo. En eso vino tu padre a vender la casa de sus padres, ya que dijo no viviría mas en éste pueblo y me prestó el dinero. Un año más tarde le busqué para pagarle, pero no quiso aceptarlo. Yo estoy muy agradecido con tu familia y esto es lo menos que puedo hacer por ustedes. Así que no se hable más del asunto.
Por un momento pienso objetar su opinión haciéndoe saber mi deseo de pagar los gastos, pero me detengo. Empeoraría las cosas. Eleuterio entonces empieza a hablar de los días de su juventud y de sus andadas con mi padre. Yo quedo distraído mirando lo que pasaba en la casa de atrás.
— Disculpe. Entiendo que usted y mi padre fueron buenos amigos, pero por eso no puedo permitirle que se sacrifique sin necesidad. — Le digo mientras continúo observando lo que sucede en la casa de atrás. El ni siquiera hizo caso a lo que le dije, pues estaba empecinado en que yo no debía saldar ningún gasto.
— Quiero ir allí. — Le digo a manera de desviar la conversación.
— No lo hagas, hijo. No le cause más dolor a esa familia.
Al decirme esto, le miro fijamente, como recriminandole por lo que dice, pues «al fin y al cabo, yo también tengo a un hermano muerto». Luego volteo hacia el ataúd de mi hermano y me quedo observando fijamente mientras descifro el significado de la palabra dolor. ¿Será que dolor es no aceptar las cosas que pasan, pues uno no quiere que sucedan? ¿O, es dolor sentir que algo es arrancado a la fuerza desde muy dentro de uno mismo? ¿Por qué ellos pueden sentir dolor y yo no? ¿Acaso no ha sido suficiente? ¿Qué saben ellos del dolor de mi familia, o del mío? Mi mente vaga y me trae otros recuerdos.
—¡Agáchate que viene alguien! — escuché detrás de la casa mientras me preparaba para salir a la alborada de las fiestas patronales. Era sábado 25 de agosto de 1979 y las fiestas comenzarían el 26 de agosto. Don Gregorio lucía alegre. Sus calles habían sido adornadas con banderolas y letreros alusivos a las fiestas. La gente bailaba en las calles. La celebración había empezado un día antes de lo programado. Caminé a ver quiénes estaban detrás de la casa y encontré a Samuel y a Alejandro recostados de la pared, en frente de la ventana de la casa vecina.
— ¿Qué hacen? — pregunté e inmediatamente me mandaron a callar. Me uní a ellos y me contaron sus planes. Decidí participar. Esperamos el momento oportuno, cuando Miriam esté lo bastante hipnotizada por el televisor que ni siquiera se percatara de lo que estábamos haciendo. Desde donde estábamos escuchamos los ronquidos de José, su marido, quien para el momento estaba medio intoxicado por el triculí que se había bebido todo el día.
— Ahora es —se paró Alejandro e introdujo el pedazo de manguera por la ventana. Movió la tapa de la olla que descansaba sobre la estufa. Su desesperación era tal que empujó demasiado la tapa y ésta cayó a la estufa y luego al piso armando tremendo alboroto.
— ¡¿Qué diablo fue eso?! —Gritó Miriam desde la sala —ve a ver qué pasó allí — le ordenó enojada a su hija María Elena. Esta se acercó a la cocina y se quedó observando la tapa en el suelo por unos dos minutos. Miró alrededor y vio la olla destapada.
— ¡Un gato se quería beber la leche! —gritó la joven al momento en que se acercó, recogió la tapa, y la poso encima de la olla.
— ¡Ese mardito gato! ¡Un día de estos lo voy a envenená! —escuchamos a Miriam mientras nos pegamos mas a la pared para no ser descubiertos. María Elena miró por las persianas hacia la oscuridad y no logró ver nada. Entonces cerró la ventana y se fue a ver la telenovela. Yo, con el corazón en las manos del susto, les reclamé a mis hermanos sobre éste hecho y «que no vuelva a pasar jamás», le dije mientras me dirigí a la alborada de las fiestas patronales.
La tierra está húmeda todavía por la lluvia que cayó durante la noche y parte del día anterior. Las horas avanzan y me siento agotado. Eleuterio me hace una seña, indicándome que ya es hora de llevarse el cadáver para el cementerio. Yo asiento con la cabeza a la vez que avanzo hacia el ataúd. Las mujeres se paran y doblan sus sillas y quitan los candeleros. Eleuterio entrega dos pedazos de tela blanca y los entrega a los hombres que están alrededor del féretro, quienes las envuelven y cruzan por debajo de la caja y la envuelven en sus manos para cargarla. Inmediatamente yo tomo uno de los lados para cargar también. Empiezo a envolverlo en mi mano derecha.
— No muchacho. Es de maldición cargar el ataúd de un familiar muerto; deja que ellos lo hagan. —me dice Eleuterio un poco asustado. De momento quiero no hacerle caso, pues para mi no era mas que una cábala, y era, pues un honor cargar el cuerpo de mi hermano muerto.
— Respeta nuestras creencias, hijo — me vuelve a decir al momento que le pongo la mano izquierda en su antebrazo y le miro a los ojos. Lo menos que quería era tener alguna discrepancia con este buen señor. El me mira a los ojos y me da una palmada en el hombro.
Cuatro hombres cargamos el ataúd fuera de la casa. Nos paramos mientras dejamos que la joven de las flores se coloque tras nosotros y así empezar la marcha fúnebre.
Miro hacia la otra casa y observo que también están sacando el ataúd a la calle. Hay mucho mas gente allí que acá, y la tristeza se siente mucho más espesa; el dolor mucho mas profundo. Aquí, el único doliente soy yo, y tal vez el pobre hombre de Eleuterio. El otro grupo marcha delante de nosotros a paso lento, al compás de cánticos angelicales de unos niños de tiernas voces. Ambos muertos están siendo llevados al cementerio por la misma calle, al mismo paso. Doblamos en la calle principal y quienes llevan el otro cadáver parecen apresurarse para no juntarse con nosotros. A mi cabeza llegan varias imágenes de cómo sería mi propia marcha fúnebre.
Eran las seis de la tarde del jueves 30 de agosto de 1979 y nos encontrábamos en el local de la escuela primaria que para esa fecha ya estaba llena de familias buscando protegerse de los fuertes vientos del huracán David. Según los informes meteorológicos, el ciclón azotaría la zona alrededor de la media noche de ese jueves. El cielo estaba más que nublado. Las nubes estaban inquietas y se movían rápidamente de un lado para otro. Estábamos jugando con otros jóvenes que estaban refugiados allí. Ya estaba por anochecer y Quico, nuestro fiel amigo desde que llegamos de Cabral, nos llamó y nos dijo: « Ya nos vamos que mi mamá ya debe estar preocupada por mí» Nos reímos de él, pero nos marchamos.
Esa noche no dormí pensando en que el ciclón llegaría y me encontraría durmiendo indefenso; que los vientos levantarían la casa por completo y que quedaría yo como un blanco de cualquier objeto volador o me ahogaría antes de despertar. Las palabras del vecino José, «Este es un batatero como San Zenón, que cuando azotó no dejó na’ parao’. Arrancó toá la mata y se llevó toá la casa», estuvieron rondando mi cabeza toda la noche. Las imágenes del pueblo cuando regresábamos de la escuela, todo desierto y solitario, aun me producían más escalofríos. Las calles vacías y desiertas, las banderolas ondeando como locas, como si quisieran que alguien las soltaran para huir también, o querían desprenderse y refugiarse del inminente ciclón; los remolinos de viento en las esquinas de las calles, todo, parecía tan espantoso. La noche pasó y el huracán no llegó.
— ¡Corran que el mar ya se metió en la casa de Dr. Valdez, corran, vamos a ver! —entró Alejandro a la habitación temprano en la mañana del viernes 31, tratando de convencernos de ir a ver los altos oleajes del mar Caribe.
— Ni siquiera se les ocurra sacar un pie de la casa —dijo la abuela, quien era ‘batuta y constitución’.
La gente estaba desesperada y angustiada, pues el ciclón lo estaban anunciado desde hacía casi una semana y no aparecía. Yo me arropé y por fin quedé dormido. Alrededor de las diez de la mañana fui despertado. Debíamos de estar preparados para las ráfagas, pues los vientos fuertes se empezaron a sentir. La abuela lloraba en la cocina, pues Alejandro no aparecía. El viendo levantaba el polvo de la calle con tremenda agresividad y los árboles parecían quejarse de la falta de misericordia. No llovía aun, pero las nubes se juntaban creando un juego diabólico. Se podía notar lo trágico en el cielo. El sol empezó a desaparecer mientras los vientos seguían soplando con gran fortaleza. El mar se sentía rugir al sur de la casa y parecía estar mas cerca cada rugido.
Un grupo de hombres habían salido en busca de Alejandro y a Quico por los alrededores de la playa. El abuelo estaba tan nervioso que caminaba de un lado para otro. Yo quise salir a buscar a mi hermano, pero no me dejaron. Samuel no dijo una palabra, mas se quedó mirando fijamente para la calle, esperando ver a Alejandro doblar en la esquina en cualquier momento. Así permaneció sin decir nada, sin moverse, sin quejarse.
Poco después del medio día llegaron los hombres y en sus rostros pude ver la mala noticia: «Alejandro fue arrastrado por el mar». La abuela no se pudo contener y pasó el resto de la tarde y la noche llorando.
Como en eso de las dos de la tarde, se sintieron los vientos más fuertes del huracán David. En la casa nadie parecía hacerle caso. Nuestras mentes estaban enfocadas en Alejandro. Muchas interrogantes llegaron a mi mente. No sabíamos de mamá, pues estaba trabajando en la capital y no había podido llegar a Don Gregorio. Suponía que estaría bien, pues el huracán no era una amenaza para la parte donde estaba, mas bien, me sentía triste por ella, pues estaría angustiada por nosotros, y ella no sabía de la desaparición de Alejandro. El llanto inundó nuestra casa y nuestra familia. Los vientos amenazaban con tumbar una de las paredes de la casa. Todos estábamos cabizbajos, todos estábamos pensando en la desaparición de Alejandro.
El grupo que lleva a la jóven muerta se detiene frente al cuartel de la Policía y ponen el ataúd en el suelo. Dos oficiales de la Policía sacan a un hombre esposado y lo dirigen hacia la calle. Nosotros llegamos al lugar y tratamos de cruzar con el féretro por la acera, a fin de no molestarlos. Nunca había visto dos marchas fúnebres juntarse en la misma calle hacia el mismo cementerio. Veo la cara triste del hombre que se dirige hacia el ataúd de la joven muerta. Veo como las esposas le impiden acariciar el rostro de ella. Sus lágrimas son tantas que sus manos esposadas son incapaces de secarlas todas. Al pasarlas por el rostro parecen generar mas lagrimas. El ataúd está abierto y él se desploma de rodillas y deja caer su rostro sobre el pecho de la difunta. Murmura algo mientras llora. Su llanto es incontenible.
La casa parecía ya no ser lo suficiente segura para permanecer en ella, pero nadie ponía atención. Ni siquiera el peligro del ciclón nos hacia recuperar de la desaparición de Alejandro. Ni siquiera eso. Los postes de la casa parecían debilitarse y el zinc del techo parecía no aguantarían más. Yo miré por una hendija y vi que la única casa que estaba parada en el vecindario era la nuestra. De alguna forma Dios trataba de protegernos. Yo, que me batía entre el ciclón y Alejandro, me molestaba conmigo mismo y hasta me culpaba a mi mismo por lo que pasó. Si yo hubiera puesto atención cuando él llegó invitándonos a ver los oleajes, si yo no me hubiera dormido, quizá lo hubiera convencido de lo peligroso que sería ir por esos lares en esas circunstancias. Me culpo y me da rabia, pues no puedo arreglar el pasado. La comida estaba intacta en la cocina. La abuela nos pidió que bebiéramos la leche pues se iba a dañar y caminó hacia la cocina. Yo me pasé la mano por el rostro y me espanté al escuchar el tremendo ruido y el grito que echó la abuela al caerse una de las paredes de la cocina. Corrimos y me horroricé al ver la pared encima de la abuela, quien clamaba a gritos pidiendo ayuda. Entre los que estábamos allí, luchando con los fuertes vientos, pudimos sacar a la abuela de debajo de la pared. Estaba sangrando bastante de su pierna derecha y decía que le dolía la cadera. Me paré en la puerta y vi cómo todo el pueblo estaba en el suelo. Los árboles, las casas; cómo el agua había inundado todo que no se podía saber cual era la regola y cual era la calle.
— ¡Cierra esa puerta y ven a ayudar, muchacho! — Me gritó José desde la sala de la casa. Cerré la puerta que da a la cocina y caminé hacia la sala. Allí tenían a la abuela acostada en uno de los muebles y le estaban amarrando la pierna herida. Ella se quejaba y a la vez me miraba con sus ojos adoloridos. Pude ver en ellos que era demasiado dolor para su edad. Debía aguantar pues no había para donde ir ni a quien acudir. Me sentí impotente y quise llorar, pero el enojo y la impotencia no me dejaron. La abuela se fue desangrando toda la noche y el día no amaneció para ella. Esa fue la noche más triste de mi vida. También la más larga y angustiosa.
Es tanta la multitud que se nos hace casi imposible pasar. Todos miran a aquel hombre con tristeza y nadie trata de consolarlo. Yo me quedo mirándole fijamente. El se para, al tiempo que Eleuterio me susurra al oído «Ese es Sigfrido». Yo no digo nada. Mi mente está vagando y mi razón fluctua entre aquella familia y la mía. Entre aquella muerta y mi hermano. Sigfrido se para y queda viéndome fijamente como si me conociera. Yo le miro a los ojos y siento como lástima. De repente, se abalanza rápidamente sobre mí. Dos jóvenes de los que cargaban a la joven muerta también marchan hacia mí. La policía corre tras ellos, y yo quedo pasmado en medio de la carretera. Todo pasa rápido, muchas cosas pasan alrededor de mí en un segundo. La policía haciendo disparos al aire; la multitud corriendo alborotada; un bullicio ensordecedor a la vez que siento un golpe sobre mi rostro que casi me deja ciego. En medio de dolor, mareado, y ensangrentado, caigo sobre mis rodillas. Mi cuerpo se debilita. Veo mas policías agarrando a Sigfrido y a los jóvenes y llevárselos para el destacamento. No veo a más nadie. No puedo escuchar nada y mi vista esta medio nublada. Frente a mí, en medio de la calle, los dos ataúdes uno al lado del otro. Quizá era su destino. El uno para el otro, vivos o muertos. Mi cuerpo pierde fuerza; mi vista se va oscureciendo y no supe más de mí.

Con lágrimas de sangre – I

Su sudor era rojo como la sangre. También el agua que humedecía su cabello. Su rostro cortado, sangrante, adolorido. Sus lágrimas se confundían en sus mejillas. Sus ojos escarlatas maltratados por el pesar, pisoteados por el destino; y su angustia era negra como la noche más oscura. Sentía que el peso de la culpa hacia que el mudo se le viniera encima. Estaba allí entre sollozos, lágrimas, sudor, y agua, que enrojecían toda la mesa. Afuera, la gente corría de acá para allá. El griterío penetraba por las hendijas de las viejas paredes de madera. Nadie se acercó, pero mientras pasaban, murmuraban y miraban.
Para alguien sus horas habían dejado de ser contadas. Se habían agotado en aquel día; mientras que para ella, los sentimientos de culpabilidad habían empezado a hilvanar el manto de la amargura más grande de su vida.
Acababa de amanecer, en un día de esos que jamás logran olvidarse. Estaba allí, cansada por la huida. Corrió desesperadamente bajo la lluvia hacia su casa por las rocosas calles, en medio de gritos y frustración, con la cara cortada y sangrando, pues se había caído varias veces y las peñas habían golpeado sus mejillas. Corrió sin parar, desde allá, desde aquel grito fatal que debió haber destrozado su corazón, su alma, su existencia para siempre.
Ella lloraba y sus gritos se hacían eco unos a otros. Parecía retumbar en las paredes del centro mismo de su conciencia.
—  ¿Qué he hecho? —  Se preguntaba ella en su frustración. “¿Qué he hecho?” Se preguntaba una y otra vez, sin conseguir respuestas, condenándose a sí misma a la más grande de las culpas. Por el mal tan grande que había hecho.
Samuel había llegado a Cabral, en una tarde en que los calurosos vientos levantaban el amarillento polvo de la Peñuela. Se pudo advertir en la calle a aquella misteriosa persona, quien se adentró a la comunidad como si ya sabía lo que buscaba, hacia donde iba. Se dirigió a la casa de Elauterio, amigo de nuestro padre y le pidió que le alquilara un pequeño cuarto que tenía en el patio de la casa. Al lado, vivía Sigfrido y su mujer.
De inmediato los rumores comenzaron a correr por todo el poblado. Se dijo que había venido de Neiba. Otros aseguraban que era de Vicente Noble, y que se había mudado por problemas que aun los mismos que conjeturaban desconocían. Aun hubo quien aseguraba que este había sido policía, y que como había matado a alguien en San Juan, se había mudado a la Peñuela hasta que el caso sea  olvidado. Más conjeturas se escuchaban por las esquinas. Este misterioso hombre se había convertido en centro de toda conversación.
Era callado. No tenía amigos ni se asociaba con los de la comunidad. A veces salía de la casa y se sentaba a conversar con Elauterio por varias horas. No trabajaba, pero siempre tenía dinero. Los viernes salía temprano y regresaba al atardecer. Se bañaba, y se vestía. Luego se sentaba en el bar de Aquilino a beber cervezas. Allí pasaba toda la noche. Hubo un alto interés por saber más de su vida, pero nadie se atrevía a preguntarle. Ese interés llegó a nublarla mente de la mujer de Sigfrido. A veces salía al patio trasero de la casa, con la esperanza de encontrarle y saludarle, a fin de crear cierto tipo de amistad con él. Lo observaba todo el día. Al bañarse  y al vestirse. Lo miraba discretamente desde su casa sin que éste se percatara de que estaba hacienda vigilado. Su interés por el se había convertido en una obsesión.
Lo perseguía con la mirada. Lo había adentrado en su corazón. Su curiosidad fue tan grande que una mañana lo vio salir de la casa. “Buenos días, señor.” El la miró intensamente, leyendo en sus ojos cada pensamiento, cada idea que pasaba por su mente.
—  Buenos días, señora —le contestó. Sólo bastó ese roce para que ambos cultivaran una peligrosa confianza. Hablaron por un largo tiempo. La empalizada dividida solo sus cuerpos. Sus mentes estaban conectada una de la otra. Sus corazones también. Luego el se despidió, haciéndole notar que lo hacía no porque no tenía deseos de conversar mas con ella; si no porque no quería que su marido lo encontrase hablando con él. Ella consintió, pero le hizo saber que su marido solo estaba en casa los fines de semana. Dejando así la esperanza abierta de estar juntos. El se despidió nuevamente y marchó hacia  adonde iba. Ella quedó allí parada mirándole detenidamente. Su rostro cambio, podía verse el enrojecimiento de su faz, como se ve a distancia un jardín repleto de rosas rojas, rosadas, y blancas, todas juntas, dándole así pinceladas color pastel al horizonte. El horizonte de la esperanza. Lentamente fue sustituyendo a su marido en su corazón. Aquél hombre misterioso estaba ocupando su lugar.
Sigfrido se levantaba los lunes a las dos de la mañana para irse al monte, en donde permanecía toda la semana. Su mujer no quería. Discutían cada vez que el tenía que irse. “¿Para que me case?”A veces le preguntaba ella, tratando de convencerlo de que se busque otro trabajo y le dedicara más tiempo a ella. Quizás el no entendía la cabalidad lo que era ser un esposo. Ella le hacía ver que un marido no era trabajar para comer. Amor y cariño eran más importantes. Los mejores años de la vida de esa mujer se desvanecían en medio de la soledad de la noche. Del desencanto matrimonial, de la pérdida de la fe, de la esperanza, del pudor, de la vergüenza. La falta de niños había arruinado parte de la vida de aquella mujer, quien desesperadamente buscaba una respuesta. Lamentablemente la estaba buscando en el lugar equivocado. Había puesto su esperanza en aquel hombre desconocido. 
La felicidad no es querer conseguir lo que no se tiene; si no en querer y valorar lo que en realidad se posee. Ella no comprendió eso. Más bien se adentró en una relación amorosa con ese hombre, quien además de haberla motivado a interesarse por él, la había cautivado de tal manera que ella estaba dispuesta a enfrentar cualquier situación. De noche entraba en la casa de esa mujer y salía antes del amanecer.
El hombre había dejado de ser un misterio para ella. Ya conocía sus gustos, sus ademanes. Conocía que la gente estaba equivocada en cuanto a su procedencia, pues a las viejazas le decía tilapias y a los quechuas le decía Diablos Cojuelos, de eso se deducía que el hombre no era de los alrededores. Quizá era de la capital o del este. Por su acento se aseguraban que no era del Cibao. Ella no sabía realmente de donde era él, pues nunca se lo dijo.
Hacia dos días que había empezado a llover sin cesar. Aquel hombre permaneció todos esos días en la casa con la mujer. Sigfrido estaba en la loma, mientras su mujer buscaba la felicidad en base a la traición, al engaño. Se había dado cuenta que estaba embarazada. No se lo había dicho a Sigfrido pues no era de él. Lo podía engañar, pero dentro de su ser algo le decía que el no se merecía eso. Tampoco se lo había dicho a aquel hombre.
La lluvia cada vez era mas espesa. El caballo iba a paso lento, un gran plástico protegía a Sigfrido de lluvia. Su sombrero de alas anchas ya no podía impedir la penetración del agua, su cabeza estaba mojada, su frente también. La lluvia se estaba tornando fría, o esa era la sensación que él sentía. Iba tieso como un tronco, no movía un solo miembro de su cuerpo. Su respiración profunda hacía juego con el ruido de los cascos del caballo que lo guiaba. Este conocía bien el camino. Sigfrido no tenía que molestarse en guiarlo a la casa, era un trayecto que había recorrido por años.
El agua continuaba bajando por su frente, por su cuello, penetrando hasta su espalda. Si el camino se alargara, llegaría tan húmedo como una esponja en un charco de agua. Su cuerpo comenzaba a moverse sin que el lo gobernara. Primero sus manos y brazos, luego sus labios, y todo su cuerpo. La humedad de sus ropas estaba produciendo un frío espantoso. Quería llegar, pero el caballo no se apresuraba. Seguía su lenta marcha, como si estuviera contando los pasos. Como si los caballos supieran contar. Seguía sintiendo mas frío. Un frío que parecía nacerle desde el centro mismo de sus huesos y pulmones, esparciéndose por todo el cuerpo, llegando hasta la piel dejándola como si fuera de gallina.
Mientras en su casa, la desvergüenza y la traición se apoderaban del cuerpo y mente de su mujer, quien se serpenteaba en la cama vertiendo gritos de placer. Cuyo cuerpo sudado se confundía, se unía con otro cuerpo, cuerpo de hombre sudado, no el de Sigfrido. Daban vueltas y vueltas. La mujer apretaba la almohada con la mano izquierda, mientras mordía el cuerpo sudado de aquel hombre.
Sigfrido ya había entrado a la Peñuela. Aunque era de mañana, se podía advertir que la lluvia había enviado a los impertinentes e intemperantes a la cama temprano. El pueblo lucía solitario. No se escuchó un solo ladrido ni se vio en las calles a aquellos vigilantes voluntarios, que se dedican a desvelarse solo por placer o vicio. Tampoco se vio un borracho en la calle. Sólo el ruido desafiante de la lluvia al golpear si piedad las hojas de los árboles, o los techos de zinc de las casas del poblado, o al seguir su cause por las orillas de las calles. Los árboles se estaban beneficiando. Algunas cosas hacen mal y bien a la vez. Crean corazones alegres y felices en los victoriosos, mientras tristeza y sufrimientos en los derrotados. La lluvia era buena para la tierra, para la vegetación y los ríos. No era oportuna para aquellos que se sostienen de lo que se ganan cada día. Para Sigfrido, era un motivo para juntarse con su mujer, para ella, la lluvia se convertía en testigo de la traición. Del desamor del infortunio.
Esta lluvia había traído a Sigfrido al pueblo, a su casa. La pareja escuchó un ruido en el patio. Eran más de las cinco de la mañana. Alguien estaba desaparejando un caballo. La mujer dudó, pues Sigfrido nunca llegaría antes del viernes, menos a esa hora de la mañana. Más ruidos se escucharon. “¡Es mi marido!” Asustada  murmuró la mujer. Cobardemente aquél hombre tomo sus cosas y trató de huir de la casa. Sigfrido abrió la puerta. La mujer vio a sus dos hombres en la casa, uno mojado y cansado, y el otro saliendo a escondidas. Desesperada, confundida y asustada, con  temor de que lo peor pudiera pasarle, y esperando que su marido, debido al cansancio no reaccionara, gritó: “¡Un ladrón, un ladrón!”. Todas las luces se encendieron. Aquel hombre al escuchar la acusación, huyó por las calles de la Peñuela sabiendo que era una trama de la mujer para despistar a su marido. Pero no sucedió así. Sigfrido y todo el vecindario corrieron tras él, gritando “¡Que no se escape!”. La mujer, tratando de evitar una desgracia, corrió tras ellos.
El hombre atravesó el campo de béisbol de la Peñuela, en medio del lodo amarillento, pues éste nunca ha tenido grama. Cayó varia veces, y la angustia por no caer en manos de sus perseguidores le dio energía para volverse a levantar. Sigfrido iba tras él, cerca de sus talones. Machete en mano. La multitud seguía y poco detrás de ellos, al final, venía la mujer con sus ojos como dos lagunas. Su lentitud al correr la alejaba más y más de la muchedumbre. Quería tener la suficiente fuerza para ir adelante, y así impedir una tragedia, o simplemente esconder aquel hombre para que no cayera en manos de sus perseguidores. La multitud se le perdió camino a la Represa. Penetro en le bosque, pisoteando las húmedas guazábaras, bajo los frondosos nísperos y cocoteros. Asustada, notó que en lo interno de la vegetación la persecución había terminado y la gente estaba toda aglomerada, agrupadas unas a otras, como suele ponerse en las peleas callejeras de gallos. La lluvia arreciaba, todos estaban mojados. Era casi amanecer. A pesar de estar nublado, la claridad del día impuso caer sobre la tierra. La oscuridad de la noche se había despedido.
La mujer corrió y se abrió paso entre la multitud hasta llegar al centro del espectáculo. Una escena que marcó el rumbo de su vida, fue lo que vio. Gritó, y sus fuertes gritos parecen aun estar en las mentes de aquellos que presenciaron aquella escena horrible. Aquellos quienes no supieron porqué ella gritaba, si por el muerto, o por ver a su marido convertirse en un asesino. El hombre estaba tirado en el suelo lodoso, con varias heridas mortales en su espalda, brazo y hombro. Muerto por la espalda, a machetazos. La sangre corría alrededor de su cuerpo inerte, muerto, bajo la lluvia. Maldita sería la hora que decidió mudarse a la Peñuela, o maldita la hora en que puso sus ojos en esa mujer. Sigfrido estaba a sus pies, con el machete en la mano y manchado de la sangre de aquel misterioso hombre.
La mujer palideció al ver a sus dos hombres, uno víctima y el otro victimario. Con la misma intensidad de su remordimiento; con la misma fuerza de su razonamiento; con el mismo poder de su conciencia, corrió y huyó hasta su casa, victima de la más horrible de las culpas, responsable del más vil de los asesinatos.
La mujer corrió sin ver a donde iba, el instinto la guiaba hasta donde todo comenzó, hacia su propia casa. Llego a ésta y se sentó en la sala con la cabeza agachada, recostada sobre la mesa. Su sudor era rojo como la sangre. También el agua que humedecía su cabello. Su rostro cortado, sangrante, adolorido. Sus lágrimas se confundían en sus mejillas. Sus ojos escarlatas maltratados por el pesar, pisoteados por el destino; y su angustia era negra como la noche más oscura. Sentía que el peso de la culpa hacia que el mudo se le viniera encima. Estaba allí entre sollozos, lágrimas, sudor, y agua, que enrojecían toda la mesa. Afuera, la gente corría de acá para allá. El griterío penetraba por las hendijas de las viejas paredes de Madera. Nadie se acercó, pero mientras pasaban, murmuraban y miraban.
La multitud se dispersó, mientras más personas corrían al lugar del hecho. Muchos nunca habían sido testigos de un acto como éste en este poblado, donde casi todo el mundo procede del mismo árbol genealógico. Comunidad de gente pacifica.
Aquel hombre estaba tirado allí muerto, sin que nadie se preocupara en levantarlo, mientras la lluvia caía incesantemente.
A paso lento y bajo la mirada de todos, se vió venir a Sigfrido hacia su casa con su machete todavía en mano. Enmudecido y angustiado, llegó a la casa, dejando caer el machete a la puerta de ésta. Camino hacia el centro de la sala y se paró junto ala mesa, de donde levantó un papel y lo empezó a leer curiosamente. Mientras leía, sus lágrimas caían sobre aquel papel revelador de agrias verdades. Su mujer estaba embarazada. No era de él. Había amado a ese hombre a quien él acababa de matar. Era la afirmación en sus propias letras de algo que él había estado escuchando por algún tiempo, y no lo había creído, pues confiaba bastante en su mujer. No la creía capaz de hacer algo semejante. Tampoco le dijo nunca nada. Se dio cuenta que ella no había sido la mujer que pensaba que era. En ése papel estaba la confirmación de la traición y el engaño, pero aun  amaba a su mujer. La necesitaba más que nunca. Perplejo, apretó el papel y caminó hacia la habitación, al tiempo que poderosos nudillos tocaban la puerta. “¡Es la policía!”, se escuchó a alguien decir desde afuera con voz potente y temeraria. Sigfrido no hizo caso, más bien siguió su paso hacia la habitación. Se paró en la puerta. Se sentía culp7able de todo lo que había pasado. Sentía que él mismo había inducido a su mujer a cometer todo lo que había hecho, pues no le había dado el calor que necesitó en todos esos años como marido y mujer. Al querer abrir la sintió el temor de que ella lo rechazaría. No se escuchaba ningún ruido en la habitación. Dudó que estuviera allí. La policía amenazaba con tumbar la puerta. Abrió la puerta de la habitación dispuesto a pedirle perdón a su mujer, pero lo que vio le hizo llorar. Lloró lágrimas que humedecían aquel papel como torrenciales de infortunio. Aquella carta de despedida. Lágrimas de desgracia, lloró… …lágrimas de sangre.

Ayuntamiendo de Nizao inaugura Centro Comunal de El Zapotal

image

La Alcaldía Municipal de Nizao se presta a inaugurar en el dia de hoy, domingo 7 de abril del 2013, el Centro Comunal de la comunidad de El Zapotal de éste municipio. La obra es fruto del programa de Presupuesto participativo ejecutado por la gestión municipal que encabeza el alcalde Glovis Reyes Aglón. Esta obra ha sido un anhelo eterno de esta comunidad, la cual ve realizarse su sueño en el dia de hoy. Felicidades a los zapotaleños y a la alcaldía municipal.

Los poetas de Nizao

El Municipio de Nizao se ha caracterizado siempre por tener jóvenes emprendedores, luchadores, amantes de las organizaciones, la cultura y el deporte. Pero esa jportadauventud de antaño no contaba con los elementos necesarios para dar a difundir sus creaciones intelectuales, lo que ha ocasionado que muchas obras murieran en un folder o en un cuaderno que después desaparece, o algunas perdidas en el tiempo.
La inspiración de un poeta o escritor es particular y a veces depende de momentos y circunstancias que no se vuelven a repetir, por lo que en esos momentos cuando se produce la idea, el poeta o escritor debe escribirla, plasmarla sobre papel para que quede perenne. Si esa obra se pierde, será difícil para el poeta o escritor volver a concebirla.
Por eso tenemos obras perdidas de compueblanos como el ido a destiempo Jovani Pérez Germán (Gian), de Jesus Maria Santana (Chilin), de José Alberto Madé, de Maximo Valdez, de Leopoldo Lorenzo González (Pondo), etc., que alguna vez se perdieron y que no han podido ser recuperada.
La era de la informática ha ayudado a que las pobras pocas se pierdan, y el auge de las redes sociales ha ayudado a difundirla. Ha provocado, inclusive que haya una explosión en la producción literaria, y esto no ha sido ajeno a los poetas de Nizao.
Nizao cuenta con una generación de poetas de calidad que producen a diario, y el mundo debería de conocerlos, demostrando que el género no está muerto, sino que mientras haya vida habrá poesía.

Bajar PDF: Scribo-Volumen1-Numero1

La hija del predicador – Parte I

La juventud morbosa abarrota las ventanas del templo de la Iglesia El Estanque de Siloe como si estuviesen viendo un estreno de película por las hendijas de un cine de pueblo. Cada noche hacen lo mismo. Esa es su diversión. Mientras que en el pulpito, detrás del atril se encuentra sentado el predicador, con la cabeza agachada, esperando el momento oportuno. La banda de música toca a un volumen ensordecedor. Guitarras eléctricas tratan de ir al compas de la batería y la marimba. Cuatro músicos en total, tres hijos del predicador, quienes aprendieron a entonar los coritos con esos mismos instrumentos, sin que nadie les ensenara.

La música para, y el predicador sabe que es momento de levantarse y llevar el mensaje. Un sermón para el cual había orado antes pidiendo iluminación divina, pero que al fin y al cabo son sus palabras las que se vertiran, es su idea la que flotara por los atrios de este tabernáculo.

Siente que, como cada uno de los últimos once días, no habrá una guía de parte de Dios, pues en medio de sus oraciones se siente desconectado, alejado del Ser Divino, por lo que aprieta su puno. La incertidumbre gobierna sus ideas. Se para y camina hacia el atril con la Biblia en la mano izquierda. Los presentes están atentos y le miran con lastima al verlo pararse allí otra vez a pasar vergüenza. Los de afuera ríen, se burlan, pues no sienten compasión por alguien que ha caído en la ignominia, en el oprobio.

El predicador levanta su cabeza, abre la Biblia, mira a su alrededor a todos los presentes, y se percata de los que están en las ventanas. Estos no le molestan, pues no cree que estos sean los más prudentes para ‘lanzar la primera piedra’. Su preocupación es aún mayor, pues su deshonra no es ante los murmuradores de este pueblo, sino que es ante Aquel a quien el vino buscando amparo.

En medio de un silencio abrumador, trata de decir algo y las palabras no le salen, y rompe en llantos.

–Otra vez. Esto ha pasado once veces en las últimas dos semanas.

 

Con su frente sobre la Biblia, empieza a llorar. Los músicos, sus hijos, sin saber qué hacer,

Empiezan a tocar, la multitud presente a cantar, y los de afuera a reír y a vociferar por la ventana.

El predicador no aguanta más, y su debilitado corazón le da un contundente golpe, y este cae desplomado en la plataforma. Los de afuera ríen, mientras que los feligreses corren en su ayuda. La música para y el predicador yace entre el atril y las sillas del pulpito. No se mueve, pero aun conserva la Biblia en la mano izquierda, la cual va resbalando poco a poco de entre sus dedos. Sus hijos se amontonan alrededor de él, pero ya es tarde. Los de afuera, al ver la seriedad del caso callan, y un remordimiento sordo embadurna sus corazones.

El predicador ha muerto. Ha muerto con la Biblia en la mano sin decir una palabra, sin expresarse, sin desahogarse. El predicador ha muerto de dolor, de un dolor interno que va mas allá del dolor corporal. Es otro su dolor. Es uno que viene de adentro y enceguece la mente, mutila el corazón, y no deja descansar día y noche. Es un dolor por la impotencia, por la incapacidad de no enderezar los caminos torcidos y enyerbados del placer carnal, de esa avaricia sensual que enloquece.

El predicador ya no lo es más.

Todo empezó cinco años antes cuando Pedro Cheche murió electrocutado debajo de los cables eléctricos de alta tensión que atraviesan el pueblo hacia los depósitos de la Refinería Dominicana de Petróleo. Había llovido sin cesar por varios días y uno de los postes se deslizo en la tierra húmeda que no pudo soportar su peso, quedando inclinado hacia el lado opuesto de la carretera. Los cables quedaron a unos siete pies de altura del suelo. Pedro Cheche pensó que subido en su caballo no podría pasar, así que lo desmonto y con los aparejos en mano trato de pasar por debajo de los cables, quedando suspendido debajo de estos. Estuvo allí por casi medio día hasta que la Compañía Dominicana de Electricidad cortó la energía y Pedro Cheche cayó desplomado al suelo abrazado a los aparejos de su caballo.

Como Pedro Cheche estuvo varias horas suspendido, gente venía a verlo, pero los bomberos de Nizao, apostados allí, no dejaban que nadie se acercase.

Al enterarse, Juan Lora Paulino, al que a todos llamaban Guiguí Lora, marcho a ver a su primo fulminado por la energía eléctrica. Iba despacio. A sus sesenta y dos anos, no lucia como aquel hombre que se jactaba de sus tierras y sus vacas que tenia “en toda la orilla del mar, desde aquí hasta Sabana Uvero”, como el mismo lo planteaba; que le gustaba que le llamaran papacote, y que se mofaba de los hombres de oreja pequeña.

— Los hombres de orejas chiquitas son ‘malaclase’.

Este Guigui ya no era Guigui. No era aquel hombre alto, fornido y jabao, de esos que hay en República Dominicana que no se sabe si son blancos o son negros. Desde que perdió las tierras en los  tribunales, el hombre lucia siempre triste y cabizbajo.

— Esos Vicini me robaron mi tierra, me despojaron de mis pertenencias, y hasta mi casa, al punto que he tenido que venir a vivir al pueblo en esta casucha y mis vacas tuve que venderlas –Decía siempre melancólicamente cuando se acordaba de de sus problemas jurídicos con el Consorcio Vicini con relación a las tierras. La gente no hacía caso a sus comentarios, pues sabían que la tierra era en realidad de los Vicini y que la familia Lora la había usado por mucho tiempo, pero sin titulo catastral.

A paso lento Guigui Lora se acerco al lugar donde estaba Pedro Cheche, y al llegar allí, no pudo soportar ver a su primo allí inerte y se fue alejando entre la multitud. Se recostó del árbol de acacia que estaba en frente del Local de la Asociación Cristiana de Jóvenes y rompió a llorar silenciosamente.

(Continua)

Apoyemos al presidente Danilo Medina contra la Barrick Gold

Todos los dominicanos debemos apoyar al presidente Danilo Medina en su odisea con la Barrick Gold, porque escuchar al embajador americano hablando plepla indica que la presion va a ser fuerte. Danilo va a necesitar del apoyo de todos los sectores de la sociedad domincana, quienes tenemos que defender a uña y diente nuestras riquezas. Hay que parar ese colonialismo rapaz con apoyo de sectores oscuros de nuestra sociedad dominicana.

¿Por quién lloran hoy los montes?

¡Tráiganlo, corran, Tráiganlo!
Se escuchó una voz desesperada
ahogada y llena,
y sus asesinos pretendían seguir tirando.
Matar al muerto, quizás;
pero a la muerte, jamás.
Los cielos estaban llorando,
Desconsoladas, las nubes,
dejaron caer sus lágrimas
mientras el sol seguía observando,
testigo, de aquel asesinato vil;
de alguien que yacía al morir.
Falleció con él la verdad,
el pudor, la razón, la libertad,
en aquel día de Patria ilustre
que ondeaba la bandera su color
teñido el rojo con su sangre
derramada con el valor
de él, de los otros mas
cuyas libertades cohibidas, secuestradas;
cuyos pensamientos, pavor,
moldearlos, mutilarlos,
querían en una patria ya liberada.
¿Por quién lloran hoy los montes?
¿Por quién se enlutan los placeres?
Secuestró la patria y la razón;
prohibió la disensión, la opinión,
disfrazado de poeta, cual saeta
dejando corazones destrozados.
¿Por quién lloran hoy los montes?
¿Por quién se enlutan las paredes?
¿Se ha muerto la esperanza?
¿Han fallecido los claveles?
¡Oh, Andrés, tú, que cobardes
con tu sangre han cobrado,
en amanecer de alabanzas,
los mas viles errores, cobardías, descaros
de aquellos que al pueblo  han enlutado.
Y se levantarán a voces de homicidas,
de ladrones escondidos,
de testaferros ‘triunfadores’,
pisoteando la esencia del vivir,
del sentir, del morir, a escondidas,
dejando huérfanas nuestras almas,
de muertos carcomidos
por manos sucias de engañadores,
(o me equivoco, ¿no es así?)
imponiendo con muerte, la calma.

Y del cielo bajaron pléyades,
abrumados, de ángeles
y sus fuertes y armoniosos
aleteos
anunciaron la ida, presurosos.
Todo era paz, todo era calma,
hasta que se escuchó su último respiro,
entonces fue su despedida.
Las palomas de las ruinas coloniales
alzaron sus vuelos
atemorizadas.
¿Por quién lloran hoy los valles?
¿Por quién se enlutan los placeres?
Ha muerto la esperanza;
han fallecido los laureles.


(A la memoria del jóven Andrés Ma. Paulino (Vale Toño), asesinado a los 17 años de edad por la Policía Nacional el 27 de febrero de 1972 en el parque municipal de Nizao)